Nasaud
Nasaud era un pueblo pequeño. Las casas, bajas y de madera, se organizaban a partir de una calle central muy ancha y una serie de pequeñas callejuelas paralelas y perpendiculares, en un esquema cuadriculado. Las calles eran de tierra y sus habitantes se dedicaban básicamente a conrear la tierra y a cuidar el ganado. Sin embargo la tierra era árida y polvorienta y los habitantes, por lo general, eran bastante pobres ya que no podían conrear demasiado ni tener mucho ganado.
En Nasaud no solían haber forasteros, normalmente pasaban de largo puesto que, a causa de las malas condiciones ambientales, las provisiones en Nasaud eran bastante caras. Sin embargo, la Compañía no tenía otro remedio que pasar la noche en el pueblo ya que no les quedaban a penas víveres.
En Nasaud no solían haber forasteros, normalmente pasaban de largo puesto que, a causa de las malas condiciones ambientales, las provisiones en Nasaud eran bastante caras. Sin embargo, la Compañía no tenía otro remedio que pasar la noche en el pueblo ya que no les quedaban a penas víveres.
La Compañía llegó a la aldea cuando el Sol ya hacía mucho que se había puesto. Entraron por la calle principal entre las miradas de recelo de los pueblerinos, que iban bastante sucios, por lo general. Lem iba al frente, montando su caballo gris ceniza, Ainur, con una sonrisa en su rostro y regio, como si de un príncipe se tratase. Detrás suyo iba Eliawain, que montaba su caballo gris llamado Galahad con el sombrero picudo calado hasta las cejas. Examinaba un mapa con semblante de concentración. El tercero era Edd, que montaba un corcel pardo de nombre Adewäle, con semblante burlón y despreocupado, echado hacia atrás y agarrando con su mano enguantada las riendas del caballo. Masticaba un trozo de hinojo y lo escupió cuando entró al poblado. En último lugar, Cristán dirigía su caballo, de color rojizo y llamado Ogôl, con la capucha calada, para que no vieran su rostro de semiorco y un cigarrillo en los labios. Había insistido en que él no entraría a la aldea, pero la fuerza de voluntad de Lem había prevalecido, ya que el elfo pensaba que si era su compañero, merecía el mismo trato que el resto de la Compañía. Sin embargo, Cristán continuaba pensando que le discriminarían por ser semiorco.
Los cuatro jinetes se dirigieron a la taberna de Nasaud, llamada la Posada del Ogro y la verdad es que, cuando entraron después de dejar a sus caballos, Lémoilas casi confundió al camarero con un ogro.
─¡Madre mía, un ogro! ─gritó el elfo sobresaltado.
─No es un ogro Moi ─dijo Eliawain─. Aunque creéme, su cara no se me olvidará. Simplemente es un poco, peculiar.
Y ciertamente el tabernero era muy desagradable a la vista. Tenía dos berrugas en la cara y era totalmente calvo. Tenía un labio de gato, una malformación en el paladar que provocaba que enseñase siempre los dientes. Su dentadura era absolutamente horrorosa, los dientes se apilaban los unos encima de otros en una masa marrón por la cáries y llena de huecos provocados por las mismas. En su cabeza tenía manchas en la piel y era la persona más sucia que podáis imaginar.
─¿Qué queréis? ─preguntó con voz ronca el sujeto.
─Comida y alojamiento ─respondió Lem.
─Joder, si que es feo ─le susurró Edd a Cristán, que rió entre dientes.
─Os costará cuarenta monedas de oro por cabeza ─respondió el tabernero.
─Eso es una estafa ─dijo Edd.
─Podéis decir lo que queráis ─replicó el hombre─, pero a no ser que queráis dormir en la calle, me pagaréis.
─Pensaba que para trabajar en tabernas tenías que ser amable ─susurró Cristán.
Edd sacó la bolsa de monedas y pagó. Tan solo les quedaban tres monedas de oro.
─Lem, ahora mismo somos pobres ─le dijo al elfo.
─Yo soy rico ─respondió Lémoilas agachándose y cogiendo una moneda de cobre que reposaba en el suelo, olvidada.
─Joder que suerte tienes ─le dijo el enano.
─Ojalá yo tuviera la misma suerte ─se lamentó Eliawain.
Lémoilas rió y los cuatro fueron a una mesa, donde se sentaron y empezaron a comer lo que les sirvió el camarero
─Tío Cristán ─dijo Edd cuando ya llevaban unos minutos comiendo─, tu comida es cien veces más buena que esta.
─Gracias ─sonrió el semiorco.
─La verdad es que si ─dijo Eliawain pinchando un filete con el tenedor y levantándolo─. Está tan duro que no se puede ni cortar.
