Entre polvo y acero
Las rocas levitaron sobre sus cabezas y se desplazaron sobre sus cabezas hacia los lados, evitando así que los aplastaran. Eliawain trepó por los escombros y salió a cielo desubierto, seguido de cerca por Edd y Partonio.
─Cuidad de sus heridas ─pidió el ermitaño a las hadas, referiéndose al cuerpo inerte de Kenai─. Te hago responsable, Zenne
«Se hará lo que pides» respondió el Hijo de la Luna con una reverencia.
─Cuidad de sus heridas ─pidió el ermitaño a las hadas, referiéndose al cuerpo inerte de Kenai─. Te hago responsable, Zenne
«Se hará lo que pides» respondió el Hijo de la Luna con una reverencia.
─¡MOI! ─gritó Eliawain─ ¿¡DÓNDE TE HAS METIDO!?
─Será mejor que lo dejes estar ─dijo Edd acariciándose la barba─. No puede haber sobrevivido a eso.
A penas había acabado de pronunciar la última palabra, un cúmulo de rocas se movió unos metros delante de él.
─Imposible... ─susurró Partonio.
Una enorme masa de rocas se irguió entre los derribos, entre una nube de polvo. Thaus miró con sus ojillos malvados a Edd, Eliawain y Partonio, que se habían colocado en posición de combate. De su mandíbula, sobresalía una esquirla de roca, sin duda un trozo de columna que se había desprendido sobre él, atravesándole la cabeza y la mandíbula. Del trozo de mármol, goteaba un líquido verdoso y brillante, que cuando caía al suelo, provocaba que una pequeña planta creciera. El monstruo avanzó un paso con un gruñido y Eliawain preparó una defensa mágica. Sin embargo aquello no fue necesario. El monstruo dió otro paso justo antes de desplomarse contra el suelo con un alarido, muerto.
─Joder... ─susurró Édgamer bajando la guárdia─. Por un momento pensé que esa cosa nos mataría.
Partonio sonrió y avanzó hacia la mole de rocas que era la criatura. Con una carcajada, le dió una patada al hocico de la criatura.
─¡Ja! ¡Monstruo muerto, abono pa' mi huerto! ─exclamó sonriendo.
─Tío y pensar que creía que eras listo... ─rezongó Edd.
Eliawain oyó que Partonio reía mientras avanzaba entre las ruinas, buscando a su amigo.
─¡MOOOOOI! ─gritó el mago.
Entonces, el mago oyó un quejido entre el polvo.
─¿Habéis oído eso? ─preguntó a sus dos acompañantes.
─¿Oír el qué? ─preguntó Edd extrañado.
Entonces, el quejido se repitió y una sonrisa iluminó el rostro de Eliawain.
─¡Eso! ─dijo con voz esperanzada.
Corriendo, el joven mago se dirigió al cúmulo de escombros del que provenía el sonido, pero antes de que llegara, un destello de luz brilló en el montículo y los cascotes que se aglomeraban alrededor del destello salieron disparados como en una explosión.
─¡Al suelo! ─ordenó Edd con voz imperiosa.
El enano y Partonio se agacharon a tiempo, pero fue demasiado tarde para Eliawain, que no tuvo tiempo de esquivar una enorme piedra que lo golpeó en el hombro. Un crujido espantoso sonó del hombro del hechicero cuando la roca impactó contra su cuerpo- El mago se arrodilló, presa del dolor, agarrándoselo, con un grito. Edd corrió hacia él y se agachó a su lado, mirándole el golpe.
─Tienes el hombro dislocado ─dijo con voz seriosa─. Tendré que recolocártelo.
Con un movimiento rápido cogió el hombro del joven y con el otro, su muñeca.
─Espera, espera... ─dijo Eliawain, asustado.
Pero el enano no escuchó sus palabras y, con un diestro movimiento, estiró todos los huesos del brazo, consiguiendo así que el hueso volviese a su sitio. Eliawain soltó un aullido y cayó hacia delante, agarrándose el brazo. Sin embargo, prontó sintió que no e dolía y eso lo alegró. Entonces, oyó una voz pasmada detrás de él:
─Mirad eso ─dijo Partonio, con los ojos como platos.
