Thaus
Las dos espadas chocaron y echaron chispas. Lémoilas se agachó y esquivó el golpe con el borde del escudo de Reshbak. Con un diestro movimiento, trató de cortar el vientre del forajido, pero la madera del escudo se interpuso y el enemigo detuvo el golpe. La espada de Reshbak silbó en el aire y Lémoilas se hizo a un lado. La hoja cortó un mechón rubio, que cayó al suelo y Lémoilas trató de agacharse para cortar al forajido en sus piernas, pero el accero volvió a toparse con el escudo. El bandolero trató una vez más de alcanzar al elfo, pero este se hizo a un lado y retrocedió unos pasos respirando hondo. Reshbak sonrió e interpuso el escudo entre él y Lémoilas mientras que avanzaba blandiendo su espada. Lem adivinó lo que trataba su enemigo y aferró con fuerza su espada mientras retrocedía lentamente. Debía romper la defensa de su enemigo o no lograría vencerlo.
Edd paró la embestida de su enemigo cruzando sus nudillos y, con fuerza, lo repelió. Édgamer se puso en guárdia y miró a su enemigo.
─¿Sabes una cosa? ─sonrió─. Antes me he dado cuenta de un fallo en tu defensa.
─¿Crees que voy a caer en un truco tan simple, enano? ─respondió el tuerto─. No hay fallos en mi defensa, es un farol.
Edd sonrió y levantó los puños.
─Ya veremos.
De dos zancadas se situó delante de Finthrod y descargó su puño derecho sobre el cuerpo de su enemigo. Sin embargo, el tuerto se hizo a un lado y blandió su hacha sobre su cabeza. Edd sonrió y se giró hacia Finthrod, con el puño izquierdo apuntando a la hoja del arma. Pero no golpeó ahi, sinó que sus nudillos se clavaron en el mango del hacha deteniendo el ataque. Entonces Edd avanzó un pasó y buscó con su puño derecho las costillas de Finthrod que saltó hacia atrás a la vez que soltaba su hacha.
Édgamer estiró la espalda, irguiéndose y miró a su enemigo mientras desclavaba sus nudillos del mango del hacha.
─Estás desarmado ─constató mientras arrojaba el hacha hacia el bosque con una sonrisa─. Ríndete.
─Tenías razón ─dijo el tuerto─. Tenía un fallo de defensa, pero ahora ya no lo tendré.
El tuerto sacó dos flechas de su carcaj y las rompió dejando solo un trozo del hasta y la punta. Entonces cogió una con cada mano de forma que solo la punta sobresalía por entre los nudillos de los dedos anular y corazón. El tuerto levantó los puños y sonrió.
─Siempre he sido bueno aprendiendo nuevas formas de pelear ─sus manos cerradas entorno a las flechas estaban tan arriba que Edd solo alcanzaba a ver sus ojos─. Veamos quién es mejor con los puños.
Zenne avanzó volando entre las dos parejas de combatientes. Vió a su hermana alojada en aquel farol y aprovechó el momento de pelea para acercarse a ella y tratar de liberarla. Sus alas transparentes vibraron en el aire y Zenne cayó en picado esquivando un hacha que voló adentrándose en el bosque. Con destreza, cerró completamente las alas y sobrepasó un estrecho entre dos rocas.
Aterrizó al lado del farol y golpeó el cristal con sus manos con vehemencia. Su hermana, dentro, estaba pálida como una muerta, recostada en el suelo y inconsciente por lo que parecía. Su bella luz de color azul, brillaba levemente y parpadeaba de seguido.