─Eso es porque se han pasado de cocción ─aseguró Cristán tratando de masticar─. Pero se han pasado mucho.
─Pues yo lo encuentro bueno ─sonrió Lem.
─¡Tú lo encuentras bueno todo! ─exclamó Edd.
─Cierto ─rió Lem provocando las risas de Cristán y de Eliawain.
Una hermosa muchacha entró al establecimiento y fue a la barra, donde habló unos segundos con el tabernero, que señaló la mesa de los cuatro amigos. La muchacha se giró y fue con ellos.
─Si me acompañan, les puedo enseñar sus habitaciones ─les dijo la muchacha.
─¡Vale! ─dijo Lem.
─Espera ─dijo Cristán desde debajo de su capucha─. Primero quiero hacerte unas preguntas.
─Como deseéis, mi señor ─sonrió la muchacha.
─Somos mercenarios y necesitamos dinero ─dijo el semiorco─. No sabrás dónde podemos conseguir dinero, ¿verdad?
─Pues la verdad es que no, señor ─respondió la muchacha─. Pero quizás el alguacil del pueblo sepa algo.
─¿Dónde está el cuartel del alguacil? ─preguntó Cristán.
─En esta misma calle, dos perpendiculares más abajo ─indicó la muchacha.
─Por último, ¿hay algun carro en venta? ─inquirió el semiorco.
─Creo que no ─dijo la chica, pensativa─. Pero el viejo Joe si que vendía un caballo de carga.
─Servirá ─le dijo Cristán a Lémoilas.
─Yo también tengo una pregunta ─dijo Edd─. ¿Qué relación tienes con el tabernero?
─¿Con él? ─dijo la muchacha señalando a la barra─ Es mi padre.
Edd se quedó atónito ante las palabras de la muchacha.
─Si me disculpan, les esperaré en las escaleras ─dijo la chica marchándose.
─Es increible ─dijo Edd cuando la muchacha estaba ya lejos─ que de eso salga aquello.
La Compañía cogió sus bultos y fueron hacia la escalera, donde la hija del tabernero esperaba. La chica les enseñó sus habitaciones y los cuatro se dispusieron a entrar en sus habitaciones. El último en entrar fue Edd.
─Señorita ─dijo a la muchacha─ debo decir que posees una belleza sin igual.
─Gracias, señor ─dijo la chica con una sonrisa─. Por unas monedas de plata puedo pasar y calentaros la cama.
─¿¡Qué!? ¡No! ─exclamó el enano.
─¿Por qué no? ─preguntó la chica, inocente.
─Yo solo quería... ─empezó el enano─ Mira déjalo.
El enano entró a su habitación y cerró la puerta.
─Joder ─dijo─, la miseria de este pueblo me da escalofríos.
El día siguiente amaneció soleado y los cuatro fueron a ver al alguacil. La vivenda que hacía las veces de prisión y de oficina, era una vieja casa, de paredes de madera y tejado de tejas de arcilla. La puerta, era de roble robusto y Lem llamó tres veces. Un hombre les abrió la puerta. Tenía el pelo largo hasta los hombros y la capa verde le cubría los hombros. Una fina barba le cubría las mejillas. En su cinto, portaba una espada y en su espalda reposaba un arco. Sus ojos eran de color ámbar y vestía el atuendo de un explorador.
─¿Quiénes sois y qué queréis? ─gruñó.
─Mi nombre es Lémoilas y ellos son Eliawain, Edd y Cristán ─dijo Lem─. Somos mercenarios y hemos oído que quizás os haga falta nuestra ayuda.
El hombre sonrió y abrió más la puerta, cediéndoles el paso e invitándolos a entrar con su mano.
─Pasad, forasteros ─dijo.
Los cuatro pasaron y fueron a una salita, con sillas y una mesa en el centro.
─Sentaos, por favor ─dijo el hombre sentándose en una silla.
Los cuatro se sentaron en sillas y el hombre les puso una cerveza a cada uno.
─Mi nombre es Glaus, hijo de Rauds y soy el alguacil de este pueblo ─dijo─. Sois mercenarios, me habéis dicho. Bien tengo oro que ofreceros y una misión importante.
Cristán sacó un cigarrillo y se lo puso en los labios. Con una cerilla lo encendió y exhaló humo.
