Capítulo 16

Fuego



Eliawain había seguido las instrucciones que Partonio le había dado hasta llegar a la colina del norte. Aquella colina era la más yerma de las cuatro que rodeaban las ruinas de Taledonia. Ninguna planta crecía sobre aquél montículo rocoso, tan solo un poco de musgo y algun que otro helecho. Eliawain sorteó una raíz muerta y llegó a la base de la colina septentrional. La luz del Sol ya empezaba a descender y el mago supo que no le quedaba demasiado tiempo. Avanzó unos metros más, sin atreverse a abandonar la seguiridad que le daba la floresta y se apoyó en el tronco de un gran roble. Desde detrás de este árbol, Eliawain miró el campamento. No vió más que la empalizada, muy lejana a su posición. El hechicero salió de su escondite y avanzando a pasos rápidos, llegó hasta el montículo. Eliawain empezó a trepar entre las piedras y el polvo que se acumulaba a su alrededor provocó que tosiera pero el mago no se amedrentó y siguió escalando. 
─La entrada está en una roca de la colina norte ─le había dicho el ermitaño unas horas antes.
─¿Y cómo sabré cuál es? ─había preguntado Eliawain─. En una colina suelen haber muchas rocas.
─La que yo te digo está marcada con una espiral ─sonrió Partonio mientras se subía las lentes rotas─. Cuando la encuentres, toca con la palma de la mano la parte izquierda, la de arriba y la de la derecha en ese orden y la puerta se abrirá. O eso pone en mis libros, porque yo nunca lo he intentado.
Eliawain no estaba seguro de las palabras del ermitaño, pero sabía que era la única forma de salvar a Edd. Así pues, el mago había emprendido el camino, esperando que el plan funcionase y que no lo descubrieran. 


El mago siguió trepando y alzó la vista. Los rayos del sol se habían tornado en un color anaranjado y, aunque le dolían los músculos, el mago apremió el paso y se agarró a otra roca para trepar. Edd, Partonio y Moi estaban en peligro y contaban con él. ¡No podía fallarles! El mago se impulsó sobre la roca y se volcó sobre ella, apoyando su vientre en la pulida superfície rocosa. Jadeó y subió una rodilla. Después la otra. 
Con esfuerzo, se incorporó y buscó con sus ojos la espiral. La luz naranja del crepúsculo iluminó la sonrisa del mago. Ya alcanzaba a ver la espiral tallada sobre la roca. No estaba muy lejos, tan sólo unos metros más y llegaría. El mago siguió trepando y maldijo de nuevo por no poder usar sus poderes de levitación.
─¿Cuántos hombres tiene Reshbak? ─había preguntado Lem.
─Cincuenta forajidos y después los comandantes, que son cinco ─había respondido con certeza el ermitaño─. Bueno ahora menos. Deben ser treinta y cuatro comandantes, porque uno de ellos me custodiaba y Cristán le atravesó el cuello con un cuchillo. 
─Eso está bien ─había sonreído Lémoilas.
─¿Los otros comandantes tienen algún tipo de habilidad? ─se había preocupado Eliawain.
─Cada líder se especializaba en un arma ─había asegurado Partonio─. Thindrod se especializaba en la lucha cuerpo a cuerpo y con hachas, aunque también era bueno con el arco. Dethlaine era una experta con el cuchillo. Kenai es una auténtica máquina de matar con la lanza. Y por último está Thendruid, que es maga.
─¿Qué? ─había dicho Eliawain, incrédulo.
─¿Pasa algo? ─había preguntado Lem con inocencia.
─Pensaba subir la colina levitando, pero si hay un mago, no podré ─se había quejado el hechicero. 
─Maga ─lo corrigió el elfo.
─Eso explica que hubiese más guárdias conmigo cuando me rescatásteis ─habia reflexionado Partonio.
Pensando en esa conversación, Eliawain se deslizó por una cornisa de piedra y aterrizó al lado del gravado de piedra. Se encontraba en la parte más alta de la colina, entre dos rocas que cortaban el cielo en diagonal hasta romperse en la piedra con la espiral. Dicha roca no era muy grande, llegaba a Eliawain por la cintura y dejaba una vista magnífica del campamento enemigo. Eliawain se agazapó al lado de la roca y tocó alrededor de la espiral, como Partonio le había dicho. Izquierda, arriba y derecha. Nada. La roca continuaba tal y como estaba, con una firmeza increïble. 