Zenne trepó por el cristal del farol como si de un insecto se tratase, tocando todas las partes del cristal, buscando cualquier fisura desde la cual resquebrajar el cristal que encerraba a Jákiia. Sin embargo esa grieta no existía y, desesperado, Zenne golpeó con los puños el cristal. Entonces, Jákiia despertó. Sus párpados se abrieron y mostraron unos ojos vidriosos por las lágrimas, unos ojos que reflejaban como la llama que alimentaba la vida del hada se estaba extinguiendo. La hada levantó un brazo pesadamente y lo extendió hacia Zenne mientras sonreía y pareció que lo acariciase en la distancia, justo antes de que cayese como un peso muerto sobre el suelo y cerrase los ojos a la vez que la luz se apagaba. Zenne miró a su hermana mientras dos lágrimas perlinas corrían por sus mejillas. El hijo de la Luna hizo un chillido tan agudo que ningun guerrero se percató de él a causa de su frecuencia de sonido. Zenne pateó el vidrio sin ningún resultado y cayó de espaldas. Entonces se levantó y vió a su lado una pequeña piedra puntiaguda. No dudó un instante y la asió como si de un ariete se tratase y, emprendió el vuelo hasta chocar contra el cristal. La punta de la piedra no hizo mella alguna en la pared de cristal del farol pero el pequeño artefacto se tambaleó hacia el lado opuesto y Zenne vió en ello su oportunidad. Con fuerza, el hijo de la Luna empujó el farol. Notaba como sus músculos le ardían, como la sangre corría por sus sienes. Su cerebro quería dejar de empujar aquel artefacto pero su corazón se resistía a ello. Entonces oyó una vocecita en su cabeza que le decía «Seguramente esté muerta, déjalo». Zenne se deshizo de aquellos pensamientos y empujó con todas sus fuerzas mientras dejaba escapar un alarido de ultrasonido.
El farol finalmente cedió y cayó hacia un lado, rompiendo el cristal y desparramándose su contenido. En medio de todos los cristales del lateral del farol, Jákiia estaba tumbada, con las manos extendidas al lado de sus caderas y los ojos cerrados. Pareciese que dormía. A sus lados multitud de pequeños fragmentos de cristal se agrupaban en un lecho de algo semejante al hielo.
Zenne se arrodilló y levantó a su hermana mientras sollozaba y lanzó un grito al aire mientras multitud de gotas saladas se derramaban por sus mejillas.
Zenne trepó por el cristal del farol como si de un insecto se tratase, tocando todas las partes del cristal, buscando cualquier fisura desde la cual resquebrajar el cristal que encerraba a Jákiia. Sin embargo esa grieta no existía y, desesperado, Zenne golpeó con los puños el cristal. Entonces, Jákiia despertó. Sus párpados se abrieron y mostraron unos ojos vidriosos por las lágrimas, unos ojos que reflejaban como la llama que alimentaba la vida del hada se estaba extinguiendo. La hada levantó un brazo pesadamente y lo extendió hacia Zenne mientras sonreía y pareció que lo acariciase en la distancia, justo antes de que cayese como un peso muerto sobre el suelo y cerrase los ojos a la vez que la luz se apagaba. Zenne miró a su hermana mientras dos lágrimas perlinas corrían por sus mejillas. El hijo de la Luna hizo un chillido tan agudo que ningun guerrero se percató de él a causa de su frecuencia de sonido. Zenne pateó el vidrio sin ningún resultado y cayó de espaldas. Entonces se levantó y vió a su lado una pequeña piedra puntiaguda. No dudó un instante y la asió como si de un ariete se tratase y, emprendió el vuelo hasta chocar contra el cristal. La punta de la piedra no hizo mella alguna en la pared de cristal del farol pero el pequeño artefacto se tambaleó hacia el lado opuesto y Zenne vió en ello su oportunidad. Con fuerza, el hijo de la Luna empujó el farol. Notaba como sus músculos le ardían, como la sangre corría por sus sienes. Su cerebro quería dejar de empujar aquel artefacto pero su corazón se resistía a ello. Entonces oyó una vocecita en su cabeza que le decía «Seguramente esté muerta, déjalo». Zenne se deshizo de aquellos pensamientos y empujó con todas sus fuerzas mientras dejaba escapar un alarido de ultrasonido.
