Capítulo 4

El poblado orco




Los cuatro compañeros avanzaron entre la maleza por unas sendas que sólo el semiorco conocía. Enormes árboles los rodeaban, con arbustos a sus lados y pisando los helechos. Avanzaban poco a poco, intentando hacer el mínimo ruido, aunque no lo consiguieran. Cuando llegaron al pie de una colina sin árboles, Cristán levantó el puño para que parasen. 
─¿Qué ocurre? ─preguntó Eliawain, inquieto.
─Detrás de esta colina está mi aldea ─dijo el semiorco─ así que máxima discreción ahora. 
Cristán se agachó y avanzó subiendo la colina. Lem lo imitó y lo siguió.
─Oye Eliawain ─dijo Edd─. Tú no hace falta que te agaches.
─Maldito... ─dijo Eliawain siguiendo a Edd, que ya se marchaba con los demás. En la cima de la colina los esperaban Cristán y Lem, estirados sobre el suelo y mirando el pueblo de los orcos. 



─Será difícil entrar ─suspiró Cristán. 
Lem rió y se frotó la nariz.
─Tengo un plan ─dijo Eliawain.
─¿Ah sí? ─dijo Edd.
─Podemos provocar una distracción y que los otros dos se cuelen en el poblado y liberen a la madre de Cristán ─propuso Eliawain.
─Me parece un buen plan ─dijo Cristán.
─¿Puedo colarme yo? ─preguntó Lem ilusionado.
─A ti te conocen, Moi ─dijo Eliawain─. Cristán y tú distraedlos. Edd y yo nos colaremos.
─Yo con el gnomo ─rió Edd.
─Oye, déjame ─pidió Eliawain.
Cristán se arrastró y junto con Lem, fue a la entrada del poblado. Llegaron al mediodía y ambos entraron andando. Lem llevaba su mano apoyada en el pomo de su espada y Cristán llevaba las dos vainas de los cuchillos situados en la espalda vacías. Las hojas de esos mismos cuchillos resplandecían en sus manos.
─Oye Cristán ─dijo Lem─, ¿cómo se llama el líder del que nos hablaste?
─Kondoraz ─respondió el semiorco─. ¿Pero por qué quieres saberlo?
Lémoilas hizo una ancha sonrisa y se fotó la nariz. El pelo le cayó sobre la cara de forma que su semblante se deformó hasta parecer un monstruo.
─¡Oye Kondoraz! ─gritó el elfo─. ¡Te desafío! ¡Sal y demuestrame que eres el líder!
Los dos orcos que estaban de guárdia, miraron a los dos intrusos, con sus enormes sables apoyados en el hombro.




─Mocoso ─gruñó el primero─, será mejor que guardes silencio si no quieres morir.
─¿¡A qué estás esperando, Kondoraz!? ─gritó de nuevo Lem─ ¡Sal, cobarde!
─Parece que quiere problemas ─dijo el segundo guardia mientras empuñaba con las dos manos su sable. El orco se abaanzó sobre Lémoilas, con el sable sobre su cabeza─. ¡Muere, estúpido!
El otro orco lo siguió. Sin embargo no lograron hacerle nada. Dos cuchillos surcaron el aire e impactaron en el estómago de los dos guardias. Cristán se encontraba agachado delante de Lem, con las manos vacías. Los dos orcos cayeron muertos instantáneamente.

─Manda una de nuestras patrullas de élite ─dijo Kondoraz, que miraba a través de una ventana lo que sucedía.
─¿Cree que será suficiente? ─preguntó su segundo al mando, Erékbak.
─Espero que sí ─contestó el tirano.

Unos cinco orcos aparecieron por la calle en la que estaban Cristán y Lem. Tenían espadas curvas y eran mucho más corpulentos que el resto de orcos.




─Parece que no va a salir ─dijo Cristán.
─Entonces lo sacaremos ─sonrió Lem.


