El ermitaño
─Esos desgraciados... ─maldijo Glaus entre dientes─. Tienen al ermitaño.
Los cinco estaban tendidos sobre el suelo en la cima de la colina, oteando el campamento enemigo y escondidos tras un arbusto, que les cubría de las miradas indiscretas de los bandidos.
─Debemos liberarle ─dijo Edd─. Un hombre de semejante valor no puede morir aquí.
─Estoy con Edd ─afirmó Cristán.
─En ese caso lo rescataremos i derrotaremos a los bandidos ─acordó Lem sonriendo.
─Pero son demasiados ─se acongojó Eliawain─. ¿Cómo acabaremos con todos ellos?
─Primero concentrémonos en liberar al ermitaño ─dijo Cristán.
─Cierto ─coincidió Lem─ pero antes vamos a liberarte, ¿vale Glaus?
─¿En serio? ─dijo el montaraz incrédulo.
─Sí, pero si nos atacas, te rompo la cabeza ─dijo Edd mostrando su puño enguantado.
─Está bien, está bien ─se acobardó el alguacil.
─Volvamos al problema ─dijo Cristán─, está vigilado por tres guárdias. ¿Cómo lo liberamos?
Edd se frotó la mandíbula y Eliawain se quitó el sombrero. Lem sonrió anchamente.
─¿Por qué no les atacamos de frente? ─dijo.
─¡NO! ─exclamaron los otros cuatro.
─Vale, vale ─dijo Lem incómodo.
─Cristán, ¿puedes cargarte a esos guardias con tus cuchillos? ─preguntó Edd.
─Sí ─respondió el semiorco─. Pero necesito estar a treinta metros como mucho.
─Eso no soluciona nada... ─suspiró Glaus, ya con las manos desatadas y con sus armas envainadas.
─Yo puedo acercarme con Cristán siendo invisible ─propuso Eliawain─. Pero sólo durará cinco minutos, porque sinó me desmayaría.
─Eso es bueno, pero el prisionero está en el medio del campamento ─dijo Edd─, necesitaréis ser invisibles más de cinco minutos.
─Apuesto a que un incendio provocaría que menos guerreros patrullaran por entre el campamento ─sonrió Cristán.
─Yo puedo disparar una flecha incendiaria ─afirmó Glaus.
─En ese caso, Lem, Cristán y Eli entrarán a por el ermitaño ─dijo Edd─. Eli y Cristán irán a por ese tipo y lo traerán aquí. Para llegar allí, os haréis invisibles, mataréis a los tres guardias, liberaréis al ermitaño y volveréis aquí. Lem se quedará en la entrada del campamento y solo irá si hay algún problema.
─Jo, tío ─se quejó el elfo con un rostro desolado─. Eso será muy aburrido
─Cállate, Lem ─ordenó el enano─. Mientras, Glaus y yo iremos a la otra parte del campamento y Glaus disparará una flecha incendiaria, que prenderá alguna tienda y forzará que los guardias sean menores.
Los cinco asintieron.
─La señal para que entréis a por el ermitaño ─concluyó el enano─, será cuando veáis el fuego sobre las tiendas de campaña.
─De acuerdo ─dijo Lem─, nos vemos aquí en un rato.
Lem, Cristán y Eliawain bajaron rápidamente la colina, escondiéndose tras los árboles, hasta llegar a la entrada sur del campamento.
Glaus y Edd fueron al norte, sorteando dos colinas, y el montaraz se inclinó y clavó la rodilla en el suelo. Sacó una flecha, que llenó con brea y la encendió con una cerilla. Después sacó el arco y apuntó a una tienda negra. Tensó la cuerda con toda su fuerza y soltó. La flecha voló y se estrelló contra la lona, que ardió facilmente.
Desde su posición, el mago y el cocinero vieron como el humo ascendía hacia el cielo y oyeron gritos dentro del campamento.
─¡Fuego! ¡Fuego! ─exclamaban.
─Es la hora ─dijo Cristán.
Eliawain levantó las manos y las bajó hacia Cristán, que se desvaneció en el aire.
─¡Halaaaa! ─alucinó Lem.
Eliawain repitió la operación consigo mismo y también desapareció. Los dos amigos, sin embargo, podían verse el uno al otro.
─Quédate aquí, Moi ─dijo Eliawain.
Los dos se internaron dentro del campamento, ocultos tras el hechizo de invisibilidad y poco a poco, avanzando tienda tras tienda, llegaron al mismo centro del campamento, donde no había tres guardias, sinó veinte, con las armas en ristre y preparados para atacar.
─Esto no estaba en el plan ─susurró Cristán.
─Derrótalos ─replicó Eliawain con el mismo tono─. Rápido, mi hechizo no durará mucho más.
Cristán sacó un cuchillo y lo lanzó a un forajido, que murió en cuanto el filo del arma le atravesó el cuello. Los otros forajidos miraron a su alrededor, protegiéndose con escudos y colocando espalda contra espalda.
─¿Dónde está? ─decían─ ¿Dónde está el enemigo?
Sin embargo, todos los esfuerzos que hacían para protegerse eran en vano. Los cuchillos de Cristán se clavavan en la carne de sus enemigos, sin errar un sólo lanzamiento. Sin embargo, no iba lo suficientemente rápido. Hubo matado siete guardias cuando Eliawain dijo:
─Ya está, vamos a volvernos visibles.
