Problemas en la colina
En pocos minutos los tres llegaron a la entrada del campamento, pero sin embargo, Lémoilas no estaba allí.
─¿Y Moi? ─preguntó Eliawain, visiblemente preocupado.
─No lo sé ─respondió Cristán─. Le dije que se esperase aquí.
─Pues no está ─replicó el mago.
─Perdonad ─interrumpió el ermitaño─, ¿esperamos a alguien en especial?
─En teoría debíamos encontrarnos aquí con nuestro líder ─asintió Cristán─, pero parece que no está.
─Bueno ─sonrió el ermitaño sonriendo desde detrás de esa espesa barba desaliñada─, en ese caso, yo soy Partonio. Mucho gusto en conocerlos.
─Yo soy Lémoilas ─dijo el elfo saliendo de una tienda para encajar la mano que el ermitaño le tendía─. El placer es mío.
─¿¡Pero qué hacéis!? ─bramó Eliawain─ ¡Nos están persiguiendo los bandidos!
─Ay va ─exclamó el rubio─, es verdad.
─Un segundo ─dijo Cristán─, te estabamos buscando, ¿dónde estabas?
─Ah ─sonrió Lem─, es que he visto un poco de chocolate y...
─Oye hablando de comida... ─dijo Partonio con la boca hecha agua─¿No tendréis algo de diabetes en palo, verdad?
─¿Qué? ─se extrañó Cristán─ ¡No!
─Jo tío ─se quejó el ermitaño con gesto apenado.
─Vamos con el resto ─dijo Cristán.
─¡Vale! ─sonrió Lem.
Los cuatro salieron corriendo hacia la colina donde debían reunirse. Sin embargo, Cristán cojeaba e iba más lento y detrás suya iba Partonio que corría sin ganas. Los dos los retrasaban tanto que, al final, Lem se dió cuenta y frenó un poco para ir con el cocinero.
─¿Te encuentras bien? ─le preguntó con gesto serio.
─Sí ─respondió Cristán─, pero no creo que pueda seguir mucho más este ritmo.
─Eso no será problema ─afirmó el elfo─. Si es necesario frenaremos un poco.
─Gracias Lem.
El elfo miró a Partonio y fue con él.
─¿También estás herido? ─preguntó.
─¿Yo? ─se extrañó el ermitaño─ Qué va.
─¿Entonces qué te ocurre? ─inquirió Lémoilas.
─Pues que no me quieren dar diabetes en palo ─se quejó el ermitaño.
─¿Y qué es eso? ─rió Lem.
─Creo que los elfos lo llamáis piruletas ─sollozó Partonio.
─Ah ─sonrió Lem─. Si corres más, Cristán te hará las mejores piruletas del mundo.
─¿En serio? ─preguntó Partonio con los ojos como platos.
─Por supuesto ─respondió el elfo.
Entonces, un brillo de determinación asomó en los ojos del ermitaño, y los músculos de sus piernas se hincharon, a la vez que Partonio augmentaba en velocidad y dejaba atrás a Lem.
─Joder ─exclamó el elfo─. Como corre el condenado.
En pocos minutos llegaron a la cima del promontorio y, jadeando, se reunieron con Glaus, que les esperaba sentado.
─Al fin llegáis ─dijo el montaraz.
─Perdona ─se disculpó Cristán mientras se agarraba al brazo de Eliawain para no caer─, fue más complicado de lo que pensábamos.
─¿Dónde está Edd? ─preguntó Lémoilas.
─Se ha quedado en el campamento ─respondió Glaus con gesto serio.
─¿¡QUÉ!? ─exclamó Eliawain.
─Lo siento ─dijo el alguacil─. Vió una luz y... Intenté detenerlo pero...
─¡DEBEMOS VOLVER INMEDIATAMENTE! ─dijo Lem.
─Creo que eso no será posible ─dijo Partonio al lado de Cristán.
El cocinero estaba sentado apoyando la espalda en un árbol y se agarraba el costado herido, que sangraba en abundancia.
─Mierda ─susurró entre jadeos─. Al final era un poco más que un arañazo.
─¿Qué le ha pasado? ─preguntó Lémoilas.
─Durante la pelea, una lanza le ha dado ahí ─dijo Eliawain─. Él dijo que no era nada y... No pensé que fuese tan grave.
─Maldición, tenía que haber ido con vosotros ─dijo Lem apretando los dientes.
─Este hombre necesita atención médica urgente ─dijo Partonio─. Si no la recibe pronto, morirá desangrado. Yo le he vendado como he podido la herida pero no puedo hacer nada más.
─Córcholis ─exclamó Eliawain.
─Oye Eli ─rió Cristán─, ¿qué clase de exclamación es esa?
─¡Pero déjame, que se supone que estás grave! ─se quejó el mago.
Cristán soltó una sonora carcajada.
─Hay que llevarlo al pueblo ─dijo Partonio.
─Yo corro muy rápido ─dijo Lem─. Lo llevaré. Vosotros salvad a Edd. Seguramente estará...
─No ─lo cortó Glaus─. Yo lo llevaré. Me sé todos los atajos posibles y soy el que puede cargar con él mejor.
─¿Cómo te lo llevarás? ─preguntó Partonio.
─De eso me ocupo yo ─dijo Eliawain mientras agarraba una mochila y usaba su poder sobrenatural.
─¿Cuánto hace que no coméis, Partonio? ─murmuró Glaus.
─Tres días ─respondió con seriedad─. Tampoco he bebido.
─Bebed ─le dijo el montaraz al ermitaño mientras le ofrecía su cantimplora.
─Gracias ─sonrió Partonio agarrando la cantimplora. La colocó sobre sus labios y cuando el agua tocó su lengua, Partonio sintió la mayor satisfacción que puede sentir una persona. Sus pupilas se dilataron, su respiración se aceleró, sus pulsaciones augmentaron. Durante el primer trago, el ermitaño saboreó el agua y después tragó seis veces, sin detenerse a respirar. Cuando bajó la cantimplora, sus ojos lucían completamente diferentes, mucho más sanos y brillantes.
─Ya he terminado ─exclamó Eliawain.
Los otros tres se acercaron al mago. Sus poderes, habían transformado la mochila en una herramienta de transporte humana. Las correas se agrupaban perfectamente para agarrar del pecho y de la cadera del herido.
─No es perfecta ─dijo Eliawain─ pero...
─Es maravillosa ─afirmó Lem.
Entre los cuatro, agarraron a Cristán y lo colocaron en la mochila. Glaus se colocó bien las correas y se lavantó del suelo. El semiorco se puso un cigarrillo en la boca y lo encendió.
─Nos vemos en el pueblo ─dijo.
─De acuerdo ─sonrió Lem.
Glaus empezó a correr y pronto los perdieron de vista entre los árboles.
─Es hora de hacer planes de batalla ─dijo Lémoilas─. Y cuando terminemos este trabajo, las celdas de Nasaud estarán tan llenas que no cabrá ni un alfiler.
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