El farol finalmente cedió y cayó hacia un lado, rompiendo el cristal y desparramándose su contenido. En medio de todos los cristales del lateral del farol, Jákiia estaba tumbada, con las manos extendidas al lado de sus caderas y los ojos cerrados. Pareciese que dormía. A sus lados multitud de pequeños fragmentos de cristal se agrupaban en un lecho de algo semejante al hielo.
Zenne se arrodilló y levantó a su hermana mientras sollozaba y lanzó un grito al aire mientras multitud de gotas saladas se derramaban por sus mejillas.
De un salto, Lémoilas se acercó a la enorme roca y, con la agilidad de un mono, trepó por su superfície. Reshbak insultó a Lem en una lengua desconocida para él pero el elfo le hizo caso omiso y continuó trepando. La roca era bastante alta. Incluso en la zona más baja, por la que Lem había trepado, la roca medía dos metros de alto. El elfo sopesó a su enemigo con la mirada y aferró con fuerza la empuñadura de su espada. Debía romper la defensa del bandido o no lograría hacerle nada. Cerró la mano izquierda también sobre la espada y se acercó un paso al lateral de la roca. El pie de Lem provocó que unos pequeños fragmentos de grava se desprendieran por el costado de la roca. Bajo, Resbak golpeaba su escudo y llamaba cobarde a Lémoilas. El elfo colocó la empuñadura de su espada, agarrada con las dos manos, en el lateral de su cabeza, apuntando al frente y miró al horizonte. Respiró profundamente y cerró los ojos. Se concentró hasta que solo oyó su respiración. Su espíritu estaba entonces en calma. Lem sabía que si erraba ahora en su ataque, Reshbak lo mataría sin dudar. No debía errar, entonces. Lémoilas sonrió con ese pensamiento y abrió los ojos. Su semblante se volvió oscuro y entonces saltó.
Blandió su espada sobre la cabeza, con un grito de guerra que más bien sonó como un rugido y la espada silbó en el aire. Y las hadas que estaban escondidas en las inmediaciones del claro miraron con asombro como el elfo se arrojaba sobre el forajido sin temor alguno, con un brillo de resolución en su mirada que hizo que Reshbak sintiera por un momento que quizás no era el elegido. Sus dientes centelleantes ya no eran una sonrisa, sinó que se había abierto en una expresión colérica y su ceño estaba fruncido, de forma que sus rubias cejas cubrían la parte superior de sus ojos de forma que su cara se había tornado en una mueca de fúria.
Reshbak sintió un nudo en la garganta cuando vió el brillo del acero volar hacia él e, instintivamente, levantó el escudo para protegerse. El aire vibró entorno a la espada y un quejido brotó del escudo cuando su filo chocó contra la protección de madera. Reshbak reculó a causa del impacto y trató de contratacar pero Lem había cargado otro golpe que dirigió a la cabeza del forajido. El bandido interpuso el escudo y retrocedió otro paso, tratando de equilibrar la balanza, pero Lémoilas no iba a darle aquella oportunidad. Otro golpe en el escudo y Reshbak hizo un paso atrás con una mueca de dolor en la cara. Lémoilas descargó otro mandoble contra la infranqueable defensa de Reshbak y una larga grieta apareció en la superfície de madera. Reshbak trató de atacarle, pero el elfo fue más rápido y descargó una poderosa estocada, que se clavó, por suerte o por habilidad, en la brecha del escudo. Los ojos del forajido se abrieron cuando vió la punta de la espada de Lem unos centímetros por arriba del asidero por el cual sujetaba la protección. Lem sacó la espada con fuerza y la brecha del escudo se ensanchó, partiéndolo por la mitad entre una nube de astillas.
─Joder... ─se quejó el forajido arrojando la ahora inútil pieza de madera a un lado.
