Cenizas bajo la lluvia
Lémoilas avanzó con presteza por entre las tiendas. Sus pies pisaban la arena en que se había convertido la hierba que crecía en la tierra del interior del campamento y levantaban nubes de polvo que manchaban sus altas botas de cuero. En el cielo, una nube oscura se había impuesto a la Luna que hacía poco se dibujaba en el firmamento. Sin duda, el incendio había sido el causante de la creación de la nube. Una minúscula mota blanca se posó en la nariz de Lem y el elfo, sorprendido, contempló que estaba nevando. Levantó la mirada al cielo y vio que provenía de la nube oscura. No, en realidad no era nieve, aquello que caía. Eran las cenizas del campamento de Reshbak. Lémoilas se concentró de nuevo y continuó avanzando.
─Esta es la comandante Delthaine ─dijo Partonio inclinado sobre un cadáver que todavía tenía agarrado un cuchillo largo en cada mano.
─Esta es la comandante Delthaine ─dijo Partonio inclinado sobre un cadáver que todavía tenía agarrado un cuchillo largo en cada mano.
Detrás de Lem, Partonio y Édgamer inspeccionaban el interior de las tiendas de campaña esperando encontrar algún Hijo de la Luna. No encontraban nada más que cuero y cadáveres calcinados. Caballos corrían por doquier, huyendo de las llamas. Sin embargo el elfo no estaba tan preocupado por aquellos pequeños detalles como por su amigo Eliawain. Avanzó entre las tiendas con el sigilo de un gato. Sorteó el cadáver calcinado de otra mujer y continuó caminando, buscando al hechicero. No pensaba en perder un compañero, un amigo.
Edd estaba inspeccionando una tienda cuando vio que su amigo se adelantaba más de la cuenta.
─Partonio, vamos ─dijo─. Las hadas no se moverán de ningún sitio.
─Cierto, pero igual encontraba alguna mandarina ─dijo el ermitaño con pesar.
─¿Cómo puedes pensar en mandarinas en un momento como este? ─exclamó Edd mientras augmentaba el ritmo para tratar de alcanzar a Lem.
─Supongo que tengo hambre ─dijo Partonio encogiéndose de hombros.
Lem saltó para esquivar otro cadáver y llegó a las ruinas. Allí se libraba una batalla encarnizada. Eliawain había logrado alcanzar las ruinas, avanzando gracias a su poder mágico, sometido a las constantes embestidas psíquicas de Thendruid y sufriendo numerosas heridas leves de manos de flechas y espadas enemigas. Subido entre las ruinas de Taledonia, parecía un poderoso archimago, lanzando encantamientos a diestro y siniestro, protegiéndose con barreras de las flechas y espadas. Había perdido el sombrero y la capa estaba toda desgarrada. Su camisa, hecha girones, se había vuelto de un color rojizo en aquellas zonas donde le habían alcanzado las armas enemigas. Aún así, luchaba valerosamente y no cesaba de lanzar ráfagas luminosas con sus manos de hechicero.
Lémoilas vio a Thendruid en el lado opuesto de las ruinas. Estaba sentada con los ojos cerrados y parecía concentrada. Sus manos se juntaban entre las piernas cruzadas y la espada resplandecía, clavada en la arena junto a ella. A sus lados habían una mujer sin ropa en su parte superior y un hombre con un parche en el ojo y un hacha en la mano.
Lem desenvainó su acero y un resuello de pelo le cayó sobre la frente. Con expresión furibunda se acercó a los forajidos, que lo vieron y se acobardaron. Las puntas del pelo rubio del elfo se había erizado y teñido de blanco por la ceniza. Su abrigo se hinchó por el viento y la punta de su espada resplandecía. Sobre sus hombros la ceniza se había esparcido y su semblante era tan aterrador, que los bandidos dejaron de pelear sumidos en un estado de terror. Lémoilas continuó avanzando sin prisa pero con decisión y aquellos que lo vieron desde más cerca, pensaron que la misma muerte en persona había traído a aquel elfo.
