Capítulo 3

Un semiorco simpático



─Este... ─empezó Eliawain─ Lem, ¿sabes cuántos son, verdad?
Como respuesta, Lémoilas balanceó su espada sobre su mano y sonrió.
─Capitán, esto está mal ─dijo un semiorco que llevaba un cinturón lleno de pequeños cuchillos arrojadizos. Tenía lentes y el pelo no era tan largo en él, le llegaba a los hombros. Llevaba un peto de cuero y un pantalón de tela negra.
─Cállate Cristán ─le respondió el orco jefe─. Si estás aquí sólo es porque tu madre es mi hermana. En realidad no eres más que basura semihumana.
El semiorco reculó un paso, visiblemente cohibido. 
─¡No lo trates así! ─gritó Lémoilas─ ¡No porque sea un mestizo es muy distinto de ti o de mí!
─No te metas, elfo ─dijo el orco jefe─ y dános tu oro.
─Esto está mal ─volvió a decir Cristán, alentado porque Lem lo defendiese.
─Cállate ahora escoria ─respoló el orco desenvainando su cimitarra y colocándola en el cuello del semiorco─. Podría destriparte aquí mismo, ¿sabes? ¡Así que cállate!
El orco mantuvo el filo de su arma en el cuello de Cristán, que era bastante más alto que él y sonrió al ver que no respondía. Se giró y volvió hacia Lem.
─Esto está mal ─volvió a decir Cristán, muy sereno y con los ojos cerrados.
El orco apretó la mandíbula, airado y se volvió bruscamente, tratando de decapitar al semiorco de un solo golpe de cimitarra, pero este lo esperaba y se agachó haciendo una voltereta hacia delante y colocándose al lado de Lem. Se giró, arrodillado y agarró uno de sus cuchillos como si lo fuese a lanzar.
─¿¡Te atreves a desafiarme, basura!? ─bramó el orco jefe.
─Sólo digo que está mal ─dijo con sencillez Cristán.
─¡Matadlos! ─gritó el orco airado─ ¡Matadlos a todos!
Los orcos avanzaron hacia los cuatro con las armas desenfundadas y sonriendo. Lem agarró su katana con las dos manos y el pelo le cayó sobre los ojos. Eliawain, que ya se había levantado, se quitó el sombrero y abrió las palmas de las manos, que resplandecieron. Cristán cogió otro de sus cuchillos.
Los orcos se abalanzaron sobre los cuatro miembros de la Compañía. Un cuchillo atravesó el cuerpo del primer orco que corrió hacia ellos. Lem esquivó un ataque de la cimitarra de un bandido agachándose y cortó en el pecho a tres enemigos a medida que avanzaba. Eliawain levantó una mano hasta la altura de su boca y puso la palma hacia arriba. Sopló a la palma y, a medida que soplaba, el aire al llegar a la palma se convertía en fuego, un fuego que prendió a los seis orcos que tenía delante.



─Me gusta quemar cosas... ─dijo el hechicero sonriendo pérfidamente.
Un orco levantó la cimitarra para matar a Edd, que seguía roncando, pero cuando el filo del arma bajó, sólo encontró el suelo. Edd se había movido por casualidad y había esquivado el golpe. El orco volvió a levantar su espada pero un cuchillo le atravesó el corazón y cayó muerto.
Lem agarró su katana y  empezó a dar vueltas sobre sí mismo, a gran velocidad, cortando a cinco orcos que tenían alrededor y provocando un remolino cortante.



─Tu técnica es muy útil ─sonrió Eliawain.
─La llamo el Torbellino Sangriento ─dijo Lem devolviéndole la sonrisa. 
El orco jefe miró a su alrededor. Sus hombres estaban siendo derrotados. Así que resopló y empezó a huir de aquel lugar.
Lem clavó la espada en el vientre del último orco y se apartó el pelo de la frente. Agotado, se sentó en un tronco y limpió su espada con un trapo. Edd se despertó en ese momento. Miró al semiorco, que estaba recogiendo sus cuchillos de los cuerpos de los orcos.
─¿Quién es ese? ─preguntó con voz soñolienta.
─Mi nombre es Cristán ─dijo el aludido mientras se sentaba y guardaba los cuchillos en su cinturón.
─¿Qué me he perdido? ─preguntó Edd y como respuesta Eliawain rió.
─Yo soy Eliawain por cierto ─dijo el mago poniéndose su sombrero─ y ellos son Moi y Edd.
─El destroza-cráneos ─dijo Édgamer enfurruñado mientras se levantaba.
─Si, eso ─dijo Eliawain sonriendo.
─Escucha, eres bueno con esos cuchillos ─constató Lem envainando su katana mientras miraba al semiorco─. ¿Quieres unirte a mi Compañía?
─¿Qué compañía? ─preguntó Cristán mientras guardaba el último de sus cuchillos en su espalda.
─¡La nuestra, claro! ─dijo Lem.
─Espera, espera ─dijo Edd sentándose más cerca del fuego─. No podemos dejar que se una así como así.
─¿Por qué no? ─preguntó Lem.
─¿Por que no sabemos nada de él! ─dijo Eliawain.
─Oye ─dijo Edd─, tú tampoco eres el más indicado para hablar, que te conocemos desde esta mañana.
Eliawain rió incómodo y Cristán soltó una sonora carcajada.
─Al menos déjame invitarle a un poco de comida ─dijo Lem.
─Está bien ─suspiró Edd.
─Toma ─le dijo Lem a Cristán entregándole un trozo de pan.
─Por favor ─dijo el semiorco─, dejad que os prepare alguna comida decente.
Cristán sacó una cazuela de su zurrón y un conejo preparado, que comenzó a cocinar.




─Sabe cocinar ─dijo Lem, al que le brillaban los ojos─. Por favor, nos lo podemos quedar.
─Creo que no es como un perro ─rió Eliawain.
─La verdad es que nos hace falta un cocinero... ─reflexionó Edd.
─Porfi ─suplicó Lem de rodillas.
─Está bien ─cedió Edd.
─Oye Cristán ─sonrió Lem─ ¿quieres unirte a nuestra Compañía?
─¿Para qué es esta compañía? ─preguntó Cristán devolviéndole la sonrisa.
─Para conseguir el Tesoro del Dragón.
─¿El tesoro de Sladius? ─inquirió mientras soplaba sobre una cuchara para probar el caldo.
─Exacto ─respondió Lem─. Voy a matarlo.
─Parece interesante ─dijo Cristán mientras removía el cazo─ pero debo rehusar. 
─¿Qué? ─preguntó Lem─ ¿Por qué? 
─Ese tío de antes, es el jefe de mi pueblo ─suspiró Cristán─ y tiraniza a toda mi aldea. Si no lo derroto, matará a mi madre y a todos los que quiero de la aldea.
─Vaya... ─dijo Edd.
─En ese caso te ayudaremos ─resolvió Lem.
─¿Haríais eso por mí? ─se sorprendió el semiorco dejando de lado el cocido.
─Pues claro ─respondió Lem con un ancha sonrisa en un tono que daba a entender que lo que decía era una cosa muy obvia─. ¡Dentro de poco seremos compañeros!

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