─Reshbak, ríndete y te prometo que recibirás un trato honorable ─dijo Lem con el ceño fruncido y la punta de la espada apoyada a un lado.
─¿Crees que me voy a rendir tan cerca de mi objetivo? ─se burló el forajido mientras se colocaba en guardia.
─Así sea, pues ─suspiró Lem montando su guardia, claramente ofensiva.
Edd se inclinó a un lado y esquivó un directo que Finthrod mandaba en dirección a su rostro. Se inclinó al otro lado y esquivó otro puñetazo. Entonces se echó hacia adelante, esquivando un golpe lateral y se arrojó al suelo, alejándose de su enemigo. Finthrod se volteó y levantó los puños. Edd, en cambio, cuando se levantó, mantuvo la guardia sin levantar los puños. Finthrod se abalanzó sobre Edd, tratando de matarlo con un golpe oblícuo hacia su rostro, pero Edd lo esperaba y lo paró, provocando la guárdia baja de su enemigo. Entonces, descargó una salva de puñetazos contra el pecho del forajido protegido con un peto de cuero que se resintió. Finthrod retrocedió bajo los golpes a la vez que soltaba sus dos flechas, aturdido sin lograr zafarse de los ataques de su enemigo.
En ese momento, el enano trató de finalizar con un gancho la cabeza de Finthrod, pero este se inclinó hacia atrás y desvió el ataque, de manera muy similar a como lo había hecho antes Edd, para después empujarlo y provocar que Edd se tambalease unos metros atrás. Para cuando logró recuperar el equilibrio, Finthrod ya tenía otras dos flechas armadas y movía los puños frente a su rostro.
Edd sonrió, los músculos en su espalda se tensaron, pareció que crecía en tamaño y sus ojos negros brillaron peligrosamente. El enano levantó sus puños hasta su cintura y arqueó una ceja. Finthrod lo miró y frunció el ceño. Entonces saltó sobre el enano. Sin embargo Edd se desplazó a un lado y le dió una patada en las costillas. Su enemigo se giró y trató de golpearle, pero Édgamer se agachó y pasó por bajo de su brazo atacante, a la vez que propinaba un potente puñetazo en el abdomen de su enemigo. Finthrod se dobló de dolor y escupió saliva, aunque las puntas no habían traspasado el jubón.
─Vamos ─dijo Edd─, ¿si te quito tus trucos sucios ya pierdes?
Finthrod descargó dos puñetazos hacia Edd, que, sorprendido, desvió uno. El otro directo impactó en su hombro y la punta de la flecha se clavó profundo. Edd bramó, airado y Finthrod sintió como un golpe demoledor impactaba en su abdomen. Finthrod retrocedió pero Édgamer, furioso por el dolor, no le dejó escapar. Con una patada en la pierna del forajido, desbarató la defensa de su enemigo y golpeó con los dedos el cuello de Finthrod, que tosió. Luego, el enano agarró la cabeza y atrajo la cara de Finthrod hacia los dedos doblados de su mano derecha. Impactaron una, dos, tres veces. Edd soltó a su enemigo y Finthrod, aturdido, se tambaleó tratando de huir. Édgamer no lo dejaría escapar una segunda vez, así que golpeó las orejas de Finthrod con las palmas de las manos abiertas, dejando al bandido de pie, con la cara ensangrentada y prácticamente inconsciente. Entonces el enano lo agarró del cuello y dobló su pierna tras las dos del forajido, de forma que cuando empujó el bandido cayó de espaldas, golpeándose la cabeza. Edd continuó con el cuello de Finthrod agarrado y sin dejarle escapar, apuntando con los nudillos armados al bandido.
─Por favor, no me mates ─dijo el bandido con la nariz rota y la boca sanguinolienta por los duros golpes del enano.
─Oye, Lem ─gruñó el enano sin perder la posición─, ¿me lo cargo o no?
