Capítulo 24

Acerodulce



一¿¡Cómo puedes seguir vivo!? 一se preguntó el enfermero echándose las manos a la cabeza.
一Pues yo... 一empezó Lem.
一¡No hables! 一exclamó el curandero一 Será mejor que descanses unos días más...
一¡Ni hablar! 一respondió el elfo
一He dicho que...
一¡NO,NO Y NO!
一Pero...
一¡Me voy!
Lémoilas se levantó de la camilla y ante la atónita mirada del enfermero, empezó a ponerse la ropa. Llevaba todo el cuerpo vendado, desde la cabeza a los pies y, con cuidado, se vistó su camisa y su abrigo, ya que los pantalones los llevaba ya puestos. 
Salió de la residencia con paso decidido y se paró en la entrada del edificio. El sol naciente le acarició la piel y el elfo cerró los ojos mientras sonreía, con una expresión de sumo placer en su semblante. Su piel pálida se calentó bajo la luz que emitía el astro y Lémoilas gozó del momento durante unos instantes.  Aquellos dos días de inactividad que había pasado descansando le iban a pasar factura. Entonces oyó un sonido a su derecho e, intrigado, el elfo abrió los ojos para mirar hacia aquel lugar. 
Cristán estaba sentado sobre una valla cercana a las escaleras de la residencia. Tenía las lentes puestas y encendía el cigarrillo que tenía en la boca mediante una cerilla que acababa de prender. Sus ojos seguían el movimiento de la llama y, cuando el cigarrillo se hubo contagiado del fuego, agitó la cerilla hacia un lado para apagarla. Entonces el cocinero se quitó el cigarrillo de la boca y exhaló una bocanada de humo desde el fondo de sus pulmones. El humo se aglomeró a su alrededor como la niebla en las mañanas de invierno y Cristán se guardó la caja de cerillas en el bolsillo. Entonces, Lem vió que tenía el lateral cubierto por vendajes en el lugar donde le habían herido.
一¿Tú tampoco podías estarte quieto? 一sonrió Lémoilas.
一No me dejaban fumar 一hizo el semiorco encogiéndose de hombros. 
Lem rió y avanzó hacia él. 
一¿Dónde están los demás? 一inquirió el elfo. 
一Ni idea 一respondió el cocinero exhalando el humo一. No los he visto en todo el día.
El elfo movió la cabeza pesaroso. 
一Seguro que están en la taberna, de fiesta sin mí 一suspiró.
Cristán soltó una carcajada y se colocó de nuevo el cigarrillo en la boca. 
一No creo 一dijo con voz risueña一, nos habrían avisado. Mira, ahí vienen. 
一¡MOI! 一gritó Eliawain al otro lado de la plaza. A su lado, un hombre apoyado en un bastón andaba con paso decidido.一. ¿Ya te encuentras mejor?
一Bastante, bastante 一respondió el elfo y entonces se fijó en el acompañante de su amigo. 
Aquel hombre tenía la cabeza inclinada hacia delante de forma que el reflejo del sol sobre las lentes impedía ver hacia donde miraba. Tenía las mejillas pobladas por una espesa barba negra bien cuidada y sobre su cabeza un extraño sombrero de caña en forma de cono ancho y aplanado le cubría el cabello corto. No llevaba camisa y una cicatriz de una herida de lanza le cruzaba el pecho. Sus pantalones eran anchos y largos y su indumentaria acababa con unas sandalias de esparto. 
一¿Y tú quién eres? 一preguntó Lem, intrigado por la apariencia del sujeto.
一Me prometiste diábetes en palo 一gruñó aquel tipo.
Lémoilas se rascó la cabeza. ¿Diábetes en palo? ¿Dónde había oído aquello antes?
一¿Partonio? 一preguntó sin seguridad.
一El que viste y calza 一sonrió el ermitaño. 
一Bueno igual viste, pero ahora no ves 一dijo Eliawain一. Ya sabes, porque llevas gafas y eso...
一¡Maldición! 一exclamó Lémoilas一 ¡¡Que chiste más malo!!
一Oye, Eliawain 一dijo Cristán, volviéndose hacia ellos一. ¿Dónde está Edd?
一Se ha ido a reclamar la recompensa 一dijo Eliawain一. Mira, por ahí viene. 
En efecto, Édgamer bajaba por la calle, acompañado por Glaus. Edd llevaba una bolsa de cuero en el cinto y una sonrisa de oreja a oreja. Lem frunció el ceño. Había algo raro en él, pero no sabía el qué. Entonces lo vió. De su cuello colgaba una piedra de color violáceo con una runa dibujada sobre ella. 