En la cumbre de los derribos, un duelo acarnizado tenía lugar. Lémoilas sangraba por una decena de heridas pero no parecía que le importase. Tenía un importante corte sobre su ceja izquierda causado sin duda, por el golpe de alguna piedra. Los cabellos, normalmente rubios, se veían salpicados por manchas escarlatas en aquellos lugares donde piedras le habían caído sobre la cabeza y su rostro se veía enmarcado por el blanco polvo que había depositado el derrumbe sobre su persona. Bajo su axila izquierda, una oscura mancha carmesí indicaba el lugar donde la espada de Reshbak había provocado un hondo corte y de una herida en su brazo derecho goteaba sangre de forma que lo movía con más lentitud. Ante él, Reshbak sangraba por una decena de heridas profundas en su torso y boqueaba para coger aire entre estocada y corte.
Los pies de Lémoilas se mantenían fijos en el suelo, como si estuviese anclado a los escombros. Con una velocidad soberbia, detenía todos los ataques de su enemigo y Reshbak no era capaz de avanzar. Sin retroceder ni un solo paso, el elfo en ocasiones contraatacaba con la rapidez de una serpiente y, si no cortaba a Reshbak, lo obligaba a replegarse.
Reshbak miró a los ojos de Lémoilas con un semblante de odio. Lémoilas jadeó y con la manga se secó la sangre que le caía por la ceja. Entonces los dos avanzaron y chocaron con estrépito, espada contra espada. Lémoilas se agachó, esquivando una estocada y atacó con fuerza a su enemigo. Las dos espadas volvieron a chocar y se reanudó el combate. La velocidad a la que se movían las espadas era atronadora y parecía que nada podía tocar a ninguno de los dos. Sin embargo, en este asalto, Lémoilas había empezado a moverse. El elfo reculó dos pasos, blandiendo la espada, que chocó contra la hoja de Reshbak. Entonces, el forajido hizo una finta y atacó la cadera de Lémoilas. El brazo dolido se movió demasiado lento y el acero cortó la carne.
─¡NO! ─gritaron Partonio, Eliawain y Édgamer a la vez.
Con un quejido, Lem se tambaleó. Sin embargo no cayó, sinó que sonrió y golpeó con la empuñadura la cara de Reshbak. El forajido, sorprendido, no se protegió y recibió todo el golpe en la mejilla, de forma que perdió apoyo y se precipitó rodando por la ladera del cúmulo de escombros. Lémoilas se apretó en la herida y maldijo entre dientes. Sangraba demasiado. Entonces volvió la atención hacia Reshbak, que se había levantado, para la sorpresa de Eliawain, Edd y Partonio.
─¡No intercedáis! ─dijo entonces Lem.
Cogió impulso y dio un salto de más de tres metros, con la espada por encima de la cabeza. Aterrizó sobre Reshbak, con un tajo vertical y el bandido no pudo más que parar el golpe. Sin embargo, la fuerza del ataque fue demasiado poderosa y los brazos del hombre cedieron, de forma que la hoja mellada de Lem le cortó en el hombro derecho. Rehbak soltó un alarido de dolor y pegó una patada en el estómago de Lémoilas, que ya se lo esperaba y después de recibir el impacto rodó por el suelo unos metros más allá de su enemigo. Con una mano apoyada en el suelo miró a su enemigo. Reshbak se mantenía en pie, aunque le temblaban las rodillas del agotamiento. Lémoilas sonrió, a sabiendas de que estaba igual de cansado que su enemigo, y se levantó, apoyado en su arma.
─Este será el asalto final ─sonrió a su enemigo.
─Pues que así sea ─gruñó el forajido.
Lémoilas empezó la carrera hacia su enemigo y Reshbak corrió hacia el elfo. En un instante superaron la distancia que les separaba y saltaron hacia su enemigo. La espada de Lem relampagueó en el aire y la hoja de Reshbak surcó el espacio que le separaba del elfo. Entonces, un sonido metálico resonó por las ruinas y los espectadores del combate miraron a ambos, sin saber que había pasado. Lémoilas había aterrizado y el flequillo le cubría los ojos, de manera que no se podía adivinar su estado. Al otro lado, Reshbak había caído, con los ojos cerrados, de manera que no se podía intuir nada sobre él.
Y así se mantuvieron ambos, acuclillados, como si esperasen algo, hasta ese momento.
─Tu espada se ha roto ─dijo Lémoilas, con una sonrisa.
Y así era. El arma de Reshbak presentaba una fina línea de quebrado en su hoja y, cuando el forajido dejó caer su punta al suelo, el acero se partió. Entonces Lémoilas se levantó, usando su espada y Reshbak se desplomó en el suelo, con un corte en el pecho.