─Anda ya ─se quejó Eliawain.
El mago puso la palma de su pano sobre la roca y volvió a repetir la operación. Izquierda, arriba, derecha. Nada. 
─Muévete, narices ─dijo el hechicero mientras le daba un puntapié a la roca. La bota se dobló y Eliawain se hizó daño en el pie. Ahogó un grito y levantó el pie para agarrarselo con las manos. Dio un par de saltos para tratar de aguantar el equilibrio, pero finalmente, resbaló y cayó sobre la repisa de roca. El mago se levantó frotándose la parte baja de la espalda y miró la roca. 
─¿Por qué tengo tanta mala suerte? ─se preguntó apoyándose con los codos sobre la roca y aguantando su cabeza sobre la mano mientras miraba el campamento. 
Entonces se fijó en que las colinas de alrededor del campamento estaban situadas en forma de cruz. Había una al norte, una al sur, una al este y una al oeste. En la del este se alzaba un gigantesco monolito, en el sur, se alzaban tres y en la del oeste, dos. Entonces Eliawain creyó comprender y se agachó de nuevo a la roca. Izquierda, derecha, arriba. Nada. 
El mago golpeó la parte de arriba de la roca y volvió a mirar hacia las otras colinas. Miró de nuevo los monolitos y sonrió. Por fin había logrado entender. El mago se agachó. Derecha, la posición del este; izquierda, la posición del oeste; abajo, la posición del sur.
Pareció que la roca se estremecía un momento. Entonces, emitiendo un sonido como el de una mesa arrastrándose, la piedra se deslizó hacia atrás en un movimiento fluido, dejando ver unas escaleras que parecía que se dirigían al mismo centro de la tierra. Eliawain levantó una mano hasta la altura de su cara y murmuró unas palabras. Poco después, un fuego fátuo apareció en la mano del mago, que descendió por las escaleras y se dirigió a las entradas de la tierra. 
Descendió y descendió, y aquellas escaleras se le hicieron eternas. Una corriente frío y húmedo proviniente de la caverna se le metió dentro de la camisa y murió tan rápidamente como había aparecido. Eliawain reprimió un estornudo y siguió avanzando, apoyado en la pared. Al fin llegó abajo. El magó notaba la tierra húmeda y fría incluso a través de las botas. Miró hacia delante y sintió como un escalofrío recorría su cuerpo. Las estancias donde se encontraba eran tan ámplias, que la luz de su fuego fátuo, no llegaban a abastarlas todas y pareciese que la oscuridad se tragaba la luz.
Eliawain sintió miedo y durante un momento dudó en volver a la colina, pero su voluntad por seguir y ayudar a sus amigos era más fuerte que su miedo y, apelando a estas emociones, el hechicero dió el primer paso. Después de el primer paso, todo fue más fácil y el mago avanzó con rapidez, avndando sobre la tierra húmeda. Si no hubiese tenido tanto miedo, el mago habría apreciado la sala que cruzaba. Avanzaba entre inmensos pilares de mármol y el primero que vió lo sobresaltó tanto que casi le lanzó un rayo de magia, pero logró frenar la mano justo a tiempo, y suerte que lo hizo porque aquellos pilares de mármol aguantaban la tierra sobre su cabeza y sólo con que una de aquellas antiguas estructuras se hubiese roto, toda la tierra se habría desmoronado sobre la cabeza del mago, sepultándolo bajo toneladas de tierra.
Los pilares de mármol estaban fijos al suelo entre espirales de roca, que se internaban en el suelo como las raíces de inmensos árboles. En las partes centrales aquellas gigantescas columnas finos surcos tallados a la perfección, decoraban los pilares. Eliawain avanzó hacia aquella columna que había estado a punto de destruir y apoyó su mano sobre el mármol. El fuego alumbró la estructura y Eliawain vió su reflejo, de tan pulido y limpio como estaba el pilar. Parecía increíble que se mantuviese tan imperturbable por tanto tiempo y el hechicero suspiró, creando una nube de vaho alrededor de su boca. Entonces Eliawain notó un pequeño calambre en los dedos. El mago, curioso, se concentró en la mano y en la estructura. En seguida notó la magia que recorría la estructura, una magia que impedía que los pilares se derribasen de forma natural. El hechicero sonrió y continuó avanzando. Ya no tenía miedo porque la magia fluía a su alrededor.



