Capítulo 9

La ermita



Partieron al alba, sin los caballos, a pie. El alguacil los guió por un camino que surcaba los campos de cultivo cercanos al pueblo. El camino se fue haciendo estrecho, hasta que llegó a transformarse en una senda y, a su alrededor, empezaron a aparecer árboles. Inmensas coníferas se fueron sucediendo, una tras otra, hasta que dejaron los campos de cultivo y entraron en un bosque lleno de inmensos tejos y pinos. A ras del suelo había numerosos arbustos típicos en un territorio seco. Aulaga, tomillo y romero era lo que más abundaba aunque también había salvia, endrinas y alguna zarza. 
Glaus guió a los cuatro mercenarios por una pequeña senda que cruzaba el bosque. Él andaba sin apenas hacer ruido y lo seguía Lem que, debido a su naturaleza élfica, lo seguía sin dificultad y sin emitir sonido alguno. El tercero en la fila era Eliawain, que andaba intentando evitar los arbustos y no era tan hábil como los dos anteriores. Después lo seguía Edd, que era el que más alborotaba de los cinco ya que los enanos siempre prefieren estar sobre la cubierta de un barco que entre dos árboles. Cerraba la columna Cristán, que llevaba puesta la capucha y andaba haciendo un leve ruido. 
Avanzaron durante toda la mañana, y al medio día llegaron a la ermita, que se situaba en la cima de la colina. Era una ermita grande y de color blanco, aunque estaba bastante derruida. Sin embargo, una ala continuaba en pie. Era la mejor conservada de todas y parecía que brillase con la luz del sol. Una torre se erguía en esa ala y en la cúspide, había una campana. 




─Pararemos aquí ─anunció Glaus─. Comed si lo deseais. 
─Haré la comida ─dijo Cristán mientras preparaba el fuego. 
─¡Vale! ─exclamó Lémoilas entusiasmado─ ¡Yo voy a explorar!
─Espera Moi ─dijo Eliawain─. Te acompaño.
─¡Guay!
Los dos se fueron en dirección a la torre corriendo.
─No deberían alejarse demasiado ─dijo Glaus.
─Tranquilo ─lo calmó Edd─. Si está Lem, no les pasará nada.
Lem entró en la torre, intrigado por que estuviese intacta y lo que vio lo dejó anonadado. 
─¡Es una biblioteca! ─exclamó.
Eliawain entró tras él y examinó uno de los libros.
─Este libro... ─murmuró─ está escrito en una lengua desconocida incluso para mí.
─¿Quieres decir...?
─Sí ─respondió el mago─. Está es la biblioteca más antigua que he visto nunca.

***

─¿Por qué llevas siempre esa capucha, Cristán? ─preguntó Glaus mientras se comía su bocadillo.
─No la llevo siempre ─respondió el cocinero.
─Mejor dejemos el tema ─dijo Edd.
─Pues yo aún no te he visto la cara ─sonrió el alguacil─. Seguro que no eres tan feo.
─Por favor... ─dijo Edd.
─Si me quitase la capucha me dispararías ─replicó Cristán.
─Si somos aliados ─dijo Glaus.
─Como quieras ─suspiró el semiorco.
─Espera, Cristán ─dijo Edd─. ¿Estás seguro?
Cristánsonrió y se quitó la capucha, dejando ver su rostro. 
─¿¡Qué coño...!? ─exclamó el montaraz reculando.
Agarró su arco y una flecha y disparó a Cristán, que se agachó esquivando la flecha.
─Te lo dije ─suspiró.
El montaraz encajó otra flecha y apuntó al semiorco y al enano, que lo miró con tristeza.
─¿¡Habéis traído un puto semiorco!? ─bramó el alguacil.
─No por ser un semiorco soy diferente a ti ─dijo Cristán.
─Vale, Glaus ─dijo Edd enseñando las malmas de sus manos─. Vamos a tranquilizarnos.
─¡Ni tranquilizarnos, ni cojones! ─gritó el hombre─. ¡Es un puto semiorco! ¡Apenas es superior que las bestias!
El hombre continuó gritando sin percatarse que Lémoilas avanzaba por su espalda hasta que lo golpeó con una sartén en la cabeza.

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