─¿Está muerto? ─preguntó Edd.
─No ─respondió Lémoilas─. Solamente está derrotado, pero sigue con vida.
─¡Pensaba que habías muerto! ─exclamó Eliawain.
─No podía morir ─sonrió el elfo de oreja a oreja─. Tengo una apuesta que ganar.
Y Edd, Eliawain y Lémoilas rieron, ante el desconcierto de Partonio, que miró descertado a los otros tres.
─Imposible... ─susurró Partonio.
Una enorme masa de rocas se irguió entre los derribos, entre una nube de polvo. Thaus miró con sus ojillos malvados a Edd, Eliawain y Partonio, que se habían colocado en posición de combate. De su mandíbula, sobresalía una esquirla de roca, sin duda un trozo de columna que se había desprendido sobre él, atravesándole la cabeza y la mandíbula. Del trozo de mármol, goteaba un líquido verdoso y brillante, que cuando caía al suelo, provocaba que una pequeña planta creciera. El monstruo avanzó un paso con un gruñido y Eliawain preparó una defensa mágica. Sin embargo aquello no fue necesario. El monstruo dió otro paso justo antes de desplomarse contra el suelo con un alarido, muerto.
─Joder... ─susurró Édgamer bajando la guárdia─. Por un momento pensé que esa cosa nos mataría.
Partonio sonrió y avanzó hacia la mole de rocas que era la criatura. Con una carcajada, le dió una patada al hocico de la criatura.
─¡Ja! ¡Monstruo muerto, abono pa' mi huerto! ─exclamó sonriendo.
─Tío y pensar que creía que eras listo... ─rezongó Edd.
Eliawain oyó que Partonio reía mientras avanzaba entre las ruinas, buscando a su amigo.
─¡MOOOOOI! ─gritó el mago.
Entonces, el mago oyó un quejido entre el polvo.
─¿Habéis oído eso? ─preguntó a sus dos acompañantes.
─¿Oír el qué? ─preguntó Edd extrañado.
Entonces, el quejido se repitió y una sonrisa iluminó el rostro de Eliawain.
─¡Eso! ─dijo con voz esperanzada.
Corriendo, el joven mago se dirigió al cúmulo de escombros del que provenía el sonido, pero antes de que llegara, un destello de luz brilló en el montículo y los cascotes que se aglomeraban alrededor del destello salieron disparados como en una explosión.
─¡Al suelo! ─ordenó Edd con voz imperiosa.
El enano y Partonio se agacharon a tiempo, pero fue demasiado tarde para Eliawain, que no tuvo tiempo de esquivar una enorme piedra que lo golpeó en el hombro. Un crujido espantoso sonó del hombro del hechicero cuando la roca impactó contra su cuerpo- El mago se arrodilló, presa del dolor, agarrándoselo, con un grito. Edd corrió hacia él y se agachó a su lado, mirándole el golpe.
─Tienes el hombro dislocado ─dijo con voz seriosa─. Tendré que recolocártelo.
Con un movimiento rápido cogió el hombro del joven y con el otro, su muñeca.
─Espera, espera... ─dijo Eliawain, asustado.
Pero el enano no escuchó sus palabras y, con un diestro movimiento, estiró todos los huesos del brazo, consiguiendo así que el hueso volviese a su sitio. Eliawain soltó un aullido y cayó hacia delante, agarrándose el brazo. Sin embargo, prontó sintió que no e dolía y eso lo alegró. Entonces, oyó una voz pasmada detrás de él:
─Mirad eso ─dijo Partonio, con los ojos como platos.
En la cumbre de los derribos, un duelo acarnizado tenía lugar. Lémoilas sangraba por una decena de heridas pero no parecía que le importase. Tenía un importante corte sobre su ceja izquierda causado sin duda, por el golpe de alguna piedra. Los cabellos, normalmente rubios, se veían salpicados por manchas escarlatas en aquellos lugares donde piedras le habían caído sobre la cabeza y su rostro se veía enmarcado por el blanco polvo que había depositado el derrumbe sobre su persona. Bajo su axila izquierda, una oscura mancha carmesí indicaba el lugar donde la espada de Reshbak había provocado un hondo corte y de una herida en su brazo derecho goteaba sangre de forma que lo movía con más lentitud. Ante él, Reshbak sangraba por una decena de heridas profundas en su torso y boqueaba para coger aire entre estocada y corte.