Eliawain había despachado a cuatro de los forajidos, golpeándolos con su magia. El resto habían recibido protección por parte de Thendruid. Lem sospesó la espada sobre su mano. Sólo quedaban seis subordinados y los comandantes.
─¡Sois las últimas fuerzas de Reshbak! ─bramó el hombre tuerto desde su posición─ ¡El resto han perecido por culpa de esos mercenarios en el incendio! ¡Luchad por vuestro señor y destruid a sus enemigos!
Aquel hombre y la mujer semidesnuda, se acercaron a sus hombres y desenvainaron sus armas. Lémoilas giró la espada entorno a su muñeca y frunció el ceño. Entonces vió a su derecha a Edd y a su izquierda a Partonio. No los había oído llegar y sonrió porque sabía que no estaba solo.
─Yo me encargo del tuerto ─dijo Edd con una fría sonrisa.
─En ese caso ─la vara de Partonio giró a su lado mientras hablaba─ yo me encargo de Kenai.
Lémoilas giró los pies sobre la ceniza, buscando mayor estabilidad y fijó una posición en el suelo. Agarró la espada con las dos manos y miró a sus enemigos con un brillo peligroso en la mirada.
Edd avanzó con velocidad rodeando a los bandidos y buscando al hombre con el parche mientras se quitaba los guantes. Ese día llevaba las puntas más largas y gruesas que tenía. Casi atravesaban sus guantes de piel de castor. El enano avanzó por el lado de las tiendas y el hombre con el parche lo enfrentó blandiendo una enorme hacha de guerra con las dos manos. El tuerto saltó sobre Edd y el acero chocó contra el acero. Edd había colocado sus puños a poca distancia el uno del otro, creando así una barrera de acero que paró el mortífero filo del hacha. El forajido se mantuvo suspendido en el aire, tan solo mantenido sus brazos y su arma que echaba chispas en el contacto con el acero de Edd.
─¿Seguro que puedes lidiar con ellos? ─preguntó Partonio a Lémoilas.
─Me las he visto en situaciones peores ─aseguró el elfo en un estado de tensión que dejaba sin aliento.
El ermitaño sonrió y giró la vara en su mano derecha mientras reculaba de espaldas hacia las tiendas. Kenai lo siguió con la mirada y avanzó con pasos lentos hacia el mismo extremo de la plaza.
─Kenai, es un gusto verte de nuevo ─dijo el ermitaño contemplándola con gesto serio cuando se encontraron en el extremo oriental de la plaza─. Supongo que pedirte un trozo de pizza no sería muy decoroso en esta situación.
─El gusto es mío ─sonrió la mujer─. Y no, no sería muy decoroso.
Su piel rojiza destacaba frente a su pelo tan rubio que parecía plata. Sus ojos negros parecían pozos sin fondo y tenía un tatuaje en el hombro izquierdo que le daba un aspecto rudo y amenazador. Sus pies estaban desnudos tambien y acariciaron el polvo del suelo.
El ermitaño sabía que de todos los rivales que le podían haber tocado, ella era la más noble y más honorable. Nunca peleaba en superioridad de condiciones y jamás habría torturado a un Hijo de la Luna. De hecho, ella estaba en contra de quedarse con Reshbak pero su hermana Delthaine no era del mismo parecer y Kenai no quería abandonarla porque su amor por ella era más grande que cualquier otro sentimiento que arraigará en su corazón. De hecho, Partonio había sobrevivido a su cautiverio gracias a la lancera, que le había proporcionado agua y comida cuando los demás dormían.
Partonio miró a su enemiga y tensó más los músculos, hundiendo los pies en la tierra. Notó como la arena se le deslizaba entre los dedos de los pies mientras agarraba la vara y la colocaba en horizontal frente a él. Una gota de lluvia cayó sobre su nariz y una fina llovizna empezó a caer sobre el campamento, mezclando las cenizas y dándole a todo aquello un aspecto mucho más lúgubre.