Tardó más de media hora en alcanzar la otra punta de la sala, donde una enorme pared se alzaba y  unas escaleras negras se erguían magestuosas. El mago pisó el granito con firmeza y empezó a ascender. Esperaba que aquella escalera fuese tan larga como la anterior y, sin embargo, acabó mucho antes. El mago llegó a una nueva pared de piedra donde residía un asidero. Cualquiera habría dicho que era un callejón sin salida. Eliawain agarró el asidero de una mano y se concentró en su sexto sentido, su habilidad mágica. Entonces, giró el asidero y la roca se movió, desplazándose hacia la derecha y dejando un espacio libre en medio de las ruinas de Taledonia. 
Las tiendas de campaña se agrupaban alrededor de las ruinas y en el centro, una más grande se erguía más alta que ninguna. El mago sabía cual era su papel en aquel plan y se llevó la mano a la boca y sopló a través de su palma. Como si de un faquir se tratáse, el fuego se expandió a través de su palma y impregnó todas las tiendas a su alrededor, quemando cada palmo de tela, cada trozo de cuerda. En pocos segundos, Eliawain había provocado un gran incendio. Los bandidos corrían. Algunos impregnados en llamas, otros intentando escapar, otros intentando sofocar el incendio. Eliawain los miró y sintió tristeza, pero se disipó en seguida cuando recordó las palabras que les había dicho Partonio horas antes:
─Reshbak ha capturado ya a varios Hijos de la Luna. Todos los que ha capturado han muerto. Primero les arranca las alas, después los dedos, los pies, las manos, los ojos y después los mata porque no le han dicho nada.
Eliawain sintió que el calor del fuego se le acercaba y se alejó de él con pasos cortos y rápidos. Sin embargo no llegó muy lejos, pues siete bandidos aparecieron y lo rodearon. La mujer que iba al frente, con una espada desenvainada, parecía ser la líder. 