一Traigo el dinero 一bramó Édgamer cuando llegó. 
一Que raro que no se lo haya gastado en drogas... 一dijo Eliawain. 
¿Qué dices, Eli? 一preguntó el enano y el mago pareció encogerse, tras el puño que Edd sostenía delante de su cara en actitud fúnebre. 
一Nada, nada 一sonrió el hechicero con un sudor frío cubriéndole la frente.
一Oye trae las monedas 一pidió Lémoilas que estaba literalmente tirado sobre la valla, con la palma de la mano hacia arriba como si pidiese limosna. 
一¿Cómo te voy a dar a ti el dinero? 一preguntó el enano一. ¡Eres capaz de gastartelo todo en chocolate!
一Habla el que se lo gasta en amuletos... 一murmuró Eliawain. 
一¿Cómo has dicho? 一preguntó Edd, tétrico y levantando el puño amenazando el golpe a Eliawain. 
一Nada, nada 一sonrió de nuevo el mago, acobardado.
一De todas formas esta ametista me protegerá de la magia negra 一dijo el enano con una sonrisa.  
一Oye pues dame a mí el dinero 一dijo Partonio. 
一¿A ti? 一dijo Édgamer一 ¡Tú eres capaz de vender hasta tu ropa por piruletas oymandarinas!
一Oye... 一susurró Glaus一... no tiene ropa casi...
一¡Pues eso! 一contestó el enano一 ¡Además no eres ni de la Compañía!
一Eso se arregla fácil... 一sonrió Lem. 
一¡NO! 一exclamó Edd mientras Glaus reía.
一¿Partonio, quieres unirte a mi compañía de mercenarios? 一preguntó Lem con una sonrisa.
一¿Me daréis diábetes en palo? 一dijo Partonio, escéptico.
一¿Qué clase de pregunta es esa? 一soltó Cristán. 
一¿Cristán, puedes hacerle piruletas? 一inquirió Lémoilas.
一Supongo...
一¡Entonces me uno! 一exclamó el ermitaño. 
一¿Y tú Glaus? 一preguntó Lem. 
一Lo siento 一dijo el explorador一. Yo no puedo. 
一¿Y eso? 一preguntó el elfo. 
一Este poblado necesita un alguacil y ahora solo quedo yo 一murmuró Glaus. 
一Vaya... 一susupiró Lem. 
一Tranquilo, no pasa nada 一sonrió Glaus.
Se hizo un silencio incómodo, ya que todos lamentaban tener que separarse de Glaus, que había demostrado ser un buen compañero.
一Por cierto, ¿como está Kenai? 一preguntó Partonio.
一Está en mi casa, cuidada por mi hermano, que es curandero  一respondió Glaus一. Si la llevaba al hospital, tendría que haberla detenido. 
一¿Y Zenne? 一inquirió Edd. 
一No lo he visto desde la batalla 一dijo Partonio一, pero los Hijos de la Luna me han dicho que está guardando el luto por su hermana. 
一Cambiando a temas más alegres 一dijo Cristán一, necesito comprar víveres. Dame el dinero, Edd. 
Edd se acarició la barba pensativo y miró a Cristán, que lo observaba desde detrás de sus lentes. 
一Está bien 一cedió el enano dándole la bolsa一. Aquí tienes.
Cristán cogió la bolsa y la sopesó sobre su mano. 
一¿Cuánto te ha costado esa piedra? 一preguntó el cocinero. 
一Treinta monedas de oro 一dijo Edd. 
一¿Cuánto le has dado, Glaus? 一quiso saber el semiorco arqueando una ceja.
一Lo acordado 一respondió el alguacil一 y dos veces un tercio más, es decir quinientas monedas de oro. 
一Aquí falta dinero 一dijo el cocinero. 
一Vale 一suspiró el enano一, me he gastado setenta y cinco, pero ahora no pueden hechizarme.
一¿¡Setenta y cinco monedas de oro!? 一exclamó Lémoilas, sorprendido.
一Y todo para que te timen... 一murmuró Eliawain. 
一¿Qué quieres decir? 一preguntó Edd.
一¡Que eso es falso! 一exclamó Eliawain一. Como mucho te protegerá del vudú, si crees en esas cosas. 
一Joder... 一rezongó el enano. 
一Bueno, entonces, si restamos la parte de víveres 一empezó Cristán一, el carro y lo dividimos entre tres... 
一Da ochenta 一dijo Edd.
一No, da setenta 一replicó Cristán一. Tienes deudas. 
一¡Mierda!
一¿Entonces, nos repartimos los setenta de cada uno? 一preguntó Partonio.
一Me parece bien 一respondió Lémoilas. 