El pie derecho de Partonio se hundió en la arena y el pie izquierdo de Kenai levantó el polvo tras de sí. En un par de zancadas, estuvieron uno frente a la otra y Kenai trató de atravesar con su lanza el cuerpo del ermitaño, quien se hizo a un lado, hundiendo su pie izquierdo en la húmeda tierra y apoyándose en la vara para después con el pie derecho tratar de golpear la cabeza de Kenai con un movimiento semicircular. Sin embargo, la mujer, se agachó y clavó la lanza en el suelo, esquivando así la patada. Se levantó sobre la lanza, pateando con el pie derecho el torso de Partonio. Pero el ermitaño no había permanecido en el mismo lugar y, después de errar su golpe, había apoyado de nuevo su pie derecho, dándole la espalda a su enemiga para después alzar su pie izquierdo sobre su cabeza y tratar de golpear a Kenai. Ambos pies descalzos chocaron en un sordo sonido.
Lémoilas contempló a sus seis enemigos. A su derecha, Eliawain se le había acercado. Tenía un gesto serio y de su frente, chorreaba sangre provocada por un golpe.
─Esa maga es poderosa, Moi ─dijo con voz ronca─. Me ocuparé de ella, pero necesito que me cubras.
─Eso está hecho Eliawain ─respondió el elfo con voz serena.
El mago se agachó y se sentó con las piernas cruzadas. Colocó las manos entre sus piernas y las enlazó de manera estraña. Una estela de luz sobrenatural brilló en la frente del mago con un destello azulado. La luz desapareció tan rápido como había llegado y Lémoilas sonrió.
El primero de los forajidos avanzó, con la espada en ristre y preparado para cortarlo en dos. Sus ojos relucían con un temor reverencial a la figura élfica que se erguía ante él, pero aun así continuaba avanzando. Lem aferró con más fuerza la espada y se mantuvo firme, sin mover un solo músculo. La espada del forajido se acercó peligrosamente a Lémoilas a una velocidad asombrosa. Un centelleo de acero brilló en el aire y un todo de gotas de sangre cayeron sobre las cenizas tornándolas de un color escacrlata. El forajido se tambaleó unos segundos y cayó al suelo como si de el muñeco de un titiritero se tratara. Lémoilas se mantenía en pie, inmóvil tras el cuerpo de aquel hombre. De su espada caían gotas de sangre y se encontraba acuclillado. El elfo se había agachado unos instantes antes de que la espada del forajido le cortase la cabeza y, a la vez, le había cortado en un costado con su espada. Lémoilas se levantó y miró a sus enemigos. Las finas de gotas de agua caían sobre su rostro y le resbalaban hasta la barbilla.
Edd avanzó con velocidad rodeando a los bandidos y buscando al hombre con el parche mientras se quitaba los guantes. Ese día llevaba las puntas más largas y gruesas que tenía. Casi atravesaban sus guantes de piel de castor. El enano avanzó por el lado de las tiendas y el hombre con el parche lo enfrentó blandiendo una enorme hacha de guerra con las dos manos. El tuerto saltó sobre Edd y el acero chocó contra el acero. Edd había colocado sus puños a poca distancia el uno del otro, creando así una barrera de acero que paró el mortífero filo del hacha. El forajido se mantuvo suspendido en el aire, tan solo mantenido sus brazos y su arma que echaba chispas en el contacto con el acero de Edd.
─¿Seguro que puedes lidiar con ellos? ─preguntó Partonio a Lémoilas.
─Me las he visto en situaciones peores ─aseguró el elfo en un estado de tensión que dejaba sin aliento.
El ermitaño sonrió y giró la vara en su mano derecha mientras reculaba de espaldas hacia las tiendas. Kenai lo siguió con la mirada y avanzó con pasos lentos hacia el mismo extremo de la plaza.
─Kenai, es un gusto verte de nuevo ─dijo el ermitaño contemplándola con gesto serio cuando se encontraron en el extremo oriental de la plaza─. Supongo que pedirte un trozo de pizza no sería muy decoroso en esta situación.
