Capítulo 18

Cuando la tormenta estalla



Dos forajidos todavía mantenían el coraje y le atacaron con su lanza y hacha. El elfo se movió, esquivando con soltura la lanza del bandolero de pelo canoso y agarró con la zurda el arma del hombre. Saltó hacia la derecha, esquivando el hachazo vertical de su otra enemiga, una mujer de cabello negro y tez morena, y, usando la lanza que aún sujetaba el canoso, atravesó a la otra bandida en la cadera. El lancero, miró sorprendido como caía su compañera y trató de desenvainar su espada, pero Lem fue más rápido y con su espada, atravesó la piel, el músculo y el hueso del hombro del canoso, que soltó un grito antes de desplomarse desmayado. El elfo giró sobre su mano la espada y se volvió a colocar en posición de batalla, con los pies en paralelo y la espada agarrada con las dos manos. Los tres forajidos restantes se miraron los unos a los otros y lo rodearon con incertidumbre. 

Los músculos de Edd le quemaban y empujó hacia delante con sus puños, alejando el filo mortal de aquella hachs. El tuerto lo miró con una media sonrisa de profundo desprecio y se puso en guardia. 
─Eres fuerte enano ─dijo el hombre─, pero eres un necio si crees que puedes enfrentarte a mí, Finthrod, el señor que algún día gobernará estas tierras en nombre del gran Reshbak.
─Tal vez lo sea ─replicó Edd con hosquedad. 
Con dos pares de grandes zancadas, el enano se plantó ante el tuerto y descargó una lluvia de puñetazos sobre el cuerpo de Finthrod, quién retrocedió esquivando y parando los golpes con su hacha. Edd cesó su ataque y miró a su oponente. Sin duda era muy fuerte y parecía que también era rápido, si había detenido su lluvia de acero. El enano y el tuerto giraron en círculos, buscando fallos en la defensa de su oponente. De vez en cuando, uno de ellos avanzaba y atacaba, pero siempre resultaba futil y el atacante retrocedía intimidado por la defensa de su adversario. Entonces Edd creyó ver la falla en la defensa de Finthrod y saltó hacia su derecha. El hombre cayó en la trampa y giró para defenderse de un ataque desde allí, pero el enano ya lo tenía previsto y dió una zancada hacia la izquierda, rompiéndole la cintura a su rival y dejándo descubierta su guardia baja. El tuerto lanzó una mirada de pánico al enano, que cerró el puño izquierdo y golpeó. Una hoja de acero logró parar la embestida a tiempo. El tuerto, en un acto reflejo, había contorsiononado su cuerpo y detenido la maza de hierro que era el puño de Edd con su propia hacha. El enano frunció el ceño y se dispuso a golpear con la derecha pero el mango del hacha impactó en su rostro haciendolo tambalearse y retroceder unos pasos. 

