El camino real
─Seguro que te vas a morir antes que yo ─dijo Lem con seguridad. Llevaban horas discutiendo sobre si iba a vivir más: Eliawain o Lémoilas.
─No ─respondió Eliawain, rotundo─. Será al revés.
─¡Eliawain, yo soy un elfo! ─exclamó Lémoilas─. Los elfos vivimos hasta mil años. Tú eres un hombre y los humanos a penas alcanzan los cien.
─Me da igual ─replicó el hechicero─. Te voy a sobrevivir. Hay hechizos de longevidad que me ayudarán a ello.
─Oye ─los cortó Cristán─, esta conversación no llega a nada.
─Déjalos que discutan ─sonrió Edd─. Así nos echamos unas risas.
Cristán le lanzó una mirada horrible al enano, que soltó una carcajada.
─Está bien ─sonrió Lem─. Hagamos una apuesta. Si me sobrevives, en el testamento te lego un millón de monedas de oro.
─Vale ─asintió el mago─. ¿Y a cambio?
─Si te mueres, me tienes que regalar una isla ─sonrió Lem pícaro. Estaba seguro que el chico no iba a aceptar.
─Trato hecho ─dijo Eliawain tendiéndole la mano al elfo.
Sorprendido, Lémoilas encajó.
─No ─respondió Eliawain, rotundo─. Será al revés.
─¡Eliawain, yo soy un elfo! ─exclamó Lémoilas─. Los elfos vivimos hasta mil años. Tú eres un hombre y los humanos a penas alcanzan los cien.
─Me da igual ─replicó el hechicero─. Te voy a sobrevivir. Hay hechizos de longevidad que me ayudarán a ello.
─Oye ─los cortó Cristán─, esta conversación no llega a nada.
─Déjalos que discutan ─sonrió Edd─. Así nos echamos unas risas.
Cristán le lanzó una mirada horrible al enano, que soltó una carcajada.
─Está bien ─sonrió Lem─. Hagamos una apuesta. Si me sobrevives, en el testamento te lego un millón de monedas de oro.
─Vale ─asintió el mago─. ¿Y a cambio?
─Si te mueres, me tienes que regalar una isla ─sonrió Lem pícaro. Estaba seguro que el chico no iba a aceptar.
─Trato hecho ─dijo Eliawain tendiéndole la mano al elfo.
Sorprendido, Lémoilas encajó.
─Es tarde ─dijo Cristán─. Tal vez deberíamos parar a comer.
─Es verdad ─admitió Eliawain mirando a Lem─, estoy muerto de hambre.
─En ese caso ─dijo Lem─ podemos parar aquí.
Los cuatro amigos bajaron de sus caballos y se sentaron al lado de una higuera que había en el camino. Cristán sacó una de sus cacerolas de sus alforjas y preparó el fuego. De entre su equipaje extrajo un par de conejos y, cuando el aceite de la cazuela estuvo hirviendo, los hechó con mucho cuidado.
─Oye Lem ─dijo el semiorco─. En el próximo pueblo que paremos estaría bien comprar un carro y provisiones. No nos quedan casi.
─Me parece bien ─respondió Lem.
─Pero Moi ─dijo el mago mientras bajaba de su corcel─, si no nos queda casi dinero, ¿cómo lo compraremos?.
─Somos mercenarios ─sonrió Edd sentado con la espalda apoyada en un tronco. En su boca había una pequeña ramita de hinojo, que masticaba poco a poco, con un aspecto realmente sombrío─. Simplemente mataremos a alguien.
Lem soltó una carcajada y Cristán esbozó una sonrisa.
─Qué miedo... ─susurró Eliawain con un escalofrío.
─La comida está lista ─dijo Cristán mientras sacaba los conejos de la cacerola y los cortaba para servirlos en platos.
Los cuatro comieron con fervor y en absoluto silencio, de tan hambrientos como estaban. Lem acabó el primero y dejó el plato al lado de Cristán.
─También estaría bien tener un músico o un cuentacuentos ─reflexionó en voz alta el elfo.
─¿Para que quieres un músico? ─preguntó Edd arqueando una ceja.
─Déjalo ─hizo Cristán─ necesitamos gente que nos ayude con el dragón, no músicos que no hagan nada.
─Claro ─dijo Eliawain─, un músico no nos ayudará demasiado contra un monstruo tan grande y... ─no terminó la frase porque otro escalofrío lo recorrió entero.
─Ese es tu sueño ¿verdad, Lem? ─preguntó Cristán mirando al líder, que asintió con un golpe seco de cabeza─. ¿Y el tuyo, Edd?
─La verdad es que toda mi raza sueña con lo mismo ─respondió el enano acostándose sobre la hierba con las manos cruzadas tras la cabeza─. Hace mucho tiempo, los primeros enanos nacieron en una montaña. Nadie sabe en cuál, pero supuestamente en la Gran Runa Enana mis ancestros gravaron su localización. Mi sueño es descubrir esa localización e ir a verla.