─El gusto es mío ─sonrió la mujer─. Y no, no sería muy decoroso.
Su piel rojiza destacaba frente a su pelo tan rubio que parecía plata. Sus ojos negros parecían pozos sin fondo y tenía un tatuaje en el hombro izquierdo que le daba un aspecto rudo y amenazador. Sus pies estaban desnudos tambien y acariciaron el polvo del suelo.
El ermitaño sabía que de todos los rivales que le podían haber tocado, ella era la más noble y más honorable. Nunca peleaba en superioridad de condiciones y jamás habría torturado a un Hijo de la Luna. De hecho, ella estaba en contra de quedarse con Reshbak pero su hermana Delthaine no era del mismo parecer y Kenai no quería abandonarla porque su amor por ella era más grande que cualquier otro sentimiento que arraigará en su corazón. De hecho, Partonio había sobrevivido a su cautiverio gracias a la lancera, que le había proporcionado agua y comida cuando los demás dormían.
Partonio miró a su enemiga y tensó más los músculos, hundiendo los pies en la tierra. Notó como la arena se le deslizaba entre los dedos de los pies mientras agarraba la vara y la colocaba en horizontal frente a él. Una gota de lluvia cayó sobre su nariz y una fina llovizna empezó a caer sobre el campamento, mezclando las cenizas y dándole a todo aquello un aspecto mucho más lúgubre.
El pie derecho de Partonio se hundió en la arena y el pie izquierdo de Kenai levantó el polvo tras de sí. En un par de zancadas, estuvieron uno frente a la otra y Kenai trató de atravesar con su lanza el cuerpo del ermitaño, quien se hizo a un lado, hundiendo su pie izquierdo en la húmeda tierra y apoyándose en la vara para después con el pie derecho tratar de golpear la cabeza de Kenai con un movimiento semicircular. Sin embargo, la mujer, se agachó y clavó la lanza en el suelo, esquivando así la patada. Se levantó sobre la lanza, pateando con el pie derecho el torso de Partonio. Pero el ermitaño no había permanecido en el mismo lugar y, después de errar su golpe, había apoyado de nuevo su pie derecho, dándole la espalda a su enemiga para después alzar su pie izquierdo sobre su cabeza y tratar de golpear a Kenai. Ambos pies descalzos chocaron en un sordo sonido.
Lémoilas contempló a sus seis enemigos. A su derecha, Eliawain se le había acercado. Tenía un gesto serio y de su frente, chorreaba sangre provocada por un golpe.
─Esa maga es poderosa, Moi ─dijo con voz ronca─. Me ocuparé de ella, pero necesito que me cubras.
─Eso está hecho Eliawain ─respondió el elfo con voz serena.
El mago se agachó y se sentó con las piernas cruzadas. Colocó las manos entre sus piernas y las enlazó de manera estraña. Una estela de luz sobrenatural brilló en la frente del mago con un destello azulado. La luz desapareció tan rápido como había llegado y Lémoilas sonrió.
El primero de los forajidos avanzó, con la espada en ristre y preparado para cortarlo en dos. Sus ojos relucían con un temor reverencial a la figura élfica que se erguía ante él, pero aun así continuaba avanzando. Lem aferró con más fuerza la espada y se mantuvo firme, sin mover un solo músculo. La espada del forajido se acercó peligrosamente a Lémoilas a una velocidad asombrosa. Un centelleo de acero brilló en el aire y un todo de gotas de sangre cayeron sobre las cenizas tornándolas de un color escacrlata. El forajido se tambaleó unos segundos y cayó al suelo como si de el muñeco de un titiritero se tratara. Lémoilas se mantenía en pie, inmóvil tras el cuerpo de aquel hombre. De su espada caían gotas de sangre y se encontraba acuclillado. El elfo se había agachado unos instantes antes de que la espada del forajido le cortase la cabeza y, a la vez, le había cortado en un costado con su espada. Lémoilas se levantó y miró a sus enemigos. Las finas de gotas de agua caían sobre su rostro y le resbalaban hasta la barbilla.




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