一Lo que sobre lo devolvéis 一dijo Cristán
一Yo no necesito nada 一afirmó Eliawain一. Que la Compañía se quede lo mío. 
一Si te vas a quedar aquí, trae los caballos 一dijo Lem.
一¡Oye, los caballos! 一exclamó Edd一. ¿Por qué no vendemos los caballos de los bandidos y conseguimos dinero?
一Es una buena idea 一respondió Cristán. 
一Eliawain y yo iremos a venderlos 一afirmó Edd dándole una palmada al hombro de Eliawain mienttras emprendía el camino, con el hechicero detrás de él. 
Decidme, ¿qué queréis comprar? 一sonrió Glaus.
一Yo necesito la comida y el carro一suspiró Cristán. 
一Yo requiero de una espada 一sonrió Lem一. La mía está mellada. 
一A mí me hacen falta un par de libros 一afirmó risueño Partonio. 
一Vale, el mercado está allí y la librería allá 一dijo Glaus señalando una plaza y un edificio, respectivamente一. A la armería te acompañaré yo, Lem. 
一¡De acuerdo! 一sonrió el elfo一. Nos vemos en el hospital en una hora. 
一Vale 一dijeron al unísono el hombre y el semiorco y ambos se marcharon hacia sus respectivos objetivos.
Lémoilas sonrió y siguió a Glaus por la calle principal, hasta girar en una esquina, adentrándose en un pequeño callejón que daba a una avenida. Siguieron bajando por aquella calle hasta que llegaron a un edificio bajo de piedra, cosa extraña en aquella población. Su tejado de paja descendía a dos bandas sobre la casa y en el centro, una enorme chimenea de piedra sacaba humo sin parar. Ya desde fuera y con la puerta cerrada, Lem conseguía oír el sonido del martillo golpeando el yunque. Glaus abrió la puerta y el aire caliente de dentro salió por aquella obertura. Los dos guerreros entraron a la herrería con determinación y cerraron la puerta tras de sí. 
Nada más entrar, Lémoilas notó la altísima temperatura que había dentro del edificio. En el centro, un hombre con un delantal de cuero golpeaba el yunque con su martillo, forjando una hacha. La luz roja de las brasas iluminaba la sala y daba la impresión, con cada golpe, que toda la sala retumbaba. Bum. Bum. Bum. Los martillazos se sucedían con golpes sordos. Lémoilas se escurrió el sudor que le goteaba por la frente. Entonces el hombre se giró a mirarlos. Era enorme, de más de dos metros, con brazos como troncos y un pecho tan grande que Lémoilas dudaba de poder rodearlo con un abrazo. Sus ojos eran negros como el azabache y una barba mal recortada le cubría las mejillas. Detrás de sí, el largo cabello estaba recogido en un moño. Aquella luz le daba un aspecto sobrenatural, con los ojos brillantes como el hierro al rojo. El hombre se acercó a los dos guerreros y clavó sus dos pequeños ojos en ellos. 
一¿Qué es lo que deseáis? 一preguntó con voz ronca. Lémoilas sintió que se mareaba. 
一Quisieramos comprar 一dijo Glaus. 
一Está bien 一dijo el herrero y miró al elfo一. Salgamos fuera que tu amigo se va a desplomar en cualquier instante. 
Con esfuerzo, Lémoilas articuló la palabra gracias y salió del establecimiento, seguido de los otros dos hombres. Fuera, el herrero continuaba siendo tan amenazador como dentro, sin embargo había perdido aquel brillo rojizo en la mirada
一Y bien, ¿qué necesitáis? 一preguntó.
一Una espada 一respondió Glaus. 
El herrero hizo una mueca que Lémoilas interpretó como una sonrisa y clavó sus ojillos sobre el elfo. 
一Tengo muchos tipos de espadas 一rió一. Necesitaréis ser más específicos.
Entonces Lémoilas avanzó un paso. 
一Enséñame todas las que tengas 一dijo, decidido.
一Como quieras 一respondió el hombre, y se internó de nuevo en el calor de su tienda. 
Poco después salió, cargado con varias armas de tamaños diversos y hojas diferentes y las depositó al lado de Lem.
一Haz tu elección 一sonrió el hombre. 
Lem empezó a mirar entre aquellas armas y fue deshechando aquellas que no le gustaban. Hoja curva, no. Mango demasiado corto. Muy pesada. Está es demasiado fina, se romperá en seguida. Este acero está mal forjado. Demasiado corta. De vez en cuando, el elfo agarrraba una y la empuñaba ante él con una mano, para probarla, pero en seguida la deshechaba. Pasaron cinco minutos, diez, quince. Lémoilas seguía sin encontrar una buena espada. El montón de deshechadas cada vez era más grande y conforme augmentaba, mayor era la impaciencia de Glaus. Sin embargo este permaneció callado. 