─Hace tres días, recibimos informes preocupantes de la ermita que hay aquí cerca ─continuó el alguacil─. Allí vive un ermitaño pero nunca ha dado problemas, sin embargo, en los últimos tiempos, habíamos oído decir que se habían visto trasgos y bandidos en las inmediaciones. Mis tres compañeros y yo fuimos a la ermita hace dos días. El ermitaño nos recibió educada y cortesmente, como siempre y nos explicó varias cosas. Él también había visto forajidos y estaba preocupado de que algo le pasase a la ermita. Así que nos dijo por donde los había visto y los cinco fuimos tras su rastro. Encontramos un campamento de unos veinte hombres all suroeste, pero nos estaban esperando. Aparecieron entre los árboles disparando flechas sin cesar y manejando cimitarras. Fue una matanza. Mis tres amigos murieron y de no haber sido por el ermitaño, yo también estaría criando malvas.
─¿Qué hizo el ermitaño? ─preguntó Edd con delicadeza.
─Se quedó atrás para distraerlos y que yo pudiese huir ─respondió Glaus.
─Qué valiente... ─susurró el enano admirado.
─Mañana saldremos a por ellos ─dijo el alguacil─. Si los emboscamos no tendrán oportunidades.
─¿Y la paga? ─preguntó Cristán desde debajo de su capucha.
─Os pagaré veinte monedas de oro por cada forajido que asesinéis ─respondió Glaus.
─Entonces afilaremos nuestras espadas y limpiaremos nuestros cuchillos ─dijo Lémoilas─ porque mañana será un día glorioso.
Los cuatro jinetes se dirigieron a la taberna de Nasaud, llamada la Posada del Ogro y la verdad es que, cuando entraron después de dejar a sus caballos, Lémoilas casi confundió al camarero con un ogro.
─¡Madre mía, un ogro! ─gritó el elfo sobresaltado.
─No es un ogro Moi ─dijo Eliawain─. Aunque creéme, su cara no se me olvidará. Simplemente es un poco, peculiar.
Y ciertamente el tabernero era muy desagradable a la vista. Tenía dos berrugas en la cara y era totalmente calvo. Tenía un labio de gato, una malformación en el paladar que provocaba que enseñase siempre los dientes. Su dentadura era absolutamente horrorosa, los dientes se apilaban los unos encima de otros en una masa marrón por la cáries y llena de huecos provocados por las mismas. En su cabeza tenía manchas en la piel y era la persona más sucia que podáis imaginar.
─¿Qué queréis? ─preguntó con voz ronca el sujeto.
─Comida y alojamiento ─respondió Lem.
─Joder, si que es feo ─le susurró Edd a Cristán, que rió entre dientes.
─Os costará cuarenta monedas de oro por cabeza ─respondió el tabernero.
─Eso es una estafa ─dijo Edd.
─Podéis decir lo que queráis ─replicó el hombre─, pero a no ser que queráis dormir en la calle, me pagaréis.
─Pensaba que para trabajar en tabernas tenías que ser amable ─susurró Cristán.
Edd sacó la bolsa de monedas y pagó. Tan solo les quedaban tres monedas de oro.
─Lem, ahora mismo somos pobres ─le dijo al elfo.
─Yo soy rico ─respondió Lémoilas agachándose y cogiendo una moneda de cobre que reposaba en el suelo, olvidada.
─Joder que suerte tienes ─le dijo el enano.
─Ojalá yo tuviera la misma suerte ─se lamentó Eliawain.
Lémoilas rió y los cuatro fueron a una mesa, donde se sentaron y empezaron a comer lo que les sirvió el camarero
─Tío Cristán ─dijo Edd cuando ya llevaban unos minutos comiendo─, tu comida es cien veces más buena que esta.
─Gracias ─sonrió el semiorco.
─La verdad es que si ─dijo Eliawain pinchando un filete con el tenedor y levantándolo─. Está tan duro que no se puede ni cortar.
─Eso es porque se han pasado de cocción ─aseguró Cristán tratando de masticar─. Pero se han pasado mucho.
─Pues yo lo encuentro bueno ─sonrió Lem.
─¡Tú lo encuentras bueno todo! ─exclamó Edd.
─Cierto ─rió Lem provocando las risas de Cristán y de Eliawain.
Una hermosa muchacha entró al establecimiento y fue a la barra, donde habló unos segundos con el tabernero, que señaló la mesa de los cuatro amigos. La muchacha se giró y fue con ellos.
─Si me acompañan, les puedo enseñar sus habitaciones ─les dijo la muchacha.
─¡Vale! ─dijo Lem.
─Espera ─dijo Cristán desde debajo de su capucha─. Primero quiero hacerte unas preguntas.
─Como deseéis, mi señor ─sonrió la muchacha.
─Somos mercenarios y necesitamos dinero ─dijo el semiorco─. No sabrás dónde podemos conseguir dinero, ¿verdad?
─Pues la verdad es que no, señor ─respondió la muchacha─. Pero quizás el alguacil del pueblo sepa algo.
─¿Dónde está el cuartel del alguacil? ─preguntó Cristán.