Partonio hizo una pirueta hacia atrás y apoyó su vara en el hombro izquierdo pasandola por detrás de su espalda mientras agarraba con la agarraba con fuerza con la diestra. La mano izquierda estaba apoyada en el suelo y en su rostro se vislumbaraba una mueca feroz. En frente suya, Kenai aguardaba con paciencia e hizo un sonido en su boca, como el rugido de un gato mientras le miraba los ojos con fiereza. Ambos volvieron a saltar. Partonio esquivó la lanzada y le lanzó un puntapié a Kenai, que se movió en el aire, evitando así el golpe de Partonio. En medio de aquella pelea, Partonio reía y cantaba, con una sonrisa en el rostro.
─Mi tanque, me lo robaron ─entonaba─, de camino, a Stalingrado... 
Los dos aterrizaron. Con una agilidad felina, el ermmitaño se giró y vió la lanza de nuevo dirigirse hacia él. En un acto reflejo, esquivó la lanzada desplazándose a su derecha, pero no por completo. La punta del arma le cortó en la camisa y le hizo un pequeño tajo en las costillas, justo bajo la axila izquierda. Partonio soltó un soplido y golpeó con el pie la cadera de la mujer, que ahogó un grito y se tambaleó interponiendo la lanza entre ellos dos. 
La canción desapareció del ambiente. Partonio miró a su oponente. Aquella pelea debía terminar pronto o podría perderla. El ermitaño bajó su centro de gravedad y estiró la pierna izquierda, mientras mantenía la vara en diagonal frente a su rostro. La larga cabellera, las lentes rotas, la barba descuidada y la ropa hecha jirones hacían parecer al ermitaño un náufrago en su isla desierta.
La forajida atacó a Partonio con su lanza, en una embestida letal. El ermitaño, se movió un paso esquivando así a la mujer, que casi pasó de largo. La bandida, se volvió con una velocidad inusitada y atacó con su lanza el pecho de Partonio, tratando de apuñalarlo, mas ninguna lanzada alcanzó a su objetivo. El ermitaño esquivó y apartó el arma con sus pies, retrocediendo con cada lanzada. Esperaba el momento oportuno para contraatacar. Y ese momento llegó. 
En una de las lanzadas, Kenai olvidó mantener la guardia en sus piernas y Partonio aprovechó el fallo. Usando su pierna izquierda como un gancho, el ermitaño asió la pierna de su contrincante, dió un fuerte tirón y la mujer perdió el equilibrio. Partonio sabía que aquella situación que mantenía sin equilibro a su enemiga solo duraría unos instantes, así que saltó y golpeó el pecho de la mujer con los dos pies a una velocidad impensable cayendo hacia atrás. El ermitaño dio una vuelta sobre si mismo en el aire cayendo de cuclillas pero a salvo. En cambio, Kenai cayó de espaldas a unos tres metros de donde estaban sin aliento. 
─Este es el Golpe de la Rana ─dijo el ermitaño con una iluminada sonrisa en el rostro.
Partonio se irguió y se acercó a la mujer con la vara apoyada en el hombro mientras silbaba. 
─Ha sido un honor luchar contra alguien tan honorable como tú, Kenai ─dijo Partonio─, pero debes reconocer tu derrota y rendirte.
─Sabes perfectamente que eso no ocurrirá, ermitaño ─sonrió la mujer entre jadeos. Permanecía acostada en el suelo ya que la patada le había roto varias costillas y le había deshecho los órganos internos─. Nunca me rendiré. 
─Por favor, Kenai ─suplicó Partonio, admirado por la lealtad de su contrincante─. Tu hermana ha muerto, ya no necesitas seguir con esto.
─¡No es posible! ─escupió la forajida deteniendo su intento por levantarse mientras dirigía a Partonio una mirada con la chispa de la duda. Vió en los ojos de Partonio que no mentía y su gesto se ensombreció a la vez que cerraba los ojos y dos surcos de lágrimas brotaban de entre sus pestañas.
La mujer jadeó se levantó del suelo apoyada en su lanza. Miró a su adversario con la espalda encorvada por el dolor. Un hilillo de sangre apareció en la comisura de su boca. La mujer se irguió con orgullo y asió la lanza con las dos manos por encima de su cabeza apuntando al ermitaño. Partonio apoyó la vara en el suelo. 
─Este será el último golpe, Partonio ─dijo la mujer─. Espero ser lo suficientemente hábil como para derrotarte. Y, si no lo soy, mándame con mi hermana.
─Kenai... ─su nombre sonó en los labios de Partonio con un triste suspiro.
La lanzada de la bandida fue rápida, extremadamente rápida. Pero Partonio la estaba esperando. Se agarró con las dos manos a la vara, firmemente clavada en el suelo y giró sobre ella agarrado únicamente con sus manos, esquivando así la lanzada y pateando la cabeza de Kenai en un golpe que sonó sordo. La lancera Kenai había sido derrotada. 

