Capítulo 26

Historias lejanas



Citadella no era una población corriente. Era extremadamente grande, la más grande de las ciudades libres, tan inmensa, que se tardaba varios días en ir a pie de un extremo al opuesto. Las calles tenían un pavimento de roca pura de un color blanquecino, que hacía de calzada y un escalón separaba la zona dispuesta para los caballos a la zona de dominio peatonal. Había un gran número de cañerías a los extremos de la calzada, que indicaban la existencia de un alcantarillado bajo la roca y los mercenarios que entraban, vieron en varias ocasiones a hombres y mujeres limpiar las calles para conservarlas inmaculadas. Las casas de su alrededor eran de piedra también, pero de un tono grisáceo, y tenían una altura de tres varas como mínimo. Las ventanas eran anchas cruzadas por barrotes, la mayoría tapadas por persianas. Sus muros, gruesos mantenían el calor de la vivienda y las puertas eran de roble macizo, añadiendo más protección a aquellas casas.



Numerosos guardias patrullaban por la calzada y en algun tejado vieron apostados arqueros, cosa extraña, puesto que en la mayoría de poblaciones que habían pasado, solo mantenían la guardia en la periferia y no en su interior. 
一Vaya, vaya 一dijo Partonio, acariciándose la barba con la mano izquierda mientras dirigía a su caballo tachado, Nucalor con la diestra一. Qué interesante...
一¿Qué ocurre? 一preguntó Eliawain, que montaba a su lado, con curiosidad. 
一Mira los tejados 一indicó el ermitaño一. Están dispuestos a diferentes alturas, para que los arqueros apostados puedan dominar mayor extensión. Es un buen truco para defender una ciudad. 
一¿Soy el único que se ha percatado de la presencia de mucho guárdia? 一añadió Cristán, con desconfianza. 
一No 一negó Lémoilas一. Yo también me he fijado. Además tienen un montón de seguridad, con lo de los Notorios y todo eso.
一Es lógico que sean tan precavidos 一afirmó Edd desde detrás de ellos一. Citadella ha sufrido numerosos asedios y saqueos por su gran riqueza. 
一Entiendo 一asintió el elfo. 
 Los cinco continuaron avanzando por entre las calles montando sus caballos y deleitándose con los placeres de la ciudad. Entonces los cinco mercenarios llegaron a una plaza donde un hombre había montado un escenario improvisado, con una lira al lado. 


Bienvenidos seáis, mis alegres amigos.

Disfrutad de una velada con este juglar,

pues a todos os ha de encantar

la verdad que voy a narrar.

Curioso, Lem detuvo el paso de su caballo y, como iba el primero, el resto tuvieron que detenerse también. 
一¿Qué ocurre, Moi? 一preguntó Eliawain. 
一Podríamos ver esto, ¿no os parece? 一dijo con una sonrisa.
El juglar se subió a la tarima y miró a todo su público, que eran principalmente niños, sentados en el suelo que lo miraban con ojos brillantes. 



Hoy contaré una historia de bravura


por la que venció un héroe a una criatura
como se haya visto alguna
de veinte pies de altura 
y otros tantos de anchura,
aunque algo lo benefició la fortuna.

一¿Creéis que...? empezó Edd pero el juglar continuó su recital y lo interrumpió. 



Tratábase del monstruo del bosque,

un ser tan resistente como el bronce,

tan cruel como el alimoche
y más feo que un riponce,
que comía héroes de once en once
para desayunar e incluso de postre.

一Qué exagerado... 一 rió entre dientes Lémoilas. 

Véase aquí que llegó un guerrero, 

el más hábil de entre todos los elfos,

de color dorado eran sus cabellos

y ojos marrones como almendros. 
Leyó los signos de mal agüero
y fué armado a su encuentro. 

Los cinco miembros de la compañía se giraron y miraron a Lem, que lucía una sonrisa confiada y levantaba una ceja orgullos. Y rieron.  

Acerodulce, así lo llamaban 
y los aldeanos su nombre enaltaban
pues esperaban que los salvaran
el héroe y quiénes le acompañaban:
un semiorco, uno que hechizaba
un enano y el elfo, que mandaba. 