Entonces Lem la vió. Con la mano izquierda apartó las escasas hojas que quedaban y con la diestra agarró por la empuñadura aquella espada. Lentamente, el elfo levantó el arma y la blandió en el aire. 
Cerró los ojos y sonrió, con el flequillo cayendole sobre la frente. 
一Acero ligero 一dijo y la hoja cortó el aire con un sonoro zumbido一 de no más de tres pulgadas de anchura. En su parte mas gruesa tiene media pulgada一Lémoilas giró el arma entorno a su cuerpo y la hoja alcanzó tal velocidad que Glaus a penas alcanzaba a verla, hasta que Lem paró de mover la hoja一. Hoja recta de seis palmos de largária forjada seis veces 一el elfo asió el arma con las dos manos y se mantuvo en posición de batalla. Entonces se movió con precisión ejecutando una serie de ataques de una velocidad y precisión increíble一. El mango, forrado de cuero es antideslizante y flexible, de talla y media, con capacidad de usarse con una mano o ambas 一Lémoilas levantó el arma y la clavó por la punta en el suelo一. ¿Me he equivocado en algo?
一En absoluto 一negó el herrero con una sonrisa一. Tienes buen ojo para las espadas. 
一Es el acero más dulce que he tocado jamás 一dijo Lem, admirado一. Aunque quizás peca de su estabilidad en el mango...
一Es mi obra maestra 一lo cortó el herrero一. Así que ya sabes que te costará caro. 
一¿Cuánto pides por ella?
一Trescientas monedas 一dijo el forjador. 
一No tengo tanto oro 一suspiró el elfo一. Tan solo setenta monedas.
一Pues si no pagas no hay trato 一gruñó el hombre. 
一Yo lo pagaré 一intercedió Glaus. 
一No puedo permitirte... 一empezó Lémoilas. 
一Calla 一lo interrumpió el alguacil一. Te debemos la vida así que no te preocupes. Además es el acero más dulce que has tocado jamás y no voy a permitir que se lo quede otro. 
El rastreador avanzó unos pasos y sacó su monedero, pagando así al herrero. 
一Gracias 一murmuró Lémoilas. 
一Deberíamos volver ahora 一dijo Glaus mientras se guardaba el dinero. 
一Sí 一afirmó el elfo y cogió aquella espada formidable. 
Tardaron menos en regresar que lo que habían tardado en llegar a la armería y allí estaban Cristán, Partonio, Eliawain y Edd, esperando y con los caballos preparados para partir. 
一¿Y el carro? 一preguntó Lem.
一No he encontrado ningún carro en venta 一rezongó Cristán一. Tendremos que conformarnos con lo que tenemos. 
Lémoilas subió a su caballo blanco y se colocó en una posición cómoda.
一¿Cuanto ha sobrado? 一quiso saber.
一Ciento tres monedas 一le informó el cocinero一 y por los caballos han conseguido doscientas cincuenta monedas. 
一Pasame el dinero 一dijo Lem. 
一¿Para qué? 一preguntó Cristán. 
一Confía en mí 一dijo el elfo con su típica sonrisa. 
La bolsa de monedas surcó el aire y aterrizó en la mano de Lem, que extrajo unas cuantas y las depositó en otra. Entonces, volvió a volar, y esta vez aterrizó en la mano de un Glaus sorprendido. 
一Ahí tienes, mis deudas 一dijo el elfo. 
一Pero yo no puedo aceptar esto...
Súbitamente una figura apareció por la puerta del hospital. Salió hecha una fúria, con los cabellos alborotados y soltando blasfemias. La cirujana se acercó a la Compañía entre aspavientos y maldiciones. 
一¿Qué hacéis levantados? 一gritó一 ¡Volved inmediamente a la cama!
Un montón de niños y niñas, atraídos por el alboroto, se acercaron a ver qué ocurría. Entonces Lem sonrió y miró a sus compañeros.
一Es hora de largarse 一dijo solamente. 
El caballo del elfo salió galopando de Nasaud en dirección al norte, seguido por un caballo marrón montado por un enano, un corcel gris dirigido por un mago, un rocín de manchas blancas sobre un tono pardo cuyo jinete era un ermitaño y un caballo rojizo montado por un semiorco. 
一¡Adiós, Acerodulce! 一gritó Glaus. 
一¿Acerodulce? 一preguntó un niño.
一Sí 一asintió el alguacil一. Dejad que os cuente una historia...

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