Lem miró a su alrededor. Los tres bandidos lo habían rodeado de forma que siempre tenía un punto ciego y era prácticamente imposible que abastara a todos sus enemigos a la vez. Sin embargo eso le daba una ventaja, y es que sabía por donde le atacarían. El elfo se volvió hacia el hombre de pelo plateado y la mujer con rostro afilado y mostró su espalda al bárbaro de pelo rojizo. Notó como el aire se estremecía y supo que habían caído en su trampa. Lémoilas giró sobre su pie derecho, inclinandose y agarrando la espada con su mano derecha, como si de una extensión del mismo brazo se tratara. Con un movimiento semicircular, se volteó separándose del prominente hachazo y cortando en las costillas a su enemigo. Con el rabillo del ojo vió la espada del forajido de pelo plateado acercarse a una velocidad vertiginosa y no dudó. Siguió en su movimiento circular, esquivando el espadazo y sacando la espada del cuerpo del pelirrojo. Se agachó y esquivó el ataque de la otra guerrera golpeó el filo de la espada que  el rubio empuñaba, forzandolo a retroceder y agarró con las dos manos la espada para parar la acometida de la mujer. La bandolera reculó amedrentada y Lem aprovechó para brincar hacia delante. Un corte horizontal dirigido a la cintura de la mujer, que paró el golpe con dificultad. Un salto a la derecha para esquivar el ataque del rubio y una patada en el estómago del hombre, que retrocedió adolorido. De nuevo un espadazo surcó el aire buscando alojarse en la cabeza de Lem, pero el elfo fue más rápido y la espada no alcanzó más que a peinarle. Lanzó una estocada y obtuvo satisfacción cuando sintió que la espada se hundía entre la carne de la mujer. Sacó la espada y evitó la espada que el otro forajido blandía con vehemencia. El elfo avanzó dos pasos y cortó al bandido de pelo plateado en el torso. El hombre se tambaleó un momento y miró a Lémoilas con ojos vacíos hasta que se desplomó, presa de la inconsciencia. 

En el plano mortal se desarrollaba una batalla encarnizada, pero en el plano astral las cosas se habían puesto mucho más feas. Thendruid había invocado media decena de sombras de Azazed, unas criaturas que no debían invocarse según el código mágico, con cuerpo intangible y cascos de acero. Eliawain había tenido miedo de aquellas criaturas toda su vida, desde que los vió cuando tenía cuatro años, pero allí, en el plano astral, el hechicero se sentía a salvo. Siempre había sido un gran maestro en aquella dimensión y sabía que pocas cosas podían herirle allí. Sus manos brillaron un instante antes de que una de aquellas cosas se abalanzase sobre él. El cuerpo de Eliawain se difuminó entre la distorsión que cubría el plano astral y su aura rodeó al maligno ser desde todas las direcciones como si se tratase de humo. Su mano brilló dentró de la neblina que componía el cuerpo de la sombra y la criatura se estremeció unos instantes antes de que un chillido de ultratumba traspasase los oídos del mago y el ser desapareciese. Una de las cosas que había aprendido a hacer cuando entró en el círculo mágico, fue a matar a aquellas odiosas cosas.
Eliawain miró a los monstruos y se estremeció. Una criatura que se había avanzado le agarró el cuello con una de sus manos, más parecidas a garras escamosas con largas uñas. El contacto frío con la piel de aquella criatura hizo que sus piernas temblaran pero trató de aserenarse y mantener la cordura. Sabía que no lograría volverse humo si ese ser lo agarraba así que respiró hondo y agarró su cuchillo con la mano izquierda. La sombra agarró con la otra mano la superfície de su casco y lo empezó a levantar. Eliawain sabía lo que se ocultaba tras el yelmo. Una cara viscosa y repugnante, desprovista de ojos y nariz pero con una aterradora boca llena de afilados dientes que devoraban toda la carne que podían encontrar, tal y como una cicatriz en el muslo izquierdo del mago podía atestiguar. Sin embargo, Eliawain sabía que aquella cabeza era completamente tangible así que cuando la sombra acabó de quitarse la máscara, el mago desenvainó el cuchillo y lo clavó en el centro del rostro del maligno. La sombra se contorsionó y en un chillido, desapareció fundido en la niebla junto con el cuchillo. El mago se frotó el cuello y, en el plano mortal, las marcas de presión de una garra aparecieron en su cuello a la vez que su cuchillo se desvanecía. A Eliawain le gustaba aquel cuchillo, pero era un precio muy bajo a cambio de su vida. Las otras tres criaturas saltaron sobre Eliawain, pero él ya las esperaba y se desvaneció en el aire, rodeando a las criaturas y asediándolas con ataques luminosos, lo que más odiaban. Finalmente los tres seres se reunieron, reculando bajo los ataques de la nube en que se había convertido Eliawain y se quedaron juntas. Lo suficientemente juntas, como para que Eliawain dibujara un símbolo mágico en el aire y lo lanzara contra ellos, desapareciéndolos en el acto. 
Desde las ruinas de Taledonia difuminadas en el plano astral, la forma espiritual de Thendruid lo contemplaba aterrada. 
─¿De dónde sacas tanto poder? ─preguntó la maga. Su cara se había vuelto pálida y sus ojos reflejaban el miedo. 
─Soy Eliawain, el último mago de la Torre de Malik ─dijo Eliawain volviendo a tener una forma astral humana. Su voz sonaba como mil susurros en el viento─. Mi especialidad son las barreras mágicas y el plano astral. Cometiste un gran error viniendo aquí.
El cuerpo astral de Eliawain desapareció y una nube de plata se abalanzó sobre Thendruid, que reculó volando, buscando su cuerpo. Con un movimiento frenético, la hechicera trató de volver a su forma mortal, pero vió que el humo de plata había llegado antes que ella y que avanzaba inexorable. La maga apretó la empuñadura de su espada y tragó saliva. Su voz sonó entonces, clara e imperturbable y el cuerpo astral de Eliawain volvió a aparecer cuando acabó la retaíla de encantamientos. El mago se miró las manos, extrañado. 
─No creas que eres el único que conoce los entresijos de esta dimensión ─dijo Thendruid─. Si te he traído aquí es porque tengo la certeza de que puedo vencerte. 
Eliawain la miró y una sombra de terror cruzó su rostro. Aquella mujer era más poderosa de lo que aparentaba. 
La espada de la maga relució un segundo y estalló en llamas azules que lamían el acero sin causarle daño. Eliawain conocía el hechizo y también sabía que era una ilusión, pero aún así, le pareció que el calor que desprendía el metal era muy real. Thendruid voló hasta situarse frente a él y lo atacó con su espada. Sin embargo el fuego y el acero se toparon con una barrera mágica. El brazo izquierdo de Eliawain, rodeado de una fuerza rígida, paró el ataque. En su mano derecha, otra barrera apareció y con ella golpeó el rostro de Thendruid, que se deshizo en humo negro. Eiawain miró con temor la nube que se formó delante suya. La telaraña de sombras se abalanzó sobre él, que pensó rápido en una escapatoria. El mago cruzó los brazos sobre su pecho y una esfera de energía mágica lo protegió en su interior. La sombra chocó con la barrera y Eliawain supo con certeza que no lo podía atravesar. Entonces se le ocurrió un plan. Acumuló una gran cantidad de energía en sus manos y la aplicó a la esfera, que rotó sobre si misma y se expandió, hasta que pudo rodear por completo la nube que era Thendruid. Y entonces lo hizo y aprisionó a la maga. Cada vez la esfera se fue contrayendo más y más y la nube se fue haciendo más pequeña y pequeña hasta que el cuerpo de Thendruid apareció de nuevo. En el plano mortal, una hilillo de sangre goteó por la nariz de la maga. La esfera devolvió a Thendruid a su cuerpo terrenal, vertiendo el espíritu sobre el cuerpo. Pero para cuando la maga despertó, se dió cuenta de que Eliawain estaba frente a ella, con una barrera mágica en una mano. El golpe del mago la dejó inconsciente.