─Hola, pequeño pirómano ─dijo con una media sonrisa. 
─Dejadme pasar, por favor ─les pidió Eliawain con cortesía.
─Qué educado ─dijo la mujer con ironía─. Aún así, siento decirte que no podemos dejarte pasar.
─En ese caso, suerte ─dijo el mago alzando las manos en posición de combate. 
─¡Atrapadle! ─ordenó la líder. 
Los seis forajidos saltaron sobre el mago. Eliawain lanzó un ataque mágico a uno de ellos, que era pelirrojo, en la cara, y este cayó como si le hubiesen golpeado con un tronco. El mago tuvo tiempo de lanzar otro encantamiento, que golpeó el estómago de otro con una cicatriz en el ojo, el cual se encogió como si le hubiesen dado una patada y cayó con los ojos en blanco. Entonces el mago aprovechó y saltó por el lugar donde había hecho una brecha, esquivando así los ataques de los otros forajidos. El mago se giró y lanzó dos encantamientos más, que impactaron primero en el estómago y luego en la mandíbula de un forajido calvo y con espesa barba. Otro ataque del mago golpeó en la rodilla de una bandida con dos largas trenzas, que cayó de bruces al suelo. La bandida trató de incorporarse pero un ataque le golpeó en la frente y la dejó sin conocimiento. Entonces un quinto forajido, que tenía la cara afilada, alzó la espada para tratar de asestar un golpe mortal al hechicero, pero cuando la bajó, se topó con una barrera mágica. El mago, concentrado, puso una mano en las costillas del bandido. 
─¡Explosión mágica! ─bramó el mago frunciendo el ceño.
En una milésima de segundo, el brazo de Eliawain brillo por dentro, como si tuviese una linterna dentro de los músculos y el brillo se desplazó a gran velocidad hasta la palma de la mano. Entonces el forajido se sacudió y tosió sangre. El mago notó como las costillas de aquel hombre se reducían a pequeños trozos de hueso cortantes y se le clavaban en la carne y en los órganos. El mago, vio con el rabillo del ojo como el último forajido blandía la espada sobre su cabeza y trataba de rebanarle la cabeza. Eliawain se agachó justo a tiempo y el sable sólo se llevó su sombrero picudo. Eliawain se arrojó hacia un lado justo antes de que el hombre clavase la espada en el lugar donde había estado unos instantes antes. El forajido con el cabello negro azabache lo miró con los ojos inyectados en sangre y con un grito de guerra se abalnzó sobre el mago, que desde el suelo extendió el brazo derecho, enseñándole la palma de la mano y agarrándose el antebrazo. Un haz de luz apareció y el forajido cayó sobre Eliawain con la espada en ristre. Los dos cuerpos se quedaron inertes y la mujer frunció los labios. 
─¿Geldwig? ─preguntó con voz trémula. 
Entonces el forajido se movió, con la espada manchada de sangre. La mujer sonrió pero esa sonrisa se le congeló en el rostro. El hombre cayó de lado y de debajo de él se levantó Eliawain, agarrándose el hombro derecho, donde una herida bastante fea no dejaba de sangrar. 
La mujer entonces sacó un cuerno y lo sopló con fuerza. Una nota grave se elevó hacia el cielo y Eliawain supo que estaba en un buen lío. La mujer bajó el cuerno y un dolor penetrante, obligó a Eliawain a ponerse de rodillas. Era como si le atravesasen la mente con una aguja al rojo vivo, lo incapacitaba, lo dejaba sin aliento, lo sometía. Eliawain sabía de que se trataba, aunque no dominaba el tema. Sin duda aquello era lo que llamaban ataque psíquico. Sin embargo, gracias a sus años en la torre de hechicería, el mago había aprendido a defenderse de esos ataques. Tan sólo tenía que centrarse en un recuerdo. Como un muro, el recuerdo de la torre de hechicería se irguió sobre el ataque de la mujer y Eliawain pudo levantarse. Notó como la consciencia de la maga trataba de buscar fallos en la defensa pero no existían esos fallos, así que la consciencia se retiró y entre jadeos, Eliawain dijo:
─Tú debes ser Thendruid.
─Exactamente ─contestó la misma, también jadeando─. ¿Y tú eres...?
─Mi nombre es Eliawain ─contestó el mago. 
─Eliawain, eres el mejor rival que me he encontrado nunca ─dijo admirada la mujer.
─Gracias por el halago ─dijo Eliawain sonrojándose y entonces otro ataque sacudió su mente, obligándolo a ponerse de rodillas de nuevo─. ¡Haces trampas!
─Los combates nunca son limpios ─sonrió la maga.
Entonces diecisiete guerreros más llegaron a su posición y Eliawain supo que era muy difícil que saliese de allí con vida. Apoyó una mano en el suelo y gritó de nuevo:
─¡Explosión mágica!
El suelo se sacudió y una nube de polvo se levantó hasta superar todas las tiendas de campaña. 
En otro lugar, Lem vio aquella polvareda. 
─Eliawain está en problemas ─dijo solamente con un semblante pereocupado.

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