Lémoilas esquivó el acero de Reshbak y paró otro golpe, a la vez que retrocedía dos pasos. Se inclinó hacia delante y atacó con una estocada.
─No lo mates ─dijo esquivando un nuevo ataque del líder bandolero─. Se merece un juicio justo.
─Has tenido suerte, bellaco ─dijo Edd mientras levantaba la cabeza del forajido.
Finthrod sonrió con los dientes manchados de sangre pero su sonrisa se congeló cuando vió la mueca que Edd hizo frente a él. El enano golpeó con la cabeza la de Finthrod y lo dejó sin sentido.
─Lem, me ocupo de la runa ─gritó corriendo hacia la roca.
Pero Lem estaba demasiado distraído para atender a su compañero. Se agachó y esquivó un nuevo ataque, a la vez que se arrojaba y rodaba por el suelo. De rodillas, evantó la espada justo a tiempo para parar el filo del mandoble de Finthrod. La hoja brilló un instante antes de que Lem la repeliera y atacase a la vez que se ponía de pie. Con maestría, desvió un nuevo ataque y con dos cortes precisos provocó que su enemigo retrocediera tres pasos. Agarró la empuñadura de su arma con las dos manos y avanzó un paso arrojando un tajo devastador, que se resintió en la espada de doble filo de su enemigo.
Durante unos instantes, forcejearon, tratando de hacer retroceder al otro, respectivamente y la resolución del elfo brilló en los ojos llenos de odio del hombre. Pero entonces la tierra se estremeció y los dos se separaron.
Los cuatro árboles de alrededor de la roca se vinclaron hacia los lados, al mismo tiempo que la roca que componía el lomo de la criatura, se erguía. Emergió una gran cabeza, con cuernos largos y retorcidos en la frente y unas poderosas fauces en el hocico, tan inmensas, que podían tragarse un caballo y su jinete de un bocado. En el morro de la criatura, otro pequeño cuerno asomaba, mucho mas peqeño pero increíblemente letal. Al final del lomo, una pequeña raíz, como cola, acababa al monstruo. Entonces los cuatro que quedaban en el claro, vieron que lo que pensaban que eran árboles centenarios, en realidad eran las patas del ser.
Entonces la criatura rugió con el sonido más espeluznante que Lem hubiese oído jamás, un grito aterrador, que helaba la sangre, como si cincuenta leones hubiesen bramado a la vez.
Edd retrocedió, cohibido, hacia el lado de Lémoilas, que observaba fascinado a la criatura. Zenne cogió a suu hermana en brazos y retrocedió hacia la posición del elfo y el enano.
─Lo siento, traté de evitarlo ─dijo el enano con los ojos atenazados por el miedo─ pero no logré...
─Tranquilo, saldremos de esta ─sonrió el elfo y Edd supo que realmente lo creía, porque sus ojos relucían con aquel fuego de determinación y en los labios del elfo se desdibujaba una sonrisa optimista.
Blandió su espada sobre la cabeza, con un grito de guerra que más bien sonó como un rugido y la espada silbó en el aire. Y las hadas que estaban escondidas en las inmediaciones del claro miraron con asombro como el elfo se arrojaba sobre el forajido sin temor alguno, con un brillo de resolución en su mirada que hizo que Reshbak sintiera por un momento que quizás no era el elegido. Sus dientes centelleantes ya no eran una sonrisa, sinó que se había abierto en una expresión colérica y su ceño estaba fruncido, de forma que sus rubias cejas cubrían la parte superior de sus ojos de forma que su cara se había tornado en una mueca de fúria.