Lémoilas miró a sus amigos, que estaban atónitos y sonrió. Partonio, sin embargo sacó la lengua, burlón.

Los puños del enano eran de acero
y los usaba con el poder de un guerrero.
Mil hechizos sabía el calderero
y los usaba con gran acierto.
Y por último marchaba el cocinero, 
un semiorco que allí era forastero.

一¿Cómo se atreve a llamarme calderero? 一gruñó Eliawain y Lémoilas rió porque sabía cuanto odiaban los magos que los confundieran con brujos y trotamundos, que en realidad no tenían ningún poder mágico.

Pues bien, llegaron a la explanada
dónde el gran monstruo dormitaba
y decidieron que tal y como se encontraba
su cabeza tomarían y la llevarían en una caja. 
Pero en ese momento la criatura se despertaba
y con sus oídos escuchó todo lo que allí hablaban.

El monstruo se levantó con tal cabreo,
que tembló hasta el elfo
y todos sus acompañantes huyeron
de forma que sólo quedó este guerrero.
Acerodulce desenvainó su acero
y, con un poderoso golpe certero,
mató al malvado monstruo que les daba asedio. 

Eso no pasó realmente así... 一rió Lémoilas y miró a sus compañeros que fruncían el ceño. 

La criatura retrocedió acabada
y su último rugido sonó en toda la explanada.
Su piel se transformó en coraza
y el elfo tomó su espada,
cortó su cuello un poco por encima de la espalda
y metió la monstruosa cabeza en una jarra. 

Y el heroe regresó al pueblo
con gloria y alto ego
pues con coraje se había deshecho
de aquella bestia como buen guerrero.
Algunos pueblerinos no lo creyeron  
pero él les mostró la cabeza a todos ellos. 

一Joder... 一rezongó Lémoilas.
一¿Qué pasa? 一preguntó Eliawain一 ¡Si dice que eres el mejor guerrero del mundo!
一No te confundas 一dijo el elfo一. Soy el mejor mercenario de todos los tiempos pero no soy un héroe. 

Y así esta historia debe acabar
pues la gesta que acabo de narrar
en otro lugar la debo contar. 
¡Hasta luego, amigos!

