Capítulo 22

Temblores en la tierra



Dos caballos galopaban en una loca persecución por el medio del bosque. Sobre sus monturas, una pareja atípica las espoleaba para que fuesen más rápido.
─¿¡A dónde vamos!? ─gritó Lémoilas inclinado hacia delante para alcanzar una mayor velocidad─. ¡El plan era ir a Nasaud!
─¡Ha habido un cambio de planes! ─dijo Edd delante de él sin voltearse. 
─¡Te juro que como no sálgamos de esta, te mato! ─lo amenazó Lémoilas.
─¡Tranquilo, está controlado! ─hizo Edd en tono conciliador.
Lémoilas miró hacia atrás y entre el follaje logró divisar el enorme cuerpo de la criatura que los perseguía. El elfo volvió a mirar de frente y vió como a gran velocidad, una gruesa rama de árbol se le acercaba a la altura de la cabeza. Lémoilas reprimió un grito y se agachó justo a tiempo y la rama llegó, simplemente a tocar los cabellos del elfo. 
─¡Hostia! ─se dijo el elfo, asustado─. Eso ha estado cerca.

***

Eliawain avanzó por los salones de roca, con un fuego fátuo sobre su cabeza. Tenía que darse prisa y arreglarlo todo antes de que los otros llegaran. Detrás suyo, avanzaba Partonio a grandes zancadas mirando a su alrededor alucinado. 
─No sabía que esto estaba aquí ─susurró el ermitaño con la voz contenida por la emoción.
Entonces algo entró por la entrada que habían dejado abierta los dos hombres. Una nube de lo que parecían luciérnagas entró en la estáncia y cubrió toda la sala de un tono azulado que cautivó a los dos guerreros. 
«He traído a todos»dijo Zenne con seriedad «Somos doscientos trece y ayudaremos en lo que sea necesario.»
─No os esperabamos aquí ─balbuceó Partonio, sorprendido por la intrusión de aquellos seres que le consideraban su amigo. Estaba sentado en las escaleras que se internaban en la colina y a su lado reposaba, inconsciente, Kenai. 
─Vuestra ayuda es bienvenida ─sonrió Eliawain─. Necesitaremos toda la fuerza mágica posible.

***

Lémoilas espoleó a su caballo, pero la fátiga empezaba a hacer mella en el corcel y la saliva brotaba de su boca. No aguantaría mucho más y Lem lo sabía. El elfo miró hacia atrás. Al monstruo todavía le quedaba fuelle, por lo que parecía. Lémoilas volvió su atención hacia Edd, que cabalgaba en silencio. 
─¡Ya casi estamos! ─bramó el enano con decisión. 
─Un poco más ─le susurró Lémoilas a su rocín.
El elfo volvió a mirar al frente y se sorprendió al ver a Edd con una vara en su espalda. Acaso...
─¿¡Esa no es la vara de Partonio!? ─gritó el elfo desconcertado.
─¡Este no es buen momento! ─le gritó su amigo desde delante.

***

Partonio acabó por cumplir su cometido a la perfección. Se subió las gafas y miró las ruinas desde la colina. Entonces un par de siluetas entraron al galope por la ladera de la colina que le quedaba a la derecha. Una criatura de un tamaño colosal, más grande que ambos caballos juntos, los siguió, tumbando varios árboles. 
─¡Ya están aquí! ─gritó a través de la entrada a la cueva el ermitaño.
─Preparáos ─ordenó Eliawain desde las escaleras que daban a la abertura. A sus lados, los Hijos de la Luna apuntaron a su objetivo, y Eliawain levantó sus manos, apuntando al mismo─. ¡Recordad, cuando entren, abrid fuego! ¡Ni antes ni después!
Las hadas asintieron y tensaron más sus cuerpos. 