Los pies de Lémoilas se mantenían fijos en el suelo, como si estuviese anclado a los escombros. Con una velocidad soberbia, detenía todos los ataques de su enemigo y Reshbak no era capaz de avanzar. Sin retroceder ni un solo paso, el elfo en ocasiones contraatacaba con la rapidez de una serpiente y, si no cortaba a Reshbak, lo obligaba a replegarse.
Reshbak miró a los ojos de Lémoilas con un semblante de odio. Lémoilas jadeó y con la manga se secó la sangre que le caía por la ceja. Entonces los dos avanzaron y chocaron con estrépito, espada contra espada. Lémoilas se agachó, esquivando una estocada y atacó con fuerza a su enemigo. Las dos espadas volvieron a chocar y se reanudó el combate. La velocidad a la que se movían las espadas era atronadora y parecía que nada podía tocar a ninguno de los dos. Sin embargo, en este asalto, Lémoilas había empezado a moverse. El elfo reculó dos pasos, blandiendo la espada, que chocó contra la hoja de Reshbak. Entonces, el forajido hizo una finta y atacó la cadera de Lémoilas. El brazo dolido se movió demasiado lento y el acero cortó la carne.
─¡NO! ─gritaron Partonio, Eliawain y Édgamer a la vez.
Con un quejido, Lem se tambaleó. Sin embargo no cayó, sinó que sonrió y golpeó con la empuñadura la cara de Reshbak. El forajido, sorprendido, no se protegió y recibió todo el golpe en la mejilla, de forma que perdió apoyo y se precipitó rodando por la ladera del cúmulo de escombros. Lémoilas se apretó en la herida y maldijo entre dientes. Sangraba demasiado. Entonces volvió la atención hacia Reshbak, que se había levantado, para la sorpresa de Eliawain, Edd y Partonio.
─¡No intercedáis! ─dijo entonces Lem.
Cogió impulso y dio un salto de más de tres metros, con la espada por encima de la cabeza. Aterrizó sobre Reshbak, con un tajo vertical y el bandido no pudo más que parar el golpe. Sin embargo, la fuerza del ataque fue demasiado poderosa y los brazos del hombre cedieron, de forma que la hoja mellada de Lem le cortó en el hombro derecho. Rehbak soltó un alarido de dolor y pegó una patada en el estómago de Lémoilas, que ya se lo esperaba y después de recibir el impacto rodó por el suelo unos metros más allá de su enemigo. Con una mano apoyada en el suelo miró a su enemigo. Reshbak se mantenía en pie, aunque le temblaban las rodillas del agotamiento. Lémoilas sonrió, a sabiendas de que estaba igual de cansado que su enemigo, y se levantó, apoyado en su arma.
─Este será el asalto final ─sonrió a su enemigo.
─Pues que así sea ─gruñó el forajido.
Lémoilas empezó la carrera hacia su enemigo y Reshbak corrió hacia el elfo. En un instante superaron la distancia que les separaba y saltaron hacia su enemigo. La espada de Lem relampagueó en el aire y la hoja de Reshbak surcó el espacio que le separaba del elfo. Entonces, un sonido metálico resonó por las ruinas y los espectadores del combate miraron a ambos, sin saber que había pasado. Lémoilas había aterrizado y el flequillo le cubría los ojos, de manera que no se podía adivinar su estado. Al otro lado, Reshbak había caído, con los ojos cerrados, de manera que no se podía intuir nada sobre él.
Y así se mantuvieron ambos, acuclillados, como si esperasen algo, hasta ese momento.
─Tu espada se ha roto ─dijo Lémoilas, con una sonrisa.
Y así era. El arma de Reshbak presentaba una fina línea de quebrado en su hoja y, cuando el forajido dejó caer su punta al suelo, el acero se partió. Entonces Lémoilas se levantó, usando su espada y Reshbak se desplomó en el suelo, con un corte en el pecho.
─¿Está muerto? ─preguntó Edd.
─No ─respondió Lémoilas─. Solamente está derrotado, pero sigue con vida.
─¡Pensaba que habías muerto! ─exclamó Eliawain.
─No podía morir ─sonrió el elfo de oreja a oreja─. Tengo una apuesta que ganar.
Y Edd, Eliawain y Lémoilas rieron, ante el desconcierto de Partonio, que miró descertado a los otros tres.
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