─Es un sueño bonito ─opinó el semiorco mientras apilaba los platos─. ¿Y tú, Eliawain? ¿Cuál es tu meta en la vida?
─Pues la verdad es que nunca me lo había planteado ─dijo el mago, a lo que Lem y Edd rieron.
─Para variar ─dijo Edd soltando una carcajada.
─Oye que es verdad ─se quejó el hechicero mientras un rubor le cubría las mejillas─. Pero ahora que lo pienso, siempre me ha intrigado saber cómo los dragones pueden escupir fuego.
─Vaya es una cuestión curiosa ─dijo Cristán mientras se subía las lentes.
─Cuando mate a Sladius, lo podrás saber ─sonrió Lem.
Edd esbozó una sonrisa.
─¿Y tú Cristán? ─preguntó el mago─ ¿Cuál es tu sueño?
─Bueno ─sonrió el cocinero mientras sacaba un cigarrillo y una cerilla─. Dicen que en el Valle del Cuerno, más allá del mar, habita una tribu que prepara una receta que provoca las lágrimas de todos los que la prueban ─el semiorco prendió la cerilla y encendió el cigarrillo─. Quiero aprender esa receta y cocinarla.
─¡Cómo mola! ─dijeron Lem y Eliawain a la vez.
Un ronquido les alertó. Edd se había dormido.
─Se ha quedado frito─rió Lem.
Eliawain sacó un mapa y lo desenrolló en el suelo.
─Creo que deberíamos continuar ─dijo el mago mientras miraba el mapa─. Si no no llegaremos a Nasaud.
─¿Qué es Nasaud? ─preguntó Cristán.
─Es el siguiente pueblo en el que pararemos ─respondió el mago mientras enrollaba de nuevo el pergamino.
─Yo no voy a despertar a Edd ─dijo Lem con una sonrisa.
─Yo tampoco ─dijo el hechicero mirando a Cristán─. Esas puntas de metal dan mucho miedo.
─Pero... Pero... ─dijo el semiorco─ Yo no... Eliawain, ¿no puedes teletransportarlo o algo?
─No porque después estaría agotado ─respondió este.
─Vamos Cristán, tú puedes ─lo animó Lem.
Cristán suspiró y se acercó al dormido, que se movió y clavó las puntas de acero en el suelo.
─No ─dijo Cristán─. Paso de que me clave eso en la cara.
─Entonces ─dijo Eliawain─, ¿lo dejamos aquí?
─Ni de broma ─respondió Lémoilas─. ¡Es nuestro compañero!
─Está bien ─suspiró el mago─. Pero después no me digais nada si estoy muerto de cansancio.
Cristán y Lem asintieron con la cabeza. El mago cerró los ojos y exhaló un suspiro. Después avanzó hacia el enano y frotó las manos. Una luz azul brilló entre las palmas. Eliawain levantó las manos como si fuese un titiritero que manejase los hilos que movían a Edd y el enano levitó en el aire. Después, el hechicero lo llevó a su caballo y lo colocó encima de su silla de montar.
─Estoy agotado ─resopló Eliawain cuando terminó─. Creo que también yo me pegaré una siesta ─el mago montó a su caballo y se colocó en una posición cómoda─. Solo seguid este camino y llegaremos a Nasaud ─acto seguido, el hechicero se durmió.
─Cristán duerme tú también si quieres ─dijo Lémoilas─. Yo llevo a los caballos.
─Ni de broma ─replicó el cocinero─. Tú eres capaz de tirarnos por un barranco.
─Oídme ─dijo Edd con voz soñolienta─. ¿Qué me he perdido?
─¿¡Y ahora te despiertas!? ─exclamaron Lem y Cristán al unísono.
La compañía, con Eliawain dormido al final de todos, siguió su camino, y esa misma noche, llegaron a Nasaud.
─En ese caso ─dijo Lem─ podemos parar aquí.
Los cuatro amigos bajaron de sus caballos y se sentaron al lado de una higuera que había en el camino. Cristán sacó una de sus cacerolas de sus alforjas y preparó el fuego. De entre su equipaje extrajo un par de conejos y, cuando el aceite de la cazuela estuvo hirviendo, los hechó con mucho cuidado.
─Oye Lem ─dijo el semiorco─. En el próximo pueblo que paremos estaría bien comprar un carro y provisiones. No nos quedan casi.
─Me parece bien ─respondió Lem.
─Pero Moi ─dijo el mago mientras bajaba de su corcel─, si no nos queda casi dinero, ¿cómo lo compraremos?.
─Somos mercenarios ─sonrió Edd sentado con la espalda apoyada en un tronco. En su boca había una pequeña ramita de hinojo, que masticaba poco a poco, con un aspecto realmente sombrío─. Simplemente mataremos a alguien.
Lem soltó una carcajada y Cristán esbozó una sonrisa.
─Qué miedo... ─susurró Eliawain con un escalofrío.
─La comida está lista ─dijo Cristán mientras sacaba los conejos de la cacerola y los cortaba para servirlos en platos.