Y justo en el momento que lo dijo, sus cuerpos se materializaron.
─¡Ahí están! ─gritó uno de los guardias.
Los trece se abalanzaron sobre los dos compañeros, que no pudieron hacer más que defenderse. Cristán lanzó cuatro cuchillos antes de que lo rodearan con las lanzas y los tres cuchillos volaron con una habilidad magistral hasta clavarse en el pecho de tres bandidos. Eliawain, por su parte, levantó sus manos y pronunció unas palabras. Las palmas de sus manos empezaron a brillar y el mago bajó las manos apuntando a tres guerreros que tenía delante. Un rayo de luz atravesó a los tres forajidos y los tres se prendieron fuego. El hechicero jadeó y miró a su alrededor. También lo habían rodeado. Entonces algo sucedió. Desde la cruz, el hombre atado levantó la mirada y se aclaró la garganta. Los forajidos que quedaban se volvieron al tiempo de ver al ermitaño. El pelo le caía sobre la frente, y llevaba una barba desaliñada. Los ojos marrones y severos los observaban desde detrás de unas lentes rotas. Las ropas que llevaba, todas de color marrón, estaban rotas en su mayoría y tenía una gran cantidad de moratones y de golpes provocados, sin duda, por los forajidos.
─Es... imposible ─dijo un forajido.
─¿Cómo es capaz de levantarse después de lo que le hizo Berrash? ─preguntó otro.
─Oye ─dijo el ermitaño con voz ronca─, si tenéis algún problema con ellos decidmelo y me encargo.
─¡Pero si estás maniatado! ─exclamó Cristán.
─Ya bueno ─dijo el hombre─. Decídmelo. Aunque no os pueda ayudar, os puedo oír.
─...
Cristán lanzó un cuchillo que se clavo en el cuello de un forajido y después lanzó otro que se clavó en el brazo de otro. Eliawain lanzó una ráfaga de encantamientos que impactaron en el cuerpo de un guerrero y que lo dejaron sin sentido. Sin embargo, los bandidos agarraron por la espalda al hechicero y le pusieron el filo de una espada en el cuello.
─Aquí acaba tu camino, mago ─sonrió el bandido que lo agarraba.
─Oye, semiorco ─dijo el ermitaño─. Libérame.
Cristán estaba rodeado por tres enemigos, que le apuntaban con sus lanzas. Miró al prisionero y se dió cuenta de que era su última oportunidad. Cristán lanzó el cuchillo justo antes que el bandido que tenía atrás le clavase la lanza en un costado. El semiorco cayó de rodillas y levantó la mirada, desesperanzado. El cuchillo que había lanzado se había clavado en la soga que retenía la mano izquierda del prisionero, liberando al ermitaño, que se había acabado de soltar, el mismo, completamente, es decir las manos y los pies. El hombre estiró los músculos con los ojos cerrados y, cuando los abrió, miró a sus enemigos. Sus pies descalzos sobre la hierba se estremecieron un momento antes de que diese dos zancadas y se situase delante de un bandido. El ermitaño agarró la lanza del forajido y le propinó una patada en la cabeza de tal magnitud, que lo levantó por la barbilla y lo arrojó por los aires junto a Cristán. El ermitaño, giró la lanza sobre su mano y golpeó con su punta el suelo, rompiéndola de forma que lo que quedó fué una vara astillada. El ermitaño giró este bastón sobre su cabeza y lo agarró con las dos manos. Los dos guardias que quedaban se arrojaron sobre el prisionero apuntándole con las lanzas, pero el ermitaño puso la vara en posición vertical y en un acto de soberbio equilibrio, se subió arriba de la vara, apoyandose solamente con las manos y esquivando así las dos estocadas. Y sus músculos se tensaron, justo antes de que el ermitaño descendiera, propinando dos soberbias patadas en el cuello y la cabeza y rompiendo todos los huesos a los que atacaba. El ermitaño aterrizó con ligereza y agarró la vara con una mano para colocársela sobre el hombro. Silbando se dirigió con Cristán y con voz animada dijo:
─Forajido muerto, abono para mi huerto.
Cristán lo miró, visiblemente sorprendido por la facilidad con la que había acabado con sus enemigos.
─¡Escuchadme! ─dijo entonces el hombre que retenía a Eliawain─ ¡Si no hacéis lo que digo, mato al mago! Así que soltad las armas y rendíos.
El ermitaño miró a Cristán mientras colocaba la vara apoyada en el suelo. El cocinero agarró un cuchillo por la empuñadura y, con esfuerzo, se levantó del suelo.
─¿Es que no me habéis oído? ─dijo el bandido─ Juro que lo mataré, le cortaré el cuello y lo que quede se lo daré a los buitres para que...
Las últimas palabras que dijo quedaron ahogadas en su garganta. Cristán había lanzado el cuchillo y había atravesado el cuello del malvado, que se desplomó sin dañar al Eliawain. El mago se frotó el cuello y miró a su alrededor. Al ver a todos los forajidos derrotados, suspiró.
─Gracias ─murmuró.
─Ahora debemos regresar a la colina ─dijo Cristán mientras presionaba en su herida.
─¿Estás bien? ─preguntó el ermitaño mirando la herida del cocinero.
─Tranquilo, es sólo un arañazo ─sonrió el semiorco.
─De acuerdo ─dijo Eliawain─, vámonos de aquí.
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