Reshbak sintió un nudo en la garganta cuando vió el brillo del acero volar hacia él e, instintivamente, levantó el escudo para protegerse. El aire vibró entorno a la espada y un quejido brotó del escudo cuando su filo chocó contra la protección de madera. Reshbak reculó a causa del impacto y trató de contratacar pero Lem había cargado otro golpe que dirigió a la cabeza del forajido. El bandido interpuso el escudo y retrocedió otro paso, tratando de equilibrar la balanza, pero Lémoilas no iba a darle aquella oportunidad. Otro golpe en el escudo y Reshbak hizo un paso atrás con una mueca de dolor en la cara. Lémoilas descargó otro mandoble contra la infranqueable defensa de Reshbak y una larga grieta apareció en la superfície de madera. Reshbak trató de atacarle, pero el elfo fue más rápido y descargó una poderosa estocada, que se clavó, por suerte o por habilidad, en la brecha del escudo. Los ojos del forajido se abrieron cuando vió la punta de la espada de Lem unos centímetros por arriba del asidero por el cual sujetaba la protección. Lem sacó la espada con fuerza y la brecha del escudo se ensanchó, partiéndolo por la mitad entre una nube de astillas.
─Joder... ─se quejó el forajido arrojando la ahora inútil pieza de madera a un lado.
─Reshbak, ríndete y te prometo que recibirás un trato honorable ─dijo Lem con el ceño fruncido y la punta de la espada apoyada a un lado.
─¿Crees que me voy a rendir tan cerca de mi objetivo? ─se burló el forajido mientras se colocaba en guardia.
─Así sea, pues ─suspiró Lem montando su guardia, claramente ofensiva.
Edd se inclinó a un lado y esquivó un directo que Finthrod mandaba en dirección a su rostro. Se inclinó al otro lado y esquivó otro puñetazo. Entonces se echó hacia adelante, esquivando un golpe lateral y se arrojó al suelo, alejándose de su enemigo. Finthrod se volteó y levantó los puños. Edd, en cambio, cuando se levantó, mantuvo la guardia sin levantar los puños. Finthrod se abalanzó sobre Edd, tratando de matarlo con un golpe oblícuo hacia su rostro, pero Edd lo esperaba y lo paró, provocando la guárdia baja de su enemigo. Entonces, descargó una salva de puñetazos contra el pecho del forajido protegido con un peto de cuero que se resintió. Finthrod retrocedió bajo los golpes a la vez que soltaba sus dos flechas, aturdido sin lograr zafarse de los ataques de su enemigo.
En ese momento, el enano trató de finalizar con un gancho la cabeza de Finthrod, pero este se inclinó hacia atrás y desvió el ataque, de manera muy similar a como lo había hecho antes Edd, para después empujarlo y provocar que Edd se tambalease unos metros atrás. Para cuando logró recuperar el equilibrio, Finthrod ya tenía otras dos flechas armadas y movía los puños frente a su rostro.
Edd sonrió, los músculos en su espalda se tensaron, pareció que crecía en tamaño y sus ojos negros brillaron peligrosamente. El enano levantó sus puños hasta su cintura y arqueó una ceja. Finthrod lo miró y frunció el ceño. Entonces saltó sobre el enano. Sin embargo Edd se desplazó a un lado y le dió una patada en las costillas. Su enemigo se giró y trató de golpearle, pero Édgamer se agachó y pasó por bajo de su brazo atacante, a la vez que propinaba un potente puñetazo en el abdomen de su enemigo. Finthrod se dobló de dolor y escupió saliva, aunque las puntas no habían traspasado el jubón.
─Vamos ─dijo Edd─, ¿si te quito tus trucos sucios ya pierdes?