***

Edd saltó sobre el tejado de la siguiente casa. Elawain lo seguía de cerca, levitando sobre los mismos tejados. El enano avanzó hasta la pared de la casa que Cristán les había indicado, más alta que el resto, y la tocó. Acarició la madera de roble con los ojos cerrados y se quitó los guantes. Eliawain aterrizó detrás de él.
─Tirar la pared abajo no es la mejor idea ─dijo apaciblemente.
─No pretendo echarla abajo ─replicó Édgamer mientras se quitaba las puntas de acero de sus nudillos y se colocaba otras más finas y largas─. Pretendo entrar por la ventana abierta en el piso más alto.
Eliawain miró hacia arriba. Efectivamente había una ventana abierta, pero estaba a nueve metros sobre ellos.
─Eso es muy peligroso ─dijo el mago─. Podría subirte levitando.
─El día que alguien me agarre en brazos ─dijo Edd─, dejaré de ser un enano de Dor Kûldar.
El enano clavó las puntas de sus nudillos en la pared de madera y empezó a subir, seguido de cerca por el mago, que levitaba. 
Poco a poco, fueron subiendo por la pared hasta que Edd se agarró al borde de la ventana y se coló en su interior. Eliawain se agarró a la ventana y entró tras él. 
─Yo me refería a hacerte levitar pero supongo que ya da igual ─dijo Eliawain.
Una mujer orco estaba en la habitación en la que acababan de entrar. 
─¿Quiénes sois? ─preguntó la orco.
─Mi nombre es Eliawain y él ─dijo el mago señalando a Edd, que estaba sentado en el suelo bebiendo de su petaca mientras descansaba de su escalada─ es Edd.
─El... destroza-cráneos ─jadeo Edd.
─Si, eso ─dijo Eliawain.
─Yo me llamo Einara ─dijo la mujer.
─Ojalá... morir ─dijo Edd bebiendo un poco de su petaca.
─Oye no digas esas cosas ─dijo Eliawain─. Nos envía Cristán.
─Joder... ─dijo Edd mirando a la madre de Cristán─. Dios los cría y ellos se juntan...
─¿Qué quieres decir? ─preguntó Eliawain.
─Que quién se la tiró debía ser muy ciego ─respondió el enano señalando con el dedo pulgar a la orco.
─¡Serás cabrón! ─dijo Einara mientras le daba un capón a Edd que le hizo un chichón.
─¿Cómo salimos de aquí? ─preguntó el enano cuando se hubo repuesto del golpe.
─No sé ─respondió Eliawain─. Era tu plan.
─¿No puedes bajarnos usando tu levitación? ─preguntó Edd.
─No tengo bastante energía mágica ─respondió el mago.
─Menudo rescate... ─suspiró la orco.
─Joder ─dijo Edd─. Es que en tu libélula no cabes más que tú.
─¡Ey! ─se quejó Eliawain.
─Hay unas escaleras que bajan hacia la entrada de la casa ─dijo Einara─ pero está vigilada por la élite de Kondoraz.
─¿Esa misma élite que se está marchando hacia la entrada del pueblo? ─sonrió Edd mirando por la ventana.
─Un momento ─dijo el hechicero─. ¿Quién es Kondoraz?
─El líder del pueblo ─respondió la orco.
─Ah, vaya ─dijo Eliawain.
─Bueno, entonces ─dijo Edd, mientras se levantaba y estiraba con las manos─ es hora de destrozar algún cráneo. 

***

Lem sacó su espada del último de los orcos de la élite y miró hacia el frente. 
─¡Kondoraz, sal de una vez! ─gritó mientras se erguía. 
Entonces el tirano salió. Llevaba puesta su armadura de guerra y su cara estaba decorada con pinturas de guerra. Detrás suyo había diez guerreros de la élite.


─Al fin te presentas ─dijo Lem mientras se apartaba el pelo de la cara. 
─Yo me ocupo de la élite ─dijo Cristán.
─Endonces ─dijo el elfo─, Kondoraz es mío.

***

Edd, Eliawain y Einara bajaron la escalera. Sin embargo sólo había un orco allí. Era Erékbak, la mano derecha de Kondoraz. Era bajo y tenía el pelo largo. Una armadura cubría todo su cuerpo y en su mano había una cimitarra corta.


─No lograréis escapar ─gruñó el orco.
─Eso lo veremos ─dijo Edd mientras levantaba los puños en una posición de boxeador.

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