─En esta misma calle, dos perpendiculares más abajo ─indicó la muchacha.
─Por último, ¿hay algun carro en venta? ─inquirió el semiorco.
─Creo que no ─dijo la chica, pensativa─. Pero el viejo Joe si que vendía un caballo de carga.
─Servirá ─le dijo Cristán a Lémoilas.
─Yo también tengo una pregunta ─dijo Edd─. ¿Qué relación tienes con el tabernero?
─¿Con él? ─dijo la muchacha señalando a la barra─ Es mi padre.
Edd se quedó atónito ante las palabras de la muchacha.
─Si me disculpan, les esperaré en las escaleras ─dijo la chica marchándose.
─Es increible ─dijo Edd cuando la muchacha estaba ya lejos─ que de eso salga aquello.
La Compañía cogió sus bultos y fueron hacia la escalera, donde la hija del tabernero esperaba. La chica les enseñó sus habitaciones y los cuatro se dispusieron a entrar en sus habitaciones. El último en entrar fue Edd.
─Señorita ─dijo a la muchacha─ debo decir que posees una belleza sin igual.
─Gracias, señor ─dijo la chica con una sonrisa─. Por unas monedas de plata puedo pasar y calentaros la cama.
─¿¡Qué!? ¡No! ─exclamó el enano.
─¿Por qué no? ─preguntó la chica, inocente.
─Yo solo quería... ─empezó el enano─ Mira déjalo.
El enano entró a su habitación y cerró la puerta.
─Joder ─dijo─, la miseria de este pueblo me da escalofríos.
El día siguiente amaneció soleado y los cuatro fueron a ver al alguacil. La vivenda que hacía las veces de prisión y de oficina, era una vieja casa, de paredes de madera y tejado de tejas de arcilla. La puerta, era de roble robusto y Lem llamó tres veces. Un hombre les abrió la puerta. Tenía el pelo largo hasta los hombros y la capa verde le cubría los hombros. Una fina barba le cubría las mejillas. En su cinto, portaba una espada y en su espalda reposaba un arco. Sus ojos eran de color ámbar y vestía el atuendo de un explorador.
─¿Quiénes sois y qué queréis? ─gruñó.
─Mi nombre es Lémoilas y ellos son Eliawain, Edd y Cristán ─dijo Lem─. Somos mercenarios y hemos oído que quizás os haga falta nuestra ayuda.
El hombre sonrió y abrió más la puerta, cediéndoles el paso e invitándolos a entrar con su mano.
─Pasad, forasteros ─dijo.
Los cuatro pasaron y fueron a una salita, con sillas y una mesa en el centro.
─Sentaos, por favor ─dijo el hombre sentándose en una silla.
Los cuatro se sentaron en sillas y el hombre les puso una cerveza a cada uno.
─Mi nombre es Glaus, hijo de Rauds y soy el alguacil de este pueblo ─dijo─. Sois mercenarios, me habéis dicho. Bien tengo oro que ofreceros y una misión importante.
Cristán sacó un cigarrillo y se lo puso en los labios. Con una cerilla lo encendió y exhaló humo.
─Hace tres días, recibimos informes preocupantes de la ermita que hay aquí cerca ─continuó el alguacil─. Allí vive un ermitaño pero nunca ha dado problemas, sin embargo, en los últimos tiempos, habíamos oído decir que se habían visto trasgos y bandidos en las inmediaciones. Mis tres compañeros y yo fuimos a la ermita hace dos días. El ermitaño nos recibió educada y cortesmente, como siempre y nos explicó varias cosas. Él también había visto forajidos y estaba preocupado de que algo le pasase a la ermita. Así que nos dijo por donde los había visto y los cinco fuimos tras su rastro. Encontramos un campamento de unos veinte hombres all suroeste, pero nos estaban esperando. Aparecieron entre los árboles disparando flechas sin cesar y manejando cimitarras. Fue una matanza. Mis tres amigos murieron y de no haber sido por el ermitaño, yo también estaría criando malvas.
─¿Qué hizo el ermitaño? ─preguntó Edd con delicadeza.
─Se quedó atrás para distraerlos y que yo pudiese huir ─respondió Glaus.
─Qué valiente... ─susurró el enano admirado.
─Mañana saldremos a por ellos ─dijo el alguacil─. Si los emboscamos no tendrán oportunidades.
─¿Y la paga? ─preguntó Cristán desde debajo de su capucha.
─Os pagaré veinte monedas de oro por cada forajido que asesinéis ─respondió Glaus.
─Entonces afilaremos nuestras espadas y limpiaremos nuestros cuchillos ─dijo Lémoilas─ porque mañana será un día glorioso.




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