Finthrod descargó dos puñetazos hacia Edd, que, sorprendido, desvió uno. El otro directo impactó en su hombro y la punta de la flecha se clavó profundo. Edd bramó, airado y Finthrod sintió como un golpe demoledor impactaba en su abdomen. Finthrod retrocedió pero Édgamer, furioso por el dolor, no le dejó escapar. Con una patada en la pierna del forajido, desbarató la defensa de su enemigo y golpeó con los dedos el cuello de Finthrod, que tosió. Luego, el enano agarró la cabeza y atrajo la cara de Finthrod hacia los dedos doblados de su mano derecha. Impactaron una, dos, tres veces. Edd soltó a su enemigo y Finthrod, aturdido, se tambaleó tratando de huir. Édgamer no lo dejaría escapar una segunda vez, así que golpeó las orejas de Finthrod con las palmas de las manos abiertas, dejando al bandido de pie, con la cara ensangrentada y prácticamente inconsciente. Entonces el enano lo agarró del cuello y dobló su pierna tras las dos del forajido, de forma que cuando empujó el bandido cayó de espaldas, golpeándose la cabeza. Edd continuó con el cuello de Finthrod agarrado y sin dejarle escapar, apuntando con los nudillos armados al bandido.
─Por favor, no me mates ─dijo el bandido con la nariz rota y la boca sanguinolienta por los duros golpes del enano.
─Oye, Lem ─gruñó el enano sin perder la posición─, ¿me lo cargo o no?
Lémoilas esquivó el acero de Reshbak y paró otro golpe, a la vez que retrocedía dos pasos. Se inclinó hacia delante y atacó con una estocada.
─No lo mates ─dijo esquivando un nuevo ataque del líder bandolero─. Se merece un juicio justo.
─Has tenido suerte, bellaco ─dijo Edd mientras levantaba la cabeza del forajido.
Finthrod sonrió con los dientes manchados de sangre pero su sonrisa se congeló cuando vió la mueca que Edd hizo frente a él. El enano golpeó con la cabeza la de Finthrod y lo dejó sin sentido.
─Lem, me ocupo de la runa ─gritó corriendo hacia la roca.
Pero Lem estaba demasiado distraído para atender a su compañero. Se agachó y esquivó un nuevo ataque, a la vez que se arrojaba y rodaba por el suelo. De rodillas, evantó la espada justo a tiempo para parar el filo del mandoble de Finthrod. La hoja brilló un instante antes de que Lem la repeliera y atacase a la vez que se ponía de pie. Con maestría, desvió un nuevo ataque y con dos cortes precisos provocó que su enemigo retrocediera tres pasos. Agarró la empuñadura de su arma con las dos manos y avanzó un paso arrojando un tajo devastador, que se resintió en la espada de doble filo de su enemigo.
Durante unos instantes, forcejearon, tratando de hacer retroceder al otro, respectivamente y la resolución del elfo brilló en los ojos llenos de odio del hombre. Pero entonces la tierra se estremeció y los dos se separaron.
Los cuatro árboles de alrededor de la roca se vinclaron hacia los lados, al mismo tiempo que la roca que componía el lomo de la criatura, se erguía. Emergió una gran cabeza, con cuernos largos y retorcidos en la frente y unas poderosas fauces en el hocico, tan inmensas, que podían tragarse un caballo y su jinete de un bocado. En el morro de la criatura, otro pequeño cuerno asomaba, mucho mas peqeño pero increíblemente letal. Al final del lomo, una pequeña raíz, como cola, acababa al monstruo. Entonces los cuatro que quedaban en el claro, vieron que lo que pensaban que eran árboles centenarios, en realidad eran las patas del ser.
Entonces la criatura rugió con el sonido más espeluznante que Lem hubiese oído jamás, un grito aterrador, que helaba la sangre, como si cincuenta leones hubiesen bramado a la vez.
Edd retrocedió, cohibido, hacia el lado de Lémoilas, que observaba fascinado a la criatura. Zenne cogió a suu hermana en brazos y retrocedió hacia la posición del elfo y el enano.
─Lo siento, traté de evitarlo ─dijo el enano con los ojos atenazados por el miedo─ pero no logré...
─Tranquilo, saldremos de esta ─sonrió el elfo y Edd supo que realmente lo creía, porque sus ojos relucían con aquel fuego de determinación y en los labios del elfo se desdibujaba una sonrisa optimista.
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