El hombre saltó del escenario y se fue dando brincos y tocando la lira, con un gran número de niños siguiéndolo danzando. 
一Deberíamos continuar 一dijo Cristán.
一Sí... 一sonrió Lémoilas, espoleando su caballo. 
La Compañía retómo la marcha, avanzando por las anchas calles de Citadella y admirando las maravillas de la ciudad. Simplemente con un paseo por su interior, se adivinaba que Citadella era una ciudad rica. Sus grandes y ostentosas estátuas de bronce pulido y las preciosas fuentes de agua cristalina, que se encontraban en el centro de las plazas, así lo mostraban. Muchas calles estaban abarrotadas por tiendas de comerciantes que vendían su mercancía, cada cuál de mayor calidad que la anterior y, en el centro de la ciudad se eregía la ciudadela, el palacio donde vivía el gobernador y donde se debatían los asuntos de mayor autoridad de aquella ciudad-estado. 
Un trueno sacó a Lémoilas de sus pensamientos y lo centró de nuevo en la realidad. La lluvia estaba arreciando, así que se puso la capucha de su abrigo. 
一No me gusta mucho esta ciudad 一estaba diciendo Eliawain, mientras se colocaba bien su ancho sombrero一. Le falta algo de vida, hecho de menos lo verde.
一Pues yo la encuentro muy bonita, la verdad 一sonrió Cristán desde debajo de su capucha y con un cigarrillo en la boca. 
一Lo que le pasa a Eli es que le ha molestado ese juglar 一dijo Edd con una carcajada.
一Un poco... 一confesó el mago. 
一Pues no te quejes que a mí ni me ha mencionado 一rió Partonio. 
一Deberíamos buscar una taberna para descansar hasta que amaine la tormenta 一le murmuró Cristán a Lémoilas. 
一Sí, tienes razón 一asintió el elfo. 
一¿Te pasa algo, Lem? 一le preguntó Edd一 Estás muy callado desde que hemos entrado a la ciudad...
一Sí, tranquilo 一respondió el adalil con una sonrisa一. Es que me recuerda mucho a Talthedain...
一Esa taberna tiene buena pinta 一interrumpió Partonio señalando una posada de aspecto sórdido y lúgubre. 
一Joder, que ojo tienes 一sonrió Edd con ironía. 
Los cinco bajaron de sus caballos y se dirigieron hacia la posada. 
一Partonio, Edd, llevaos los caballos a los establos 一indicó Lémoilas. Eliawain, Cristán y yo reservaremos las habitaciones.
一Cómo quieras, mi adalil 一dijo Edd con una reverencia cínica. 
一Vete a la mierda 一rió Lémoilas. 
Así, Cristán, Lémoilas y Eliawain entraron en la taberna. Era una taberna sucia y oscura, con una barra a un lado y un gran número de mesas en el otro lado. En el fondo de la sala, se podía ver un escenario, con cuatro instrumentos en el fondo: una caja, dos violines, un contrabajo y una guitarra. 
Lémoilas advirtió que en una de las mesas más cercanas al escenario, cuatro hombres jugaban a los dados. Uno de ellos era muy grande, con una espalda musculada, que tenía los bigotes de la barba pelirroja manchados por la espuma de la cerveza que bebía. En su mano, la gran jarra subía y bajaba hacia su boca cada vez que el hombre tenía sed. El segundo, era un hombre de aspecto vanidoso, que estaba reclinado sobre la silla, con una ancha sonrisa en la cara y un cuerno de cerveza de malta en la mano. Su cabello era rubio y sus mejillas estaban adornadas por una fina barba del mismo tono. Iba armado con una pequeña hacha y un peto de cuero le protegía el cuerpo. A su derecha, había otro hombre de cejas pobladas y completamente calvo. Un semblante confiado se desdibujaba en su rostro y estaba reclinado sobre la mesa, como esperando a su turno. El último era el que peor veían, puesto que era el más situado en la oscuridad. Tenía el cabello corto y rizado de un color negro como el del carbón. Llevaba un jubón oscuro, debajo del cual se insinuaba una cota de malla, y sus manos estaban cubiertas por unos guantes de piel de color negro. Era el más bajo de los cuatro y, a simple vista, parecía poca cosa comparado con ellos. Sin embargo, sus ojos color ceniza transmitían una calma peligrosa. Constantemente inclinado sobre la mesa, con una expresión de concentración pasmosa, parecía estar perdiendo, al menos de momento pero insinuaba un plan de victoria. 
Lémoilas se volvió hacia sus amigos y se dió cuenta que, perdido en sus pensamientos, lo habían dejado atrás. Unos metros más allá, los dos habían elegido mesa y se estaban sentando. Lémoilas se acercó a ellos, justo cuando Edd y Partonio entraban en la taberna, empapados. El elfo se sentó y Partonio dejó su empapado sombrero sobre la mesa. 
一Ahora está lloviendo a cántaros 一se excusó mientras sonreía. 
一Espero que los colchones no tengan pulgas 一gruñó Edd dejándose caer sobre su silla一. Es lo último que necesito ahora mismo. 
一Deja de quejarte, hombre 一dijo Partonio一. Yo soy más feliz que tú porque no me paso todo el día gruñiendo. 
一No 一negó el enano一. Tú eres más feliz que yo porque no tienes cerebro. 
一También 一asintió el ermitaño一, también.
Los cinco rieron y pidieron de comer: Edd, un chuletón; Cristán, pescado; Eliawain, broccoli; Partonio, pollo a la mandarina; y Lémoilas, pastel de carne con chocolate fundido por encima. 
一¿Os ha costado mucho? 一preguntó Lémoilas al rato de haber acabado su plato, mientras los demás estaban acabando. Partonio llevaba ya cinco platos.
一No, la verdad 一respondió Cristán一. Era todo bastante barato. Si sólo este comiese menos... 一añadió finalmente señalando a su derecha, hacia Partonio que devoraba aquella pechuga como si fuese su último bocado.
一¿Qué? 一se quejó Partonio, con la boca llena y veinte pequeños huesos en su plato一 ¡Tengo hambre!
Entonces, súbitamente todo el mundo calló y cuatro personas subieron al escenario. Un hombre de cabello largo y rasgos angulosos cogió el contrabajo. A su lado, una mujer anciana cogió un violín y detrás de ellos, un hombre se sentó sobre la caja de percusión. A su derecha, otra mujer cogió el otro violín. Y entonces subió al escenario ella.  Su reluciente cabello de color azabache iba peinado hacia atrás, cubriendo su espalda, que quedaba desnuda con aquel vestido madreperla. Subió las escaleras del escenario con la elegancia de una pantera y se sentó en la silla que tenía preparada. Con una mano de dedos largos cogió la guitarra y se la puso sobre las rodillas, con los rasgos élficos de su semblante relajados. En ese momento dirigió hacia ellos aquellos ojos de un tono marrón tostado, que relucían con el poder de la música y empezó a tocar. 