***

─¿¡Por qué hemos vuelto aquí!? ─gritó Lémoilas espoleando a su caballo.
─¡No hay tiempo! ─bramó Edd─ ¡Sólo sígueme!
Lémoilas miró hacia atrás. Sin el impedimento de los árboles, Thaus no tenía ningún obstáculo y se les estaba acercando peligrosamente. Sobre su lomo, Reshbak reía.
─¡Estáis perdidos! ─chilló con una carcajada.
─Maldición... ─gruñó Lem para sí. 
Edd condujo su caballo por una ámplia abertura que descendía con unas escaleras hacia las entrañas de la tierra. Lémoilas no vaciló y lo siguió. Los dos caballos descendieron las escaleras y Lémoilas se tuvo que agachar para no tropezar con la cabeza, ya que cabían justos. Sin embargo, Thaus entró rompiendo la roca y destrozando la entrada. Los dos jinetes avanzaron por la sala y, entonces un enorme haz de luz azulada impactó con un pilar. Edd desenvainó la vara y la agarró como si de una lanza para justas se tratáse. El enano gritó algo en su lengua y con un bramido, cargó contra la columna de mármol. La vara golpeó contra la piedra y con un destello se astilló en pedazos. Lémoilas, a unos diez metros de Edd, sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Su caballo, presa del agotamiento había empezado a descelerar y Thaus cada vez estaba más cerca. 
─¡Seguid disparando! ─ordenó Eliawain en la otra parte de la sala.
─¡Usa tu espada, Lem! ─gritó Edd, presa de la desesperación. 
Lémoilas, desconcertado, miró su espada y entonces lo vió todo claro. Con presteza, agarró la empuñadura de su espada y la desenvainó. La columna cada vez estaba más cerca. En ese momento, la hoja del arma, empezó a resplandecer con una luz azulada y en el otro lado de la sala, una gota de sangre empezó a gotear por la nariz de Eliawain. Con las dos manos, Lémoilas asió su acero y lo blandió hacia la columna. En un destello, acero y mármol impactaron y una gran muesca surgió en ambas, en la arma y en el pilar. 
Reshbak gritó algo y Thaus se detuvo en seco. Lémoilas y Edd hicieron lo mismo y Lémoilas giró su caballo hacia el forajido y su criatura. El corcel relinchó, complacido por el descanso. El rayo mágico cesó y tanto los Hijos, como Eliawain cayeron al suelo, agotados.
Entonces Reshbak vió la muesca y sonrió. 
─Vuestro plan no ha funcionado ─afrimó─. Es hora de que muráis.
Lémoilas palideció. Detrás suyo, oyó como Edd decía:
─No es posible...
Lem miró con una determinación terrible a su enemigo e hizo que su caballo andara hacia atrás un par de pasos mientras agarraba la espada con su mano izquierda.
Entonces, la brecha en la columna resplandeció, y todo el peso del tiempo se coló por la rendija mágica que habían abierto. Rápidamente, la columna fue deteriorándose, y lo que antes había sido un pilar, fue convirtiéndose poco a poco en una ruina de lo que fue. Partes de desmoronaron y la columna se hizo pedazos. En ese momento, la tierra tembló y casquetes empezaron a desplomarse del techo sobre Thaus y Reshbak, impactando en el monstruo. 
Edd galopó hacia la otra abertura y se volteó a ver el espectáculo. Entonces todo el temblor cesó y los casquetes dejaron de caer. El enano miró al techo y se temió lo peor, que nada hubiese funcionado y que todo hubiese fracasado, pero de pronto, todas las columnas empezaron a vencer hacia la que se había roto, provocando así, una reacción en cadena. 
El elfo miró hacia Eliawain Edd y los demás. Con un rápido vistazo, evaluó la situación y decidió su movimiento. Lémoilas se volvió hacia el monstruo y espoleó a su caballo, que sacó fuerzas de su flaqueza y galopó hacia él. El techo de roca empezó a desmoronarse sobre Thaus, Reshbak, Lémoilas y su rocín. Un casquete cayó unos metros delante de Lem y el équido, pero el elfo continuó cabalgando, sin miedo hacia el monstruo. 
─Lo siento, amigo ─le susurró al corcel.
─¡NO, MOI! ─gritó Eliawain. 
Edd miró a su capitán y sus ojos se ensancharon. Partonio sintió como su corazón se saltaba un latido. El caballo saltó el casquete y Lémoilas se puso de pie sobre la silla. Entonces, el elfo botó hacia Reshbak, directamente, en un salto espectacular. Agarró la espada con las dos manos y, mientras surcaba el aire, la colocó al lado de su rostro, apuntando al forajido, que había desenvainado la espada y se había puesto de pie. Lo último que vieron del elfo fue el choque aéreo contra el bandido. 
«¡Escudos!» ordenó la voz de Zenne, imperiosa, y todos los Hijos levantaron sus manos al cielo, creando una barrera que paró los primeros cascotes. «¡Mago, si no nos ayudas, nuestro escudo no aguantará!»
Eliawain levantó entonces su mano hacia el cielo y la barrera los protegió de las toneladas de roca que les cayeron encima.

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