Edd sintió como sus músculos se agarrotaban tras soportar aquel último hachazo. El enano avanzó y trató de dar un puñetazo en la cara a Finthrod, quién fintó el ataque y bajó su hach para seccionarle el brazo. Las puntas de acero de Edd pararon el ataque y el enano lo miró con rebeldía. Un puñetazo pasó rozando la mejilla del tuerto, que frunzó el ceño y descargó el hacha en diagonal, pero Edd esquivó el golpe y soltó un directo hacia el estómago de Finthrod, que a penas pudo parar con la empuñadura de su arma. El tuerto cayó al suelo de tan fuerte que fue el puñetazo y miró a Edd. La fina lluvia caía y había empapado los ropajes y un rayo cayó cerca iluminando la silueta del enano. Finthrod miró a su alrededor y vió como Lémoilas cortaba al último forajido. Vió como Partonio pateaba a Kenai. Vió como una gota de sangre descendía por el labio de Thendruid y esta parecía no darse cuenta, mientras Eliawain avanzaba hacia ella. El trueno consecuente al rayo sonó y Finthrod notó en su mano algo viscoso. Barro. Una leve sonrisa asomó en su rostro. 
─Por favor, no me hagas daño ─imploró a Edd─. Sólo seguía órdenes de Reshbak. 
Edd lo miró y vaciló un segundo. Fue lo suficiente como para que el tuerto le arrojara barro en los ojos y escapara huyendo. 

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