Sus dedos acariciaron las cuerdas con cariño y su voz se levantó sobre el silencio de la sala con la melodía de la canción y Lémoilas sintió que aquel canto acariciaba sus oídos y los cubría con un manto de calidez. En ese momento entró el contrabajo y, con aquel gran peso que infundía el instrumento, añadió potencia a la melodía, y Lémoilas sintió que la música lo hinchaba por dentro y lo infundía a seguir adelante. La canción se extendió por toda la sala con las palabras de la cantante esparciéndose por cada recoveco de la estancia, llenando el vacío, cubriendo el silencio.
Entonces entró el primer violín, con la suavidad de la marea, seguido del segundo, impetuoso, como la tampestad que arrecia en mar abierto y sin embargo, la guitarra de la elfa, calmó a ambos instrumentos y prevaleció sobre los demás sin prácticamente esfuerzo. Lémoilas se dió cuenta de que contenía la respiración y trató de exhalar el aire de dentro de sus pulmones. Miró al percusionista y se dió cuenta de que había entrado a formar parte de la música en algún momento, sin que él se diera cuenta y admiró aquel don. 
Entonces Lémoilas se paró a escuchar la letra de aquella canción. Era una letra preciosa, sin duda, casi tan preciosa como la melodía en la que la entonaba la cantante. Hablaba de una mujer, una mujer que tenía un sueño y sin embargo algo la retenía a avanzar hacia él. Y aunque ella sorteaba un obstáculo, aparecía otro, pero ella continuaba adelante, siempre tropezando, siempre avanzando. 
Hablaba de como se sentía ella, inútil ante la realidad, impotente ante las circumstancias y, sin embargo, también se sentía capaz de superar las adversidades y derrotar a aquellos problemas que se interponían entre ella y su sueño. 
Lémoilas sonrió ante aquellas palabras, tan similares a sus pensamientos en algunas ocasiones, y pensó que aquella canción contenía muchas verdades. Entonces el violín impetuoso calló. Después, el bajo. Seguidamente, la voz del violín restante se difuminó en el aire hasta perderse y la caja hizo su último movimiento poco después. Así, sólo quedaron la guitarra y la voz, que entonaba una letra que estremeció el corazón de Lem. Decía que llegaría un día en el que conseguiría alcanzar su sueño pero después de realizarlo, ¿qué haría? Toda su vida malgastada en un sueño inalcanzable para después quedarse sin objetivos. 
Por primera vez en su vida, Lémoilas se planteó su futuro. ¿Qué haría cuando acabase con Sladius? Sería el hombre más libre del mundo, y el más rico, pero ¿de que le serviría todo aquello sin un objetivo? Desde niño había querido matar a un dragón, como hacía Kañius en las gestas que le contaba su madre, pero ¿después de acabar con el dragón, qué? Lémoilas apartó esos pensamientos de su mente y se dijo que cuando lo venciera sabría qué hacer. 
La música fue acabando, la voz de la elfa cada vez se oía más bajo hasta que, finalmente, con un acorde final de la guitarra, se extinguió, como un suspiro y Lémoilas sintió que algo dentro de sí se marchaba con aquella melodía. Y un silencio magnífico se erigió sobre toda la sala, un silencio que pareció que durase horas, seguido del estruendoso aplauso del público. 
一Guau 一logró atinar Lem cuando terminó de aplaudir.

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