Los cuatro comieron con fervor y en absoluto silencio, de tan hambrientos como estaban. Lem acabó el primero y dejó el plato al lado de Cristán.
─También estaría bien tener un músico o un cuentacuentos ─reflexionó en voz alta el elfo.
─¿Para que quieres un músico? ─preguntó Edd arqueando una ceja.
─Déjalo ─hizo Cristán─ necesitamos gente que nos ayude con el dragón, no músicos que no hagan nada.
─Claro ─dijo Eliawain─, un músico no nos ayudará demasiado contra un monstruo tan grande y... ─no terminó la frase porque otro escalofrío lo recorrió entero.
─Ese es tu sueño ¿verdad, Lem? ─preguntó Cristán mirando al líder, que asintió con un golpe seco de cabeza─. ¿Y el tuyo, Edd?
─La verdad es que toda mi raza sueña con lo mismo ─respondió el enano acostándose sobre la hierba con las manos cruzadas tras la cabeza─. Hace mucho tiempo, los primeros enanos nacieron en una montaña. Nadie sabe en cuál, pero supuestamente en la Gran Runa Enana mis ancestros gravaron su localización. Mi sueño es descubrir esa localización e ir a verla.
─Es un sueño bonito ─opinó el semiorco mientras apilaba los platos─. ¿Y tú, Eliawain? ¿Cuál es tu meta en la vida?
─Pues la verdad es que nunca me lo había planteado ─dijo el mago, a lo que Lem y Edd rieron.
─Para variar ─dijo Edd soltando una carcajada.
─Oye que es verdad ─se quejó el hechicero mientras un rubor le cubría las mejillas─. Pero ahora que lo pienso, siempre me ha intrigado saber cómo los dragones pueden escupir fuego.
─Vaya es una cuestión curiosa ─dijo Cristán mientras se subía las lentes.
─Cuando mate a Sladius, lo podrás saber ─sonrió Lem.
Edd esbozó una sonrisa.
─¿Y tú Cristán? ─preguntó el mago─ ¿Cuál es tu sueño?
─Bueno ─sonrió el cocinero mientras sacaba un cigarrillo y una cerilla─. Dicen que en el Valle del Cuerno, más allá del mar, habita una tribu que prepara una receta que provoca las lágrimas de todos los que la prueban ─el semiorco prendió la cerilla y encendió el cigarrillo─. Quiero aprender esa receta y cocinarla.
─¡Cómo mola! ─dijeron Lem y Eliawain a la vez.
Un ronquido les alertó. Edd se había dormido.
─Se ha quedado frito─rió Lem.
Eliawain sacó un mapa y lo desenrolló en el suelo.
─Creo que deberíamos continuar ─dijo el mago mientras miraba el mapa─. Si no no llegaremos a Nasaud.
─¿Qué es Nasaud? ─preguntó Cristán.
─Es el siguiente pueblo en el que pararemos ─respondió el mago mientras enrollaba de nuevo el pergamino.
─Yo no voy a despertar a Edd ─dijo Lem con una sonrisa.
─Yo tampoco ─dijo el hechicero mirando a Cristán─. Esas puntas de metal dan mucho miedo.
─Pero... Pero... ─dijo el semiorco─ Yo no... Eliawain, ¿no puedes teletransportarlo o algo?
─No porque después estaría agotado ─respondió este.
─Vamos Cristán, tú puedes ─lo animó Lem.
Cristán suspiró y se acercó al dormido, que se movió y clavó las puntas de acero en el suelo.
─No ─dijo Cristán─. Paso de que me clave eso en la cara.
─Entonces ─dijo Eliawain─, ¿lo dejamos aquí?
─Ni de broma ─respondió Lémoilas─. ¡Es nuestro compañero!
─Está bien ─suspiró el mago─. Pero después no me digais nada si estoy muerto de cansancio.
Cristán y Lem asintieron con la cabeza. El mago cerró los ojos y exhaló un suspiro. Después avanzó hacia el enano y frotó las manos. Una luz azul brilló entre las palmas. Eliawain levantó las manos como si fuese un titiritero que manejase los hilos que movían a Edd y el enano levitó en el aire. Después, el hechicero lo llevó a su caballo y lo colocó encima de su silla de montar.
─Estoy agotado ─resopló Eliawain cuando terminó─. Creo que también yo me pegaré una siesta ─el mago montó a su caballo y se colocó en una posición cómoda─. Solo seguid este camino y llegaremos a Nasaud ─acto seguido, el hechicero se durmió.
─Cristán duerme tú también si quieres ─dijo Lémoilas─. Yo llevo a los caballos.
─Ni de broma ─replicó el cocinero─. Tú eres capaz de tirarnos por un barranco.
─Oídme ─dijo Edd con voz soñolienta─. ¿Qué me he perdido?
─¿¡Y ahora te despiertas!? ─exclamaron Lem y Cristán al unísono.
La compañía, con Eliawain dormido al final de todos, siguió su camino, y esa misma noche, llegaron a Nasaud.
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