Capítulo 10

El campamento



─¿Ya estás más tranquilito? ─preguntó Edd.
Glaus abrió los ojos y vió delante suyo a Lem, Edd y Eliawain. Sus armas estaban a la derecha y lo habían atado con una soga.
─¿Dónde está el orco? ─preguntó el alguacil.
─Soy un semiorco ─replicó Cristán a su derecha mientras avivava el fuego. 
─¡¡¡Joder cargaóslo!!! ─ gritó Glaus tratando de deshacerse de las cuerdas.
─¡Serás imbécil! ─se enfureció Lem tratando de llegar a golpear al alguacil, aunque Edd se lo impedía─ ¡¡Él es como tú y como yo, no tiene de culpa de ser lo que es!!
─Mira, amigo ─dijo con voz calmada Eliawain, que se puso de cuclillas frente al montaraz─. Necesitamos el dinero. Llévanos hasta el campamento de esos tíos, no necesitamos nada más. No hace falta que luches con nosotros. Sólo llevanos y páganos, ¿de acuerdo?
─Eli ─sonrió Edd─, ¿pero a ti no te da miedo?
─¡Cállate! ─tembló el hechicero─ Sólo de pensarlo se me hiela la sangre...
Edd soltó una sonora carcajada y los tres se marcharon a la hoguera. 
Pasó un buen rato y Cristán apareció. Tenía un cuenco en la mano y en la boca, le colgaba un cigarrillo. Se agachó y le ofreció la comida al montaraz.
─Come ─le dijo el semiorco─. Debes estar muerto de hambre.
─No voy a comer algo preparado por un semiorco ─gruñó Glaus.
─La comida es lo más preciado ─dijo Cristán levantándose─. Más que el oro ─el semiorco dió la vuelta y se alejó andando─. No dejes que se malgaste.
Glaus miró su plato. Realmente tenía una pinta alucinante. Le dió hambre nada más verlo. Pero no comió. 
─Ese tipo es un verdadero cabezota ─comentó Eliawain, desde detrás del arbusto con todos los demás.
─No es un cabezota, es un imbécil ─gruñó Edd.
─Dejadlo ─dijo Cristán─. Cuando quiera comer, ya comerá. 
Lem sonrió.
─Ya hemos acabado todos ─constató─. Deberíamos continuar. 
─Cierto ─dijo Edd mientras se levantaba─. Pero me está entrando un sueño...
Abrió la boca y soltó un gran bostezo.
─Edd no te duermas ahora, ¿eh? ─dijo Eliawain.
─Eso, que después para despertarte estamos tres horas ─rió Cristán.
Lem fue hacia Glaus y lo levantó. Después estiró la cuerda y se la dio a Edd.
─Llévala tú ─le dijo mientras entraba en la senda de nuevo─. A mí no me gusta llevar a un prisionero.
─Oye Eliawain ─dijo Edd─. Llévalo tú.
─Pero te ha dicho a ti... ─protestó Eliawain.
─Venga pitufo ─lo animó el enano.
─Oh venga callaos ─suspiró Cristán cogiendo la cuerda─. Ya lo llevo yo.
Entraron en la senda y pusieron a Glaus el primero.
─¿Por dónde es? ─preguntó el cocinero. 
─Seguidme ─refunfuñó el alguacil.
Siguieron una senda mucho más estrecha durante toda la tarde. A medida que avanzaban, las copas de los árboles se hacían más frondosas, las hojas de los árboles se volvían más oscuras y el bosque se volvía más espeso. La senda, poco a poco fue desapareciendo y se vieron avanzando sobre arbustos y hierba y entre los troncos dde los árboles, que dejaban un espacio tan estreccho, que a veces era difícil avanzar. Bajaron la colina y cruzaron un riachuelo, para después remontar otra colina y detenerse al lado de un impresionante monolito. Desde allí se veía el campamento de los forajidos. En el centro, había una cruz ded madera y atado a ella, un hombre colgaba, claramente herido